23 de octubre de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Ricardo Sánchez Serra / Recordaris en Torre Tagle

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Con todo respeto y sin la menor pretensión de decirle a la Cancillería cuál debe ser su trabajo -tarea que corresponde a sus autoridades y a sus profesionales-, siempre es bueno hacer un recordaris. En diplomacia, como en la vida, hay asuntos que, por diversas circunstancias, pueden quedarse dormidos en algún escritorio. Y hay temas que, por su importancia para el interés nacional, conviene volver a poner sobre la mesa.

No se trata de cuestionar por cuestionar. Se trata de recordar que la política exterior debe ser, ante todo, una política de Estado: permanente, prudente, principista y, al mismo tiempo, pragmática.

Las potencias, por cuerdas separadas

Tengo la firme convicción de que las relaciones del Perú con las grandes potencias -Estados Unidos, China y Rusia- deben manejarse por cuerdas separadas.

El Perú no tiene por qué tomar partido en las disputas entre ellas. Puede tener simpatías, preferencias o incluso una determinada lectura ideológica de los acontecimientos internacionales, pero el Estado debe actuar con una mirada mucho más amplia: defender sus intereses nacionales y mantener con cada potencia una relación de primerísima calidad, sustentada en el respeto.

La historia diplomática está llena de alianzas que parecían eternas y terminaron, y de adversarios que mañana terminaron sentándose a conversar. Como dice el viejo refrán, nadie sabe para quién trabaja. Y en política internacional, menos todavía.

Por eso, sería un error que el Perú quede atrapado en las rivalidades de otros. Washington, Beijing y Moscú deben ser tratados como lo que son: países de enorme importancia para nuestros intereses, cada uno en su dimensión y sin necesidad de convertir una relación en enemistad para cultivar otra.

Esa ha sido, además, una tradición razonable de nuestra diplomacia.

Marruecos: que la voluntad política se traduzca en hechos

Queremos tener la mejor relación posible con Marruecos. Y existen razones suficientes para ello: comercio, inversiones, agricultura, fertilizantes, energía, cooperación, acceso a África y una creciente convergencia política.

La presidenta Keiko Fujimori, incluso antes de asumir el cargo, expresó públicamente una posición favorable al fortalecimiento de esta relación y al plan marroquí de autonomía para su Sáhara y el apoyo a su integridad territorial. Conviene que esa voluntad política tenga también su correspondiente traducción institucional, cual es un comunicado oficial y ha pasado más de un mes.

No es un asunto menor. El Perú ya había establecido en 2022 una posición de valoración y respeto por la integridad territorial y soberanía de Marruecos, así como por su plan de autonomía, pero hubo avances y retrocesos.

Entonces, si existe voluntad política, ¿por qué no acelerar todo aquello que permita convertirla en resultados concretos?

La diplomacia también consiste en eso: acompañar las decisiones políticas con instrumentos, documentos, acuerdos y acciones que las hagan realidad.

Bakú no puede seguir esperando

Otro asunto pendiente es la reapertura de la Embajada del Perú en Bakú.

Azerbaiyán no es un país periférico en el tablero internacional. Es una potencia energética y un actor geopolítico de importancia en el Cáucaso, una región donde convergen intereses europeos, asiáticos, rusos, turcos y de otras potencias.

El Perú abrió su embajada en Bakú durante la gestión de Néstor Popolizio y posteriormente la misión fue cerrada. Se argumentaron razones presupuestarias, pero existían fórmulas de cooperación que reducían los costos, incluida la utilización de espacios compartidos, como por ejemplo de la Alianza del Pacífico.

Hoy existen, además, razones económicas adicionales para mirar nuevamente hacia Bakú. El Fondo Estatal del Petróleo de Azerbaiyán -SOFAZ- anunció el 7 de agosto su inversión en Inkia Energy, el mayor productor independiente de electricidad del Perú, dentro de una estructura administrada por I Squared Capital. Inkia opera una cartera de generación hidroeléctrica, gasífera, solar y eólica con una capacidad efectiva de 2,6 GW y una participación aproximada de 22 % en la generación eléctrica peruana.

No es un dato menor.

Cuando un país invierte en otro, también está enviando una señal política y económica. Y la diplomacia debe estar allí para acompañar, facilitar, promover y multiplicar esas oportunidades. Bakú merece volver a estar en el mapa prioritario de nuestra política exterior.

Brasil: ocho años de espera

Y luego está Brasil.

Aquí resulta particularmente difícil comprender por qué continúa pendiente la entrada en vigor del Acuerdo de Profundización Económico Comercial, suscrito en Lima el 29 de abril de 2016.

El acuerdo comprende inversiones, comercio de servicios y contratación pública, complementando los compromisos existentes en el marco del ACE 58 con el Mercosur. Y que cuenta con cláusulas anticorrupción.

Han pasado diez años desde su firma.

Y no estamos hablando de cualquier socio. Brasil es nuestro principal socio comercial en América Latina y representa aproximadamente el 22 % del comercio peruano con la región; el intercambio bilateral llegó a cerca de US$5.000 millones en 2025.

Más aún: el propio Gobierno peruano ha definido la relación con Brasil como central y prioritaria, y ambos países vienen trabajando en integración fronteriza, conectividad bioceánica, comercio, seguridad y en el potencial estratégico de Chancay.

El Congreso llegó incluso a interpelar al ministro de Comercio Exterior por la demora en la entrada en vigor del acuerdo, precisamente porque Brasil ya lo había aprobado y el instrumento continuaba sin vigencia en el Perú.

Entonces, el recordaris es sencillo: ¿qué falta para terminar de poner en marcha un acuerdo que puede profundizar una relación estratégica?

Rusia: ni aislamiento ni ideología

Y llegamos a Rusia, asunto particularmente sensible.

Rusia es una potencia mundial, miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y un país con el que el Perú mantiene relaciones diplomáticas. Y parece que se le trata como si fuera las islas Fiyi.

Desde 2022, sin embargo, nuestra relación política se ha enfriado considerablemente. Y aquí creo que debemos tener cuidado de no pasar de una posición internacional a una suerte de automatismo.

Una cosa es condenar la guerra y sostener nuestras posiciones. Otra muy distinta es convertir la política exterior en una política de aislamiento bilateral. De hecho, durante estos años no hubo ningún contacto oficial.

Para la reunión de la APEC en Lima se le invitó al presidente Vladimir Putin, pero a la vez se le “desinvitó” señalándole que el Perú era signatario del Estatuto de Roma, sin tomar en cuenta que Putin es respaldado por un conjunto de normas de derecho internacional consuetudinario, reforzadas por tratados como la Convención de Viena y la Convención sobre Misiones Especiales que forman parte del complejo derecho internacional que regula las relaciones entre Estados y sus representantes.

Por eso, precisamente, la diplomacia exige prudencia jurídica y no consignas.

Y algo parecido ocurre con los ciudadanos peruanos que han viajado para incorporarse a fuerzas armadas extranjeras, sin permiso del Estado peruano. La Cancillería hace bien en advertir a nuestros compatriotas sobre ofertas engañosas y en asistir a quienes se encuentran en situación de riesgo. Pero la advertencia debe ser universal: ningún peruano debe ser engañado ni reclutado irregularmente para una guerra extranjera, venga la oferta de donde venga, No podemos convertir una legítima defensa de nuestros ciudadanos en una campaña que parezca dirigida contra un solo país, porque también hay peruanos reclutados por Ucrania y no se ha dicho nada.

Durante años critiqué a los gobiernos y cancilleres que ideologizaban la política exterior. Sería contradictorio hacer ahora exactamente lo mismo desde otra perspectiva ideológica.

La política exterior no debe tener colores partidarios. Debe tener los colores de la bandera.

Una diplomacia que mire más lejos

Seguramente existen muchos otros asuntos pendientes que merecen ser actualizados, revisados o simplemente desempolvados.

Por eso este artículo no pretende ser un pliego de cargos. Es solamente un recordaris, hecho con respeto a Torre Tagle y a quienes tienen la responsabilidad de conducir nuestra política exterior.

La Cancillería tiene profesionales de extraordinaria experiencia. Precisamente por eso, siempre es bueno recordar que la diplomacia no consiste solamente en administrar lo existente. También consiste en detectar oportunidades, anticiparse a los acontecimientos y abrir puertas para el Perú.

Marruecos, Azerbaiyán, Brasil y Rusia son apenas cuatro ejemplos de una agenda mucho más amplia.

Y conviene no olvidar una frase atribuida a Winston Churchill que resume una de las grandes virtudes de la diplomacia y de la política: “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es el valor para continuar.”

En política exterior, quizá habría que agregar algo más: continuar, pero siempre mirando primero dónde está el interés del Perú.

 

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