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    Por: Phillip Butters / Leonidas Carbajal, Violeta Ferreyros, Francisco Sagasti y Violeta Bermúdez

    Un Leonidas, un Francisco y dos Violetas. Presumo que el común de los lectores de LA RAZÓN son gente ajena a lo que pasó acá en el Perú en la década de los 80. No solamente desde el punto de vista histórico, que fue una época de terrorismo, de híper inflación, de un país desgarrado y con muchísima mortandad por la violencia estructural, pero también con la silenciosa y cruel muerte por hambre.

    Acaso la década del 80 fue la más triste de la historia del Perú, porque nos vio enfrentados entre peruanos por las diferencias sociales y políticas y por un fenómeno horrible como Sendero Luminoso, y para colmo, la híper inflación.

    Era época de toque de queda y al peruano no le quedaba otra más que “la caja boba”, es decir la televisión para divertirse. Es así que habían prácticamente solo dos canales: Panamericana y América Televisión.

    Panamericana era feudo de un magnate televisivo furibundo, un gran broadcaster como Genaro Delgado Parker, que junto a sus hermanos ofrecían un sábado irrepetible, porque en su momento “Pocho” Rospigliosi salía con su programa “Gigante Deportivo” y después empalmaba el fabuloso Augusto Ferrando, luego “Risas y Salsa”.

    Eran sábados familiares, enclaustrados no solo por el toque de queda, como consecuencia del fenómeno terrorista, sino que la gente no tenía plata para salir a la calle. No había centros comerciales, restaurantes ni consumo, pero sí un gran miedo a salir de la casa y encontrarte con senderistas o con un apagón.

    Es así que la familia peruana esperaba la hora del lonche, por decirlo así, para llenarnos de jolgorio con el fabuloso Augusto Ferrando y así comenzaba el programa “Trampolín a la fama” y siempre Leonidas Carbajal dando un speach de unos tres minutos, donde este criollo, pícaro, cholón, hablaba una serie de incoherencias que a todos hacía matar de risa.

    Ya el Perú se había acostumbrado a escuchar a una persona a decir palabras medias raras, con concatenación o sin ella, pero nos arrastrábamos de risa.

    Luego Ferrando le seguía la posta a Violeta Ferreyros, que era la blanca misia, también criolla que cochineaba a Carbajal y a Ferrando, y tampoco decía cosas con mucha profundidad. Era casi la seguidilla del buen Leonidas Carbajal.

    Y hoy parece que los años nos vuelven a la misma figura, porque ahora tenemos a Francisco Sagasti hablando incoherencias todo el día, cosas huecas y vacías, con un aire de capacidad académica, pero que a la hora de la hora tiene menos contenido que Leonidas Carbajal.

    Y hemos cambiado de Violeta, solo que ahora se apellida Bermúdez, y lo secunda una señora que supuestamente es la Primera Ministra, que sale a decir sandeces, asegurando que todos los peruanos vamos a estar vacunados para fin de año, pero ¡no sabe cuándo llegan las vacunas!

    Es decir, lo que está pasando ahora es una tragedia, no comedia. Pero así somos los peruanos, nos gusta escuchar a gente que no dice nada, pero nos entretiene. La diferencia es que estamos viviendo una pandemia feroz, donde día a día la gente comienza a darse cuenta que no le queda otra más que esperar a la muerte en una cola de algún instituto de salud del Minsa o del propio EsSalud, tan mal llevados por Pilar Mazzetti o Fiorella Molinelli.

    Desgraciadamente ellas no son ni “Tribilín” ni la “Gringa Inga”, porque ya sería el colmo que terminen haciendo las veces de esa comparsa fabulosa que tuvo Ferrando en “Trampolín a la fama” en los 80.

    Claro, Ferrando fue un ídolo querido por todos, y largamente el mejor animador de la historia del Perú.

    Acá no tenemos a alguien que nos anime, sino a Sagasti que nos da cólera porque todos los días se burla de nosotros, a diferencia que en esa época se burlaban del Perú pero para divertirnos, porque era evidentemente Trampolín de la fama la felicidad de los sábados, mientras que Sagasti y el Partido Morado, y todo su Gobierno son la tristeza, al parecer, de lunes a domingo.

    (*) La Dirección no se hace responsable por los artículos firmados.

    Un Leonidas, un Francisco y dos Violetas. Presumo que el común de los lectores de LA RAZÓN son gente ajena a lo que pasó acá en el Perú en la década de los 80. No solamente desde el punto de vista histórico, que fue una época de terrorismo, de híper inflación, de un país desgarrado y con muchísima mortandad por la violencia estructural, pero también con la silenciosa y cruel muerte por hambre.

    Acaso la década del 80 fue la más triste de la historia del Perú, porque nos vio enfrentados entre peruanos por las diferencias sociales y políticas y por un fenómeno horrible como Sendero Luminoso, y para colmo, la híper inflación.

    Era época de toque de queda y al peruano no le quedaba otra más que “la caja boba”, es decir la televisión para divertirse. Es así que habían prácticamente solo dos canales: Panamericana y América Televisión.

    Panamericana era feudo de un magnate televisivo furibundo, un gran broadcaster como Genaro Delgado Parker, que junto a sus hermanos ofrecían un sábado irrepetible, porque en su momento “Pocho” Rospigliosi salía con su programa “Gigante Deportivo” y después empalmaba el fabuloso Augusto Ferrando, luego “Risas y Salsa”.

    Eran sábados familiares, enclaustrados no solo por el toque de queda, como consecuencia del fenómeno terrorista, sino que la gente no tenía plata para salir a la calle. No había centros comerciales, restaurantes ni consumo, pero sí un gran miedo a salir de la casa y encontrarte con senderistas o con un apagón.

    Es así que la familia peruana esperaba la hora del lonche, por decirlo así, para llenarnos de jolgorio con el fabuloso Augusto Ferrando y así comenzaba el programa “Trampolín a la fama” y siempre Leonidas Carbajal dando un speach de unos tres minutos, donde este criollo, pícaro, cholón, hablaba una serie de incoherencias que a todos hacía matar de risa.

    Ya el Perú se había acostumbrado a escuchar a una persona a decir palabras medias raras, con concatenación o sin ella, pero nos arrastrábamos de risa.

    Luego Ferrando le seguía la posta a Violeta Ferreyros, que era la blanca misia, también criolla que cochineaba a Carbajal y a Ferrando, y tampoco decía cosas con mucha profundidad. Era casi la seguidilla del buen Leonidas Carbajal.

    Y hoy parece que los años nos vuelven a la misma figura, porque ahora tenemos a Francisco Sagasti hablando incoherencias todo el día, cosas huecas y vacías, con un aire de capacidad académica, pero que a la hora de la hora tiene menos contenido que Leonidas Carbajal.

    Y hemos cambiado de Violeta, solo que ahora se apellida Bermúdez, y lo secunda una señora que supuestamente es la Primera Ministra, que sale a decir sandeces, asegurando que todos los peruanos vamos a estar vacunados para fin de año, pero ¡no sabe cuándo llegan las vacunas!

    Es decir, lo que está pasando ahora es una tragedia, no comedia. Pero así somos los peruanos, nos gusta escuchar a gente que no dice nada, pero nos entretiene. La diferencia es que estamos viviendo una pandemia feroz, donde día a día la gente comienza a darse cuenta que no le queda otra más que esperar a la muerte en una cola de algún instituto de salud del Minsa o del propio EsSalud, tan mal llevados por Pilar Mazzetti o Fiorella Molinelli.

    Desgraciadamente ellas no son ni “Tribilín” ni la “Gringa Inga”, porque ya sería el colmo que terminen haciendo las veces de esa comparsa fabulosa que tuvo Ferrando en “Trampolín a la fama” en los 80.

    Claro, Ferrando fue un ídolo querido por todos, y largamente el mejor animador de la historia del Perú.

    Acá no tenemos a alguien que nos anime, sino a Sagasti que nos da cólera porque todos los días se burla de nosotros, a diferencia que en esa época se burlaban del Perú pero para divertirnos, porque era evidentemente Trampolín de la fama la felicidad de los sábados, mientras que Sagasti y el Partido Morado, y todo su Gobierno son la tristeza, al parecer, de lunes a domingo.

    (*) La Dirección no se hace responsable por los artículos firmados.

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