14 de mayo de 2026

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Por: Ricardo Sánchez Serra / El Papa León XIV y su mensaje al cuerpo diplomático: brújula moral para las naciones

Ricardo Sánchez Serra

Las primeras palabras del Papa León XIV al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede -muy poco difundidas- no fueron un saludo protocolar, sino un aldabonazo que golpeó con fuerza las puertas de la indiferencia mundial. Con la serenidad de la razón y la firmeza de la verdad, el Pontífice trazó un diagnóstico implacable: el multilateralismo se ha debilitado, la libertad de expresión se reduce en Occidente, los cristianos son perseguidos en todo el mundo y la paz se ve amenazada por la militarización de la vida civil y por la carrera armamentista.
El Papa habló con la autoridad moral de quien no busca poder ni gloria, sino justicia y verdad. Denunció que la diplomacia del diálogo ha sido reemplazada por la diplomacia de la fuerza, y que la guerra vuelve a ser aceptada como instrumento político. Frente a esta barbarie, León XIV propuso revitalizar el multilateralismo como símbolo de paz mundial, como espacio de encuentro entre las naciones que evite la ley de la selva y restituya la confianza en el derecho internacional.
No es una propuesta ingenua, sino una exigencia de supervivencia. Sin multilateralismo, el mundo se desliza hacia la confrontación permanente. Sin lenguaje verdadero, el diálogo se convierte en manipulación. El Papa advirtió que hoy las palabras se usan como armas para excluir y ofender, y que bajo la apariencia de inclusividad se impone un lenguaje orwelliano que restringe la libertad de expresión. En Occidente, donde se presume de democracia, se reduce cada vez más el espacio para proclamar verdades incómodas, especialmente aquellas que defienden la vida, la familia, los migrantes y los más débiles.
Defendió con firmeza la libertad de conciencia y la libertad religiosa, pilares de toda sociedad libre. Recordó que más de 380 millones de cristianos sufren persecución, uno de cada siete creyentes en el mundo. Denunció también la marginación sutil que padecen los cristianos en países donde son mayoría, cuando se les restringe proclamar el Evangelio por razones ideológicas. La Santa Sede, dijo, seguirá defendiendo la dignidad inalienable de cada persona, sea migrante, preso o perseguido, porque nadie puede ser reducido a una condición o a una etiqueta.
En este contexto, insistió en la necesidad de una moratoria nuclear y en el seguimiento del Tratado START, que expira en febrero. Alertó sobre el peligro de una nueva carrera armamentista, ahora alimentada incluso por la inteligencia artificial. La paz, subrayó, requiere vigilancia constante y esfuerzos pacientes de construcción, no la lógica destructiva de la fuerza. La humanidad debe elegir entre la ciudad terrenal, dominada por el orgullo y el amor propio, y la ciudad de Dios, fundada en el amor y la verdad. San Agustín nos recuerda que el orgullo es la raíz de todos los conflictos, mientras que la paz es el bien supremo al que aspira la ciudad celestial.
Las palabras de León XIV son luz en un momento delicado. Nos invitan a imaginar cómo sería la ciudad que Dios quiere si aplicáramos las enseñanzas de San Agustín: una sociedad donde el lenguaje recupere su verdad, donde la libertad de conciencia sea respetada, donde la vida sea protegida desde su origen hasta su fin natural, donde los cristianos puedan vivir su fe sin persecución, y donde las naciones dialoguen en un multilateralismo renovado que evite la barbarie de la fuerza.
El Papa señaló las crisis concretas: Ucrania, Tierra Santa, Venezuela, Haití, Sudán, Myanmar. Pero también destacó signos de esperanza: los acuerdos de paz en Bosnia, en el Cáucaso, los avances en Vietnam. Recordó que la paz requiere humildad y valentía: la humildad de la verdad y la valentía del perdón.
En su mensaje final evocó a San Francisco de Asís, cuyo octavo centenario se celebrará este año. Francisco fue un hombre de paz y diálogo, reconocido incluso fuera de la Iglesia. Su vida demuestra que un mundo pacífico se construye desde corazones humildes orientados a la ciudad celestial. Ese es el llamado del Papa: que cada uno de nosotros, y cada nación, sea artesano de paz.
Las palabras del Papa León XIV no son un discurso más: son un acontecimiento histórico. En ellas se condensa la brújula que la humanidad necesita para no perderse en la oscuridad de la fuerza y la confrontación. Su voz es una alerta moral que recuerda que la paz no es un ideal lejano, sino un deber inmediato, y que el multilateralismo debe renacer como símbolo de encuentro y justicia entre las naciones.
Si se aplicara, aunque sea un 10 % de su mensaje, la humanidad estaría salvada. Como escribió Dag Hammarskjöld, segundo secretario general de la ONU: “La Organización de las Naciones Unidas no fue creada para llevar a la humanidad al cielo, sino para salvarla del infierno”. Esa advertencia sigue vigente, y hoy se ilumina con la fuerza de las palabras del Papa.
La ciudad que Dios quiere, la ciudad de la paz y la verdad descrita por San Agustín, puede ser posible si los pueblos y sus líderes escuchan este llamado. León XIV nos invita a ser artesanos de paz, humildes y valientes, capaces de transformar la historia. Que este mensaje no se pierda en la indiferencia: que sea recordado como el día en que la voz del Papa se alzó para defender la vida, la libertad y la dignidad de todos.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”

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