28 de marzo de 2026

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Por: Ricardo Sánchez Serra / La ONU en busca de un nuevo rumbo

Ricardo Sánchez Serra

El reciente anuncio del Gobierno de Chile de retirar el apoyo oficial a la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet para la secretaría general de las Naciones Unidas abre un debate mayor: ¿qué tipo de liderazgo necesita hoy la ONU para recuperar prestigio y eficacia en un mundo convulsionado?

La elección del nuevo secretario general es un proceso complejo, que ya está en marcha y culminará a fines de 2026. Los países presentan candidatos, se realizan debates en la Asamblea General y como me señaló un experimentado  embajador “depende del humor de los miembros permanentes” del Consejo de Seguridad, que selecciona un nombre -con la posibilidad de veto- y finalmente la Asamblea General lo aprueba. Cabe mencionar que António Guterres no buscará la reelección, lo que abre un escenario de renovación.

La lista de aspirantes refleja la diversidad de regiones y trayectorias: Rafael Grossi (Argentina), director del OIEA, con un perfil técnico en energía nuclear y diplomacia científica, considerado el favorito por su capacidad de retomar los grandes acuerdos nucleares; Rebeca Grynspan (Costa Rica), con amplia experiencia en desarrollo económico y cooperación internacional, respaldada por su gestión en organismos multilaterales y apoyo del Caribe e Ivonne Baki (Ecuador), diplomática con sólidos apoyos latinoamericanos y un fuerte énfasis en representación femenina.

Asimismo, Virginia Gamba (Argentina), diplomática de carrera y ex representante especial del secretario general de la ONU para Niños y Conflictos Armados, con un perfil más político que técnico, que busca posicionarse como alternativa dentro del bloque latinoamericano y que intenta ampliar su base de respaldos en la región, incluso con apoyos externos de sectores afines a Donald Trump; Macky Sall (Senegal), el reconocido expresidente africano con amplio respaldo continental y árabe, perfilado como otro de los favoritos; y Michelle Bachelet (Chile), que pese a perder el apoyo de su país mantiene por ahora el respaldo de Brasil y México.

La tradición de rotación regional sugiere que ahora le tocaría a América Latina ocupar la secretaría general, pues ya han pasado por el cargo representantes de Europa, Asia y África, y el único latinoamericano fue el peruano Javier Pérez de Cuéllar, quien ejerció entre 1982 y 1991. Desde entonces, la región no ha vuelto a tener presencia en la máxima conducción de la ONU, lo que refuerza la expectativa de que este ciclo corresponda nuevamente a un latinoamericano. A ello se suma otro reclamo histórico: nunca una mujer ha ocupado la secretaría general, por lo que también se espera que esta elección abra paso a un liderazgo femenino. Sin embargo, la geopolítica es la que termina inclinando la balanza: Rusia y China podrían favorecer a un candidato africano, mientras que Estados Unidos y Europa miran con interés a Rafael Grossi, en especial por su capacidad de retomar los grandes acuerdos nucleares con Washington, Moscú y también Beijing, como me indicó un experto.

Es cierto que la ONU atraviesa una etapa de devaluación, acusada de ineficacia, burocracia excesiva y falta de autoridad frente a conflictos graves. Sin embargo, su labor histórica no ha sido en vano: ha evitado que el mundo caiga en una Tercera Guerra Mundial, ha mediado en conflictos regionales, desplegado Cascos Azules en misiones de pacificación y acompañado procesos de descolonización, dando voz a pueblos que buscaban independencia.

Pero la ONU es, en esencia, lo que algunos países quieren que sea, y esa dependencia de las grandes potencias explica sus limitaciones. En los últimos años, frente a la guerra en Ucrania y la confrontación OTAN‑Rusia; la inestabilidad en Medio Oriente e Irán y el tema de los bloqueos a Cuba, no ha logrado la efectividad esperada, lo que ha alimentado la percepción de debilitamiento.

El próximo secretario general, que asumirá el 1 de enero de 2027, deberá tener un carácter firme y una visión estratégica, capaz de intervenir activamente en conflictos con autoridad moral y política, defender y promover el derecho internacional frente a la erosión de normas y tratados, impulsar acuerdos nucleares retomando el diálogo entre Estados Unidos, Rusia y también China para evitar una nueva carrera armamentista, reforzar la agenda climática ante el impacto del cambio climático en migraciones y seguridad, modernizar la ONU simplificando estructuras y devolviendo credibilidad a sus mecanismos de acción, y dar voz a regiones emergentes como África y América Latina que reclaman mayor protagonismo en la gobernanza mundial.

La elección del nuevo secretario general no es un trámite burocrático: es una decisión que marcará el rumbo de la comunidad internacional en un momento de tensiones crecientes. La ONU, que ha sido guardiana de la paz y ha evitado que el mundo caiga en una Tercera Guerra Mundial, enfrenta hoy una eficacia condicionada por lo que algunos países quieren que sea. En los últimos años, frente a la guerra en Ucrania y la confrontación OTAN‑Rusia, la inestabilidad en Medio Oriente e Irán y los bloqueos a Cuba, no ha logrado la efectividad esperada. Por ello, el desafío es inmenso, pero también lo es la oportunidad: resucitar a la ONU como conciencia activa del mundo, con un liderazgo que la libere de la voluntad de unos pocos y la devuelva al servicio de la humanidad entera.

Como dijo Henry Kissinger: “La diplomacia no consiste en resolver conflictos, sino en administrarlos para que no se conviertan en catástrofes.” Esa es la misión que espera al próximo secretario general: administrar las tensiones globales con firmeza y visión, para que la ONU vuelva a ser el espacio donde la humanidad se reconozca en su aspiración más alta: la paz.

 

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