Diciembre en Lima: una ciudad que abraza
Diciembre le da a Lima un brillo distinto. Las calles se llenan de luces, las sonrisas se multiplican y los corazones parecen suavizarse. Hay una energía especial en el aire, difícil de explicar, pero fácil de sentir. Yo también me dejo envolver por esa emoción.
Vivir en Lima me ha permitido conocer de cerca distintas culturas y tradiciones. Aunque solo llevo dos años aquí, me siento parte de esta tierra, casi como un peruano más. Sí, soy uno de ustedes.
La Navidad como encuentro humano
Cada diciembre me llama la atención el entusiasmo que despierta la Navidad: las luces, la música y, sobre todo, la forma en que las personas se tratan con más cercanía. Desde hace años, por invitación de mis vecinos, participo en las cenas navideñas. Compartimos la mesa, los buenos deseos y las oraciones.
Lo que más me conmueve de la Navidad es rezar por otra persona, pedir a Dios bienestar y bondad para alguien más. Creo sinceramente que la verdadera virtud y la ética más auténtica se encuentran en poder orar de corazón por el prójimo.
Jesús, una figura compartida
Como musulmán, continúo viviendo mi fe con coherencia, pero ver lo importante que es este tiempo para quienes me rodean también me alegra. Al final del día, nos une lo esencial: dedicar tiempo a nuestros seres queridos, compartir buenos deseos y apoyarnos mutuamente.
Al reflexionar sobre la Navidad, investigando la figura de Jesús (Isa), descubrí algo significativo: Jesús también es una figura elegida y respetada en el islam. En el Corán, su nombre aparece 25 veces, y junto con las expresiones “Mesías” y “hijo de María”, es mencionado alrededor de 187 veces. Esto demuestra su importancia y su carácter especial ante Dios.
Una cena navideña desde el islam
Este año he decidido dar un paso más y participar activamente en este espíritu de encuentro. Organizaré una cena de Navidad en mi casa. Junto a mis vecinos, oraremos por el Perú y por la humanidad entera. Pediremos a Dios que conceda a todos los pueblos bienestar, justicia y paz.
No importa cuál sea nuestra fe: los buenos deseos que nacen del corazón tienen un poder unificador. Todos somos humanos, todos somos pasajeros en este mundo. No sabemos cuándo llegará nuestro final: quizá ahora, quizá más adelante. Si podemos vivir como hermanos, ¿por qué elegir el conflicto?
El ejemplo del profeta Muhammad
Algunos amigos se sorprenden al saber que un musulmán ofrezca una cena navideña. En esos momentos, siempre recuerdo el comportamiento del profeta del islam, Muhammad, hacia las personas de otras creencias.
La historia cuenta que una delegación cristiana de Najrán viajó hasta Medina para dialogar con él sobre asuntos teológicos. Lejos de encontrar hostilidad, fueron recibidos con serenidad y hospitalidad. Cuando llegó la hora de su oración, expresaron su preocupación por dónde rezar. El profeta Muhammad respondió con una sonrisa:
“Pueden rezar aquí, en la mezquita. Esta también es la casa de Dios. Cada quien puede dirigirse a su Señor como desee.”
Cristianos y musulmanes, dos voces distintas elevadas al mismo cielo. El resultado fue un acuerdo de paz que garantizó la seguridad, la libertad religiosa y la protección de iglesias y líderes cristianos. Al partir, el obispo dijo:
“No fuimos enemigos en esta ciudad, fuimos huéspedes. Vinimos a debatir, pero encontramos paz.”
Un deseo para Lima y el mundo
Aunque nuestras creencias sean diferentes, las virtudes que nacen del corazón son universales. Deseo que esta Navidad traiga paz, serenidad y bondad a todos los que viven en Lima y en otras partes del mundo, especialmente a quienes enfrentan dificultades y luchas.
Que la Navidad nos recuerde que la convivencia, el respeto y la misericordia no pertenecen a una sola fe, sino a la humanidad entera.




