23 de setiembre de 2026

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Por: Park Sun-Tae / El debate sobre la IA: ¿hacia dónde nos dirigimos?

Últimamente, el debate en torno a la inteligencia artificial (IA) ha vuelto a intensificarse. Hasta hace muy poco, la IA era presentada como el símbolo de una innovación capaz de transformar el futuro de la humanidad. Las empresas anunciaban inversiones extraordinarias y los gobiernos aceleraban sus estrategias para no quedarse atrás. Sin embargo, recientemente han cobrado fuerza las advertencias de que, a medida que aumente la autonomía de la IA, podría resultar más difícil mantenerla bajo control humano. Algunas voces llegan incluso a plantear riesgos para la propia supervivencia de la humanidad. La expectativa y el temor crecen al mismo tiempo.

Si observamos la historia desde una perspectiva más amplia, esta situación quizá no sea del todo nueva. La humanidad aprendió a dominar el fuego, cruzó los océanos, construyó máquinas de vapor, utilizó la electricidad, dividió el átomo y finalmente llegó al espacio. Cada nueva tecnología otorgó al ser humano capacidades antes inimaginables, pero nadie podía saber desde el principio hasta dónde nos llevaría ese nuevo poder.

Tal vez el desarrollo de la civilización haya consistido precisamente en avanzar una y otra vez por caminos desconocidos. Frente a las nuevas tecnologías, el ser humano ha sentido temor, pero rara vez se ha detenido. Lo han impulsado el deseo de una vida mejor, la curiosidad por lo desconocido y también la competencia entre individuos, empresas y naciones. Cuando los riesgos se hicieron evidentes, la respuesta habitual no fue abandonar la tecnología, sino crear nuevas reglas e instituciones para aprender a convivir con ella.

La IA forma parte de esa historia, pero esta vez existe una diferencia importante. La máquina de vapor sustituyó parte de nuestra fuerza física; el automóvil amplió nuestra capacidad de desplazamiento y la computadora multiplicó nuestra capacidad de cálculo. La inteligencia artificial, en cambio, comienza a entrar en ámbitos que durante mucho tiempo consideramos propios del ser humano: el lenguaje, el conocimiento, la creatividad, el razonamiento e incluso el juicio. Además, los agentes de IA están evolucionando desde sistemas que responden a nuestras preguntas hacia sistemas capaces de planificar y actuar para alcanzar determinados objetivos.

Por eso, quizá la pregunta fundamental no sea solamente si una máquina llegará algún día a ser más inteligente que nosotros. La pregunta más profunda es otra: ¿hasta dónde estamos dispuestos a delegar nuestras decisiones y nuestro juicio a una máquina? Cuanta más información pueda procesar una IA y cuanto más rápido pueda decidir, mayor será nuestra tentación de confiarle decisiones por razones de comodidad y eficiencia. El verdadero riesgo podría aparecer cuando empecemos a delegar no solo la capacidad de decidir, sino también la responsabilidad por sus consecuencias.

Al mismo tiempo, parece difícil imaginar que la humanidad vaya simplemente a detener el desarrollo de la IA. Ya hemos experimentado sus extraordinarias ventajas. Para las personas amplía capacidades; para las empresas aumenta la productividad; y para los Estados se ha convertido en una cuestión de competitividad industrial y seguridad. Incluso si una empresa o un país decidiera detenerse debido a los riesgos, nada garantiza que los demás hicieran lo mismo. Quizá ya hayamos cruzado el umbral de una transformación civilizatoria de la que resulta difícil regresar.

Pero la historia también nos enseña que el progreso tecnológico y el progreso humano no son necesariamente lo mismo. La tecnología ha mejorado nuestras vidas, pero también ha multiplicado la capacidad destructiva de las guerras. La civilización industrial generó una prosperidad sin precedentes y, al mismo tiempo, costos ambientales y climáticos que durante mucho tiempo no supimos prever. Cuanto mayor es el poder de una tecnología, mayor debe ser la responsabilidad humana a la hora de decidir para qué utilizarla y cuáles deben ser sus límites.

Por eso, quizá sea demasiado pronto para decidir si la IA será una bendición o una amenaza para la humanidad. No conocemos todavía la respuesta. Lo importante no es paralizarnos ante la incertidumbre ni avanzar impulsados por un optimismo tecnológico sin límites. Tendremos que seguir preguntando, dudando y verificando, y decidir conscientemente qué podemos delegar a las máquinas y qué debe permanecer bajo responsabilidad humana.

Pero la incertidumbre tampoco puede convertirse en una excusa para no prepararnos. La IA ya está transformando los semiconductores, los centros de datos, la electricidad y la energía, la manufactura y la robótica, así como la educación y el mercado laboral. Ya no estamos hablando simplemente de una nueva industria tecnológica. Estamos ante una transformación que puede modificar la estructura productiva y las condiciones de competitividad de los países.

Corea también está buscando sus propias respuestas. Está aumentando sus inversiones en inteligencia artificial y semiconductores, al tiempo que trata de reforzar los centros de datos y las redes eléctricas que los sostienen. También está replanteando su sistema energético mediante las energías renovables, la energía nuclear y nuevas tecnologías como los pequeños reactores modulares (SMR), mientras busca combinar su fortaleza manufacturera con la IA física. No sabemos todavía si todas estas decisiones serán acertadas. Corea, como tantos otros países, avanza sin un mapa trazado de antemano.

En los próximos artículos quisiera compartir con los lectores latinoamericanos cómo Corea está intentando conectar la inteligencia artificial, los semiconductores, la energía y la manufactura para prepararse para la próxima etapa industrial. No se trata de presentar la experiencia coreana como una respuesta que otros deban imitar. Se trata de reflexionar juntos sobre qué podemos aprender unos de otros y qué nuevas posibilidades de cooperación pueden surgir entre Corea y América Latina frente a una transformación civilizatoria que nos afecta a todos.

Estamos nuevamente ante un camino que nunca hemos recorrido. Nadie sabe con certeza qué encontraremos al final. Precisamente por eso, lo que necesitamos no es miedo ni un optimismo ciego. Por mucho que avance la tecnología, el ser humano debe seguir siendo quien pregunte hacia dónde queremos llevarla, quien tome las decisiones fundamentales y quien asuma la responsabilidad por sus consecuencias.

(*) Diplomático retirado de Corea, especializado en América Latina

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