10 de junio de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Ricardo Sánchez Serra // Italia desfila por el alma del Perú: una hermandad que la historia no ha olvidado

Ricardo Sánchez Serra

Este 29 de julio de 2025, por primera vez en la historia, una delegación militar italiana marchó oficialmente en la Gran Parada Cívico Militar por las Fiestas Patrias del Perú. Lo hicieron con paso firme por la avenida Brasil, bajo el sol del mediodía limeño, y su presencia no fue solo inédita: fue profundamente simbólica. A su paso, el silencio se tornó reverente. No desfilaban solo soldados: desfilaba la memoria, el respeto mutuo, la gratitud centenaria.

La participación italiana en los actos por el 204.º aniversario de la independencia del Perú no respondió solo al protocolo. Honró gestos olvidados, rescates silenciosos y vínculos invisibles entre dos pueblos que se han reconocido en la ciencia, en la guerra, en la cultura y en la compasión.

En pleno siglo XVIII, cuando el Perú aún no imaginaba la independencia, gobernó Carmine Nicola Caracciolo, noble napolitano entre 1716 y 1720. Fue el único virrey italiano de nuestra historia, y aunque operaba dentro del engranaje colonial, supo desafiarlo desde dentro: se opuso a la mita minera y buscó aliviar el sufrimiento indígena a través de reformas humanitarias.

No hay plazas en su nombre ni himnos que lo recuerden, pero su sensibilidad ante el dolor ajeno lo convierte en una figura que merece ser rescatada como ejemplo de autoridad ética en tiempos oscuros.

Mucho más adelante, en 1851, el legendario Giuseppe Garibaldi llegó a Lima. El “héroe de dos mundos” se nacionalizó peruano para obtener licencia como capitán de barco. Firmó como José Garibaldi, natural de Génova y ciudadano del Perú. Aquel gesto burocrático se convirtió en un símbolo de hermandad. El Perú no fue una escala: fue parte de su travesía moral, un puerto de dignidad en su lucha por los pueblos libres.

La influencia italiana no solo vino de combatientes. El sabio Antonio Raimondi capturó con precisión científica y afecto el alma geográfica del Perú. Gaetano Chiarella y Giovanni Battista transformaron con arte y saber el rostro urbano y académico de la nación. Como maestros, pensadores y humanistas, italianos sembraron futuro en suelo peruano.

En los intersticios de la historia peruana, ciertas gestas extranjeras se entrelazan con el alma nacional no como adorno, sino como carne viva de un legado compartido. La diplomacia humanitaria, ejercida en instantes de alto riesgo, no solo evitó ruinas: sembró memoria.

 

Huellas italianas en la sangre de Perú

No son solo apellidos ni monumentos dispersos: son gestos de humanidad, sacrificio y coraje que han quedado grabados en la historia peruana. Desde el virrey que desafió la injusticia colonial, hasta el almirante Sabrano –al mando del Cristoforo Colombo- que, junto a los almirantes francés Abel du Petit Thouars e inglés Frederick Stirling, enfrentó al general Baquedano para evitar la destrucción de Lima, las huellas italianas laten en cada acto de compasión y firmeza. Es hora de que esa memoria tenga rostro, palabra y monumento. Durante la Guerra del Pacífico (1879–1884), la raíz ítalo-peruana se fundió en la defensa nacional. Francisco Bolognesi, de ascendencia italiana, ofreció su vida en Arica y su inmortal frase: “Tengo deberes sagrados que cumplir”.

Una herida profunda fue el fusilamiento de trece bomberos de la Compañía Garibaldi, de origen italiano, el 14 de enero de 1881 en Chorrillos. Apagaban incendios provocados cuando las tropas chilenas les arrebataron la vida. Hoy, su mausoleo en el Cementerio de Chorrillos es un altar de valor humanitario y duelo silente.

En ese marco histórico, el desfile de 2025 no solo honra la independencia: honra también los vínculos invisibles que sostienen el alma de los pueblos. Italia desfiló no como invitada, sino como hermana emocional del Perú. Más de dos millones de peruanos son descendientes de italianos. Sus nombres, sus oficios, sus sacrificios están grabados en el tejido nacional como huellas que resisten el olvido.

Este 29 de julio, los soldados italianos no solo cruzaron Lima. Cruzaron la historia. Marcharon por los gestos que no caben en los libros, por los rescates que no se aplauden en ceremonias, por las banderas que no se izan con tela, sino con memoria, humanidad y gratitud.

Y en tiempos de barbarie, cuando Lima temía el saqueo y la ruina, el almirante Sabrano, jefe de la escuadra italiana en el Pacífico, se alzó como protector silencioso. Su firmeza diplomática disuadió el bombardeo, y su escuadra ofreció refugio, alimentos y evacuación a mujeres, niños y miembros de la comunidad italiana. Fue una defensa sin armas, pero con autoridad moral. Su gesto salvó vidas y honró la dignidad de Lima en su hora más vulnerable.

“La gratitud es la memoria del corazón,” afirmaba Jean-Baptiste Massieu, qué mejor evocarla en este momento porque encierra una verdad profunda: la gratitud no es solo un gesto, es una forma de recordar con amor. Es el corazón quien guarda los actos nobles, los gestos silenciosos, las manos tendidas en la adversidad. Cuando agradecemos, no solo reconocemos lo recibido: lo perpetuamos. La gratitud convierte el recuerdo en vínculo, y el vínculo en legado.

Así, los gestos italianos hacia el Perú -desde el virrey que escuchó el dolor indígena, hasta los bomberos fusilados por salvar vidas, pasando por el almirante que protegió a los inocentes- no mueren en el tiempo: viven en la memoria del corazón peruano. Y cada paso que Italia dio en el desfile de 2025 fue también un paso hacia esa memoria, hacia ese corazón que no olvida.

(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”

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