12 de enero de 2026

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Por Ricardo Sánchez Serra / El Papado debe reivindicar a los templarios

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En un acontecimiento histórico, el Papa León XIV recibió en audiencia especial en el Vaticano a la Orden del Temple, representada por los voluntarios que colaboraron en el dispositivo de seguridad y asistencia a los peregrinos durante el último jubileo. Esta asociación privada de fieles laicos firmó un acuerdo con el Dicasterio para la Evangelización, comprometiéndose a proveer un servicio de voluntariado en tres de las principales basílicas de Roma. Si bien la Santa Sede reconoce oficialmente a la Orden de Malta y a la Orden del Santo Sepulcro, la presencia de los neo templarios en actividades vinculadas al Vaticano demuestra que, de alguna manera, mantienen un lazo espiritual y práctico con la Iglesia.

Desde la juventud -y en toda edad- uno se siente atraído por la valerosa e idílica acción de los cruzados. La lectura de obras como Ivanhoe, El Caballero Templario, Robin Hood o las leyendas medievales nos convencían de la justicia de aquella venerable causa: recuperar los lugares santos para el cristianismo. La toma de Jerusalén, el reino cruzado y la figura de Saladino, héroe del mundo islámico, forman parte de las ocho -o más- cruzadas papales. En ellas combatieron guerreros de distintos reinos europeos y se forjaron órdenes como los Caballeros de San Juan, San Lázaro, Santiago, los Teutónicos, los Hospitalarios (hoy Malta), la Orden del Santo Sepulcro, la Orden de Livonia y, por supuesto, la Orden del Temple.

Es cierto que en esas guerras santas hubo excesos, pero también debemos reconocer que sin las cruzadas el mundo occidental probablemente habría sucumbido al dominio islámico. Su trascendencia fue comparable a la decisión del emperador Constantino de legalizar el cristianismo en el Imperio Romano y a la proclamación de Teodosio I que lo convirtió en religión oficial.

La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, conocida como la Orden del Temple, fue declarada por el Papa Honorio II como el “ejército de Dios”. Sus caballeros fueron valientes guerreros, leales a la Iglesia, y quienes no combatían se dedicaron con gran habilidad a las finanzas. Los templarios fueron considerados los primeros banqueros de Europa: idearon un sistema que permitía a los peregrinos depositar sus bienes en una encomienda templaria y recibir un documento de crédito, con el cual podían retirar fondos en otra encomienda del camino. Así evitaban transportar dinero en efectivo y exponerse a asaltos durante la travesía hacia Tierra Santa.

Aquel poder económico, sin embargo, se convirtió en su perdición. El rey Felipe IV de Francia, abrumado por las deudas contraídas con los templarios y resentido porque le negaron nuevos préstamos, presionó al Papa Clemente V para disolver la Orden, levantando contra ellos acusaciones infundadas de herejía, blasfemia y sodomía. El viernes 13 de octubre de 1307, Felipe ordenó la detención masiva de los caballeros y se apropió de sus bienes, hecho que dio origen a la leyenda del “día de mala suerte”.

El Gran Maestre Jacques de Molay, antes de ser quemado en la hoguera, pronunció palabras proféticas: “Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad.” En menos de un año murieron tanto Felipe IV como Clemente V, y el abogado Guillaume de Nogaret – que ideó la persecución y muerte de los templarios- como si la maldición se hubiera cumplido.

En diversos países europeos, los templarios fueron absorbidos por otras órdenes o adoptaron nuevos nombres, mientras sus bienes pasaban a manos de la nobleza, los Estados o la Orden Hospitalaria. Sin embargo, la memoria de su sacrificio jamás se extinguió. En 2007, el Vaticano abrió sus archivos secretos y publicó el Processus contra Templarios, dando a conocer el célebre Pergamino de Chinon. En él, el propio Papa Clemente V absolvía a Jacques de Molay y a los principales líderes de la Orden de las acusaciones de herejía y apostasía, reconociendo la falsedad de los cargos. Lamentablemente, aquella absolución nunca se tradujo en una bula papal que restituyera oficialmente su honor.

Si sabemos que todas las imputaciones fueron calumnias y que la verdad histórica los absuelve, ¿por qué el Vaticano no reivindica a los templarios y anula la bula Ad Providam que los suspendió? Han pasado 719 años y aún no se les hace justicia.

Hoy existen numerosas asociaciones que mantienen vivos sus principios bajo otros nombres y buscan la rehabilitación moral. La española Asociación Orden Soberana del Temple de Cristo, por ejemplo, se declara heredera y ha valorado los bienes incautados en más de cien mil millones de dólares, correspondientes a nueve mil propiedades en Francia, Italia, Gran Bretaña, Alemania, Polonia, Luxemburgo, Bélgica, Portugal y España. No reclaman la restitución material, sino la reivindicación moral.

Una moderna Orden Templaria o Neotemplaria -aunque no exista continuidad histórica comprobada- podría dedicarse a la defensa de la fe, de la vida y de la familia, además de realizar actividades sociales y culturales que fortalezcan a la Iglesia católica. Los neo templarios actuales son personas decentes, comprometidas y necesarias para la evangelización, recordando el ideal de sus fundadores.

Por ello, con respeto y firmeza, elevo este pedido al Santo Padre: que el Papado reivindique moralmente a los templarios, que se reconozca su lealtad y sacrificio, y que se devuelva honor al nombre de aquellos valientes caballeros que, desde Jacques de Molay hasta los voluntarios de hoy, han servido a la Iglesia con entrega y fe.

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