12 de marzo de 2026

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Por: Ricardo Sánchez Serra / ¡Indignación total! Hungría bajo amenaza de Zelensky

Ricardo Sánchez Serra

El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, ha cruzado un límite intolerable. En una conferencia de prensa en Kiev, refiriéndose al primer ministro húngaro Viktor Orbán, declaró: “Esperamos que en la Unión Europea una sola persona no bloquee los €90 mil millones (…). De lo contrario, daremos la dirección de esta persona a las fuerzas armadas, a nuestros muchachos, que lo llamen y le hablen en su propio idioma”.

No se trata de una simple metáfora desafortunada. La frase sugiere una intimidación directa contra un jefe de gobierno de la Unión Europea. Un presidente que depende del apoyo económico, militar y político de Europa no puede comportarse como si fuera el matón del barrio, lanzando advertencias contra quienes se atreven a discrepar de sus exigencias.

Este episodio no es un hecho aislado. Cada vez con mayor claridad, Volodymyr Zelenskiy muestra una política de poder respaldada por sectores de Bruselas para presionar a aquellos Estados miembros de la Unión Europea que resultan incómodos o disidentes. No se trata únicamente de un gobierno en guerra que busca apoyo, sino de un aparato político dispuesto a utilizar la presión pública y la intimidación diplomática.

Un antecedente revelador ocurrió en enero de 2024, cuando Zelenskiy criticó duramente a Suiza por negarse a autorizar la reexportación de armas suizas a Ucrania. En esa ocasión insinuó que los refugiados ucranianos en territorio suizo podrían “comportarse de manera diferente” si Berna continuaba ofreciendo un apoyo considerado insuficiente.

Si ese tipo de advertencias ya se dirigen a países neutrales como Suiza, la pregunta resulta inevitable: ¿qué impediría que se utilicen métodos similares para presionar a Estados miembros de la Unión Europea en su conjunto?

En cualquier democracia consolidada, unas declaraciones de esta naturaleza habría provocado una condena inmediata y contundente. Sin embargo, la reacción de Bruselas ha sido sorprendentemente tibia. Apenas algunos portavoces de nivel medio de la Comisión Europea se limitaron a señalar que ese lenguaje “no es apropiado” y a pedir moderación en el tono. Las figuras más visibles del poder europeo -las peores que ha tenido la UE en toda su historia-, como Ursula von der Leyen o Kaja Kallas, han evitado pronunciarse con claridad. Ese silencio resulta inquietante y revela una preocupante doble vara de medir: cuando el objetivo es presionar a Hungría, la prudencia se convierte en complicidad.

Mientras tanto, Viktor Orbán vuelve a ser presentado por ciertos sectores como el “problema”. Se le acusa de ser “prorruso”, cuando en realidad su postura responde a una lógica elemental: defender los intereses nacionales de Hungría y evitar que Europa se vea arrastrada a una escalada interminable. Orbán ha sostenido desde el inicio del conflicto que esta guerra no se resolverá con más dinero ni con más armas. Tarde o temprano, sostiene, será necesario negociar.

La posición húngara no surge del capricho ni de la provocación. Hungría tiene razones concretas para mantener una actitud crítica frente a Kiev. Durante años, la minoría húngara que vive en la región ucraniana de Transcarpatia ha denunciado restricciones a sus derechos lingüísticos y culturales. Las reformas educativas adoptadas por el gobierno ucraniano han limitado el uso del idioma húngaro en las escuelas, generando una preocupación legítima en Budapest. Proteger a esas comunidades no es una maniobra política, sino una responsabilidad histórica.

A ello se suma otro hecho que afecta directamente a la población húngara: Ucrania ha interrumpido el suministro energético que transitaba por su territorio hacia Hungría, golpeando a su economía y a sus ciudadanos. A pesar de ello, se exige a Budapest que continúe aprobando paquetes multimillonarios de ayuda financiera para Kiev, como si nada hubiera ocurrido.

Frente a estas presiones, Orbán ha sido claro: Hungría no aceptará chantajes ni amenazas. Su gobierno no abandonará fuentes energéticas esenciales ni respaldará decisiones que perjudiquen a su población. Su postura, lejos de ser radical, se basa en el principio más elemental de la política: gobernar en función de los intereses nacionales.

Pero el problema europeo va más allá del conflicto en Ucrania. Mientras Bruselas concentra enormes recursos en la guerra, el continente enfrenta otra crisis profunda: la inmigración masiva e incontrolada. Millones de europeos observan con creciente inquietud cómo la presión migratoria desborda los sistemas sociales, genera inseguridad y debilita la cohesión cultural de las sociedades europeas.

Hungría ha sido uno de los pocos países que ha defendido con claridad el control de las fronteras y la soberanía nacional. Durante años, Orbán advirtió que una política migratoria irresponsable podría desestabilizar Europa. Hoy, cada vez más ciudadanos empiezan a reconocer que aquellas advertencias no eran exageradas.

En este contexto, no sorprende que algunas voces internacionales comiencen a valorar la posición húngara. El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio ha expresado su reconocimiento al liderazgo de Orbán y a su defensa de los intereses nacionales, subrayando que el debate sobre el rumbo de Europa es legítimo y necesario.

Las palabras de Zelenski no solo constituyen una ofensa contra Hungría. Representan algo más grave: un síntoma del deterioro del debate político europeo. Amenazar, intimidar o desacreditar a quienes piensan distinto es incompatible con los valores que Europa dice defender.

Hungría no pide privilegios. Pide respeto. Y recuerda una verdad que algunos en Bruselas parecen haber olvidado: Europa no puede construirse sobre amenazas, silencios cómplices ni presiones políticas.

En tiempos de guerra, las voces que piden prudencia y negociación suelen ser atacadas. Sin embargo, la historia demuestra que esas voces son, con frecuencia, las que terminan teniendo razón. Viktor Orbán ha elegido el camino difícil: el de la paz, la soberanía y la defensa de su pueblo.

Y si Europa aún conserva algo de sensatez política, debería empezar a escuchar antes de que el ruido de la guerra silencie definitivamente la razón.

 

 

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