15 de marzo de 2026

|

Lima: Cargando...

Por Ricardo Sánchez Serra / Irán: la obsesión por destruir a Israel que terminó aislándolo y hundiéndolo

Ricardo-Sanchez-Serra

Por Ricardo Sánchez Serra

Irán eligió el odio como política de Estado y ese odio terminó por hundirlo. Desde la revolución islámica de 1979, cuando los ayatolás tomaron el poder, el régimen convirtió la hostilidad hacia Israel en el eje de su estrategia internacional. No solo se negó a reconocer su existencia, sino que promovió una retórica radical que incluyó el negacionismo del Holocausto y reiterados llamados a la desaparición del Estado judío. Esa obsesión ideológica, lejos de fortalecer al país, lo aisló del mundo y lo condujo a un camino de autodestrucción política, económica y diplomática.

La dirigencia iraní transformó esa hostilidad en una política activa de desestabilización regional. Durante décadas, Teherán ha financiado, armado y entrenado a diversos grupos terroristas y milicias en Medio Oriente y más allá. Entre ellos destacan Hezbollah en el Líbano y Hamas en Gaza, organizaciones que han recibido apoyo militar, financiero y logístico. También ha respaldado a la Yihad Islámica Palestina, así como a numerosas milicias chiitas en Irak y Siria, y a los rebeldes hutíes en Yemen, responsables de ataques contra infraestructuras estratégicas y poblaciones civiles.

Este entramado de organizaciones armadas forma parte de una estrategia más amplia: la expansión de la influencia iraní y la promoción del chiismo político como instrumento geopolítico. Teherán ha intentado consolidar un “arco de influencia” que se extiende desde Irán hasta el Mediterráneo, pasando por Irak, Siria y el Líbano. En ese proceso, el régimen ha explotado tensiones sectarias y religiosas, utilizando milicias ideologizadas para consolidar su presencia en diversos países.

La paradoja de esta política se refleja incluso en el Cáucaso. A pesar de que Azerbaiyán es una nación mayoritariamente chiita, Irán ha mantenido una relación ambigua e incluso hostil con Bakú y ha mostrado simpatía o apoyo hacia Armenia en el conflicto del Nagorno Karabaj. Esta postura demuestra que para Teherán la lógica geopolítica y su estrategia de influencia pesan más que la solidaridad religiosa que dice defender.

Incluso en el norte de África han surgido denuncias sobre el entrenamiento y la cooperación -armas y drones- con elementos del terrorista Frente Polisario, lo que revela cómo la red de apoyo iraní se ha proyectado más allá de su entorno inmediato. En lugar de promover la paz, el régimen ha optado por alimentar conflictos prolongados -como el del Sahara creado artificialmente e impulsado por Argelia- que mantienen a varias regiones en tensión permanente.

Los países árabes han sido víctimas directas de esta política agresiva. Arabia Saudita sufrió ataques contra sus instalaciones petroleras, atribuidos a fuerzas respaldadas por Irán. Los Emiratos Árabes Unidos han sido blanco de amenazas y ataques indirectos. Bahréin y Kuwait también han denunciado operaciones de infiltración y apoyo a células desestabilizadoras. La estrategia iraní ha sido clara: utilizar el terror, la intimidación y la guerra indirecta para ampliar su influencia geopolítica.

Pero el resultado ha sido el contrario al que buscaban los ayatolás. Lejos de consolidar su poder, Irán ha quedado cada vez más aislado. Las sanciones internacionales, la pérdida de confianza diplomática y el deterioro económico han golpeado duramente a su población. Mientras el régimen invierte recursos en financiar conflictos externos, millones de iraníes enfrentan pobreza, inflación y represión política.

La guerra impulsada por Irán no es solo militar; es también ideológica. El régimen construyó su identidad política sobre la confrontación permanente, especialmente contra Israel y contra aquellos países que no comparten su visión. Al hacerlo, sacrificó el bienestar de su propio pueblo y cerró las puertas a la cooperación internacional.

Hoy la comunidad internacional debe ser solidaria con los países que han sufrido estas agresiones. Defender a naciones como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Catar y Chipre, amenazadas por el extremismo, es también defender la estabilidad global.

Irán eligió el odio como brújula política, y esa decisión lo condujo al aislamiento y a la crisis. La lección es clara: cuando un Estado convierte la confrontación permanente, el sectarismo y el terrorismo en el centro de su estrategia, termina sembrando las semillas de su propia ruina. Frente a ello, la solidaridad con las naciones que han sufrido estas agresiones no es solo un deber diplomático, sino un compromiso con la paz y con la memoria de la humanidad.

 

Scroll al inicio