24 de febrero de 2026

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Por: Ricardo Sánchez Serra / De Soto, la esperanza tras el terremoto

Ricardo Sánchez Serra

Luego de un terremoto político de magnitud 10 -seguido de un tsunami devastador- que significó la elección del presidente José María Balcázar, el nombramiento de Hernando de Soto como presidente del Consejo de Ministros aparece como una luz al final del túnel. En medio de la incertidumbre, su designación introduce un factor de equilibrio, experiencia y solvencia que el Perú necesita con urgencia.

Hernando de Soto es uno de los cinco peruanos universales -y que merecía el premio nobel de Economía-, junto a Javier Pérez de Cuéllar, Julio Velarde, Mario Vargas Llosa, y en su momento José Santos Chocano. Su trayectoria internacional, su defensa de la economía popular de mercado y su permanente prédica por la seguridad jurídica constituyen garantías en un momento en que el país demanda estabilidad y confianza.

Su presencia en la Presidencia del Consejo de Ministros puede asegurar no solo un buen gobierno -aunque breve por el calendario político- sino también elecciones limpias, transparentes y sin sombras de irregularidades como las que en el pasado dañaron la credibilidad institucional.

El gran desafío inmediato será la conformación de un gabinete de lujo: técnico, independiente y alejado de opciones ideológicas rojas trasnochadas que tanto daño han causado en la región. El país no necesita cuotas partidarias ni repartijas; necesita profesionales capaces y ministros con autoridad moral.

Asimismo, será fundamental evitar presiones para colocar “Rasputines” o eminencias grises en carteras sensibles como Relaciones Exteriores, Defensa e Interior. Gobernar no es ceder a padrinazgos, sino asumir la responsabilidad histórica de conducir al país con firmeza y transparencia. Aunque el presidente Balcázar haya sido elegido con el respaldo de determinadas fuerzas políticas que hoy reclaman espacios de poder, la verdadera prueba de liderazgo consistirá en resistir esas exigencias cuando colisionen con el interés nacional.

La historia demuestra que los mandatarios necesitan colaboradores de confianza que les digan la verdad sin temor. Valentín Paniagua tuvo como premier a Javier Pérez de Cuéllar; Alberto Fujimori contó con Alberto Pandolfi, Hurtado Miller, Bustamante, De la Puente, De los Heros; Alejandro Toledo nombró a Luis Solari; Alan García tuvo a Jorge del Castillo; Ollanta Humala al hoy odiado Pedro Cateriano; Pedro Pablo Kuczynski a Mercedes Aráoz. Más allá de simpatías o antipatías, todos entendieron que el poder necesita contrapesos internos. El adulón conduce al precipicio; el consejero honesto previene la caída.

Por otro lado, preocupa la guerra de propaganda entre sectores de la propia derecha. Esa confrontación fratricida solo reducirá votos y proyectará ante el electorado la imagen de una derecha dividida e incapaz de articular un proyecto común. El resultado podría ser el fortalecimiento de un outsider o de una opción radical. Y otra vez el Perú quedaría atrapado en la improvisación.

La política exige estadistas, no estrategas de coyuntura. Como advertía Javier Pérez de Cuéllar, “la paz y la estabilidad se construyen con responsabilidad, no con arrebatos”. Esa máxima es hoy más vigente que nunca.

El nombramiento de Hernando de Soto abre una oportunidad histórica. Que esa oportunidad se traduzca en estabilidad, institucionalidad y futuro dependerá de su capacidad para rodearse de los mejores, resistir presiones indebidas y pensar en el país antes que en los cálculos inmediatos.

El Perú necesita firmeza, unidad y visión. La esperanza está sobre la mesa. Que no se diluya en mezquindades.

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