Hay fechas que uno recuerda. Y hay fechas que te cambian.
El 7 de octubre de 2023 fue una de ellas.
Aquella mañana vimos algo que creíamos relegado a las páginas más oscuras de nuestra historia. Familias asesinadas dentro de sus casas. Jóvenes cazados en un festival de música. Mujeres violentadas. Niños y ancianos secuestrados. Seres humanos llevados como trofeos hacia Gaza.
Fue la peor matanza de judíos desde el Holocausto. Pero al día siguiente descubrí un segundo horror.
Mientras todavía contábamos muertos y buscábamos desaparecidos, comenzó el “sí, pero…”.
Sí, fue terrible, pero Gaza.
Sí, asesinaron civiles, pero la ocupación.
Sí, secuestraron niños, pero hay que entender el contexto.
Entonces comprendí algo que quizás durante años no había querido aceptar: el antisemitismo nunca desapareció. Solo aprendió a vestirse mejor.
Ya no siempre lleva botas ni brazaletes. A veces lleva una kufiya. A veces un pin de sandía. A veces escribe “Free Palestine” en Instagram. Y muchas veces está convencido de estar defendiendo los derechos humanos.
Defender los derechos de los palestinos no es antisemitismo. Criticar a Israel tampoco. Pero justificar, relativizar o buscar obsesivamente un contexto para el asesinato de judíos debería obligarnos, como mínimo, a mirarnos al espejo.
Porque esta vez nadie puede decir que no sabía.
Durante la Shoá, los nazis intentaron ocultar muchos de sus crímenes. Hamás hizo lo contrario.
Sus terroristas llevaban cámaras. Filmaron. Transmitieron. Difundieron.
No escondieron la barbarie. La exhibieron orgullosamente.
Y aun así, antes siquiera de que Israel enterrara a sus muertos, ya había personas buscando una explicación que permitiera colocar nuevamente al judío en el banquillo de los acusados.
Eso fue lo que más me golpeó.
No descubrir que existían fanáticos capaces de matar judíos. Nuestra historia está llena de ellos.
Sino descubrir cuánta gente aparentemente civilizada estaba preparada para encontrarles una excusa.
Y hubo algo todavía más desconcertante.
Mientras aquella masacre despertó en muchos judíos una necesidad de hablar, responder y dejar de callarnos, en otros despertó exactamente lo contrario.
Personas que jamás habían hablado de Palestina. Que nunca habían defendido públicamente los derechos de los palestinos. Que probablemente no habían leído un libro sobre el conflicto ni sabían distinguir Gaza de Cisjordania.
Y, sin embargo, fue precisamente una masacre de judíos la que despertó en ellos una súbita pasión por “Free Palestine”.
¿Por qué entonces?
No digo que toda persona que haya abrazado la causa palestina después de aquella masacre sea antisemita. Sería absurdo e injusto.
Pero sí creo que cada uno debería hacerse una pregunta incómoda:
¿Qué fue exactamente lo que despertó en mí aquella mañana? Después llegaron las consignas.
Personas que probablemente no podían señalar Gaza en un mapa se convirtieron de pronto en especialistas en Medio Oriente. Compartieron cifras sin verificar, mapas falsos y eslóganes cuyo significado muchas veces ni siquiera comprendían. Aceptaron propaganda de Hamás o de sus simpatizantes con una credulidad que jamás habrían concedido a ISIS o Al Qaeda.
Creyeron estar del lado correcto de la historia.
Y demasiados terminaron siendo exactamente lo que el fanatismo necesita para triunfar fuera del campo de batalla: tontos útiles.
Así ocurrió la inversión moral.
Los asesinados tuvieron que explicar por qué los habían asesinado. Los secuestrados fueron desapareciendo de las pancartas. Y quienes acababan de sufrir la peor masacre de judíos desde el Holocausto terminaron convertidos en los villanos.
Pero este mecanismo tampoco es nuevo.
El mundo siempre ha tenido guerras, epidemias, crisis y desgracias. Y durante siglos encontró un extraordinario recipiente donde depositar sus miedos y frustraciones: el judío.
Si había capitalismo descontrolado: los judíos. Si había comunismo: también los judíos.
El antisemitismo tiene una extraordinaria virtud: no necesita coherencia. Solo necesita un judío a quien culpar.
Y el Perú no está vacunado.
Se incendia algo en Cusco y aparecen los israelíes. Hay un problema en la Amazonía y surgen delirios sobre Israel comprando territorio peruano. Hasta un incendio en el malecón de Miraflores puede terminar acompañado en redes por acusaciones contra turistas israelíes.
¿En qué momento normalizamos semejante estupidez?
¿En qué momento personas adultas comenzaron a comportarse como borregos, repitiendo acusaciones contra una minoría simplemente porque alguien las publicó en TikTok?
A los peruanos de bien quiero pedirles algo: no se contagien.
No permitan que un odio ancestral encuentre una nueva casa aquí. No repitan porque está de moda. Pregunten. Verifiquen. Piensen.
Y cuando escuchen una teoría conspirativa sobre judíos, pregúntense por qué alguien quiere que ustedes la crean.
Pero también quiero hablarles a los judíos.
Durante demasiado tiempo nuestra respuesta fue bajar la cabeza. “No respondas”.
“No le des importancia”. “Déjalo pasar”.
Nos reíamos de algunas teorías porque parecían demasiado absurdas para tomarlas en serio.
Eso se acabó.
Las mentiras que no se enfrentan no desaparecen. Se normalizan.
Y hoy enfrentamos otra, quizás más sofisticada porque muchas veces proviene de personas moderadas y genuinamente preocupadas por los palestinos:
“Después de lo que Israel hizo en Gaza, creó una nueva generación de terroristas”. No.
El sufrimiento palestino es real. Miles de niños han perdido familiares, hogares, amigos y una parte de su infancia. Su trauma será inmenso.
Precisamente por respeto a esos niños me niego a aceptar que su destino natural sea convertirse en asesinos.
El dolor no fabrica terroristas.
Si así fuera, cada niño yazidí que vio a ISIS asesinar a su familia debería haberse convertido en uno. Y también cada niño israelí que vio asesinar a sus padres, perdió hermanos, fue secuestrado o quedó huérfano.
¿Esperamos que ellos crezcan para asesinar palestinos? Por supuesto que no.
Porque entre el trauma de un niño y el terrorismo de un adulto existe un espacio gigantesco. Allí están la familia, la escuela, los líderes religiosos, los medios, la sociedad y las ideas que transmitimos.
Un niño no nace sabiendo que debe vengar la muerte de su padre asesinando al hijo de otra persona.
Alguien tiene que enseñárselo.
Podemos cuestionar al gobierno israelí. Podemos discutir decisiones militares, errores y el terrible precio pagado por civiles palestinos.
Pero comprender las causas de la radicalización no significa absolver al terrorista, al que lo adoctrina, al que lo recluta, al que lo financia o al que celebra su crimen.
No llamemos “resistencia” al asesinato deliberado de civiles. No convirtamos una masacre en una “reacción”.
Y no responsabilicemos anticipadamente a los judíos del próximo terrorista que alguien decida adoctrinar.
Basta.
Durante siglos fuimos el chivo expiatorio perfecto. Ahora pretenden que seamos responsables hasta del terrorismo de quienes quieren asesinarnos.
No más.
Estos tres años me quitaron cierta inocencia, pero me dieron algo mucho más importante: la decisión de no volver a callarme.
A los judíos les digo: no bajemos nuevamente la cabeza.
Defendernos no debe avergonzarnos. Responder una mentira no es victimizarse. Señalar el antisemitismo no es exagerar. Podemos sentir compasión por un niño palestino sin aceptar jamás que su sufrimiento justifique asesinar a un niño judío.
Y a mis compatriotas peruanos les pido algo todavía más sencillo: cuando vuelva a pasar el tren del odio, no se suban.
Ya pasó demasiadas veces por la historia. Sabemos dónde termina. No sean espectadores. No sean borregos. No sean tontos útiles.
Pregunten. Piensen. Y cuando vean que una minoría vuelve a ser acusada de todos los males, tengan el valor de decir: basta.
Tres años después sé perfectamente quién soy. No pido permiso para existir.
No aceptaré ser el chivo expiatorio de nadie. No normalizaré el terrorismo.
No bajaré la cabeza ante una mentira.
Y después de siglos de aprender lo que ocurre cuando permanecemos en silencio, hay algo que esta generación de judíos tiene absolutamente claro: ya no nos callamos.



