Más de cincuenta años después del inicio del conflicto del Sáhara, la reciente reunión celebrada en Madrid -a instancias de la Embajada de Estados Unidos y bajo los auspicios de Naciones Unidas- entre delegaciones de Marruecos, el Frente Polisario, Argelia y Mauritania abre una ventana de oportunidad que no debe desaprovecharse. No se trata de una cita protocolar más, sino de un reconocimiento implícito de que el diferendo no puede seguir prisionero de esquemas ideológicos heredados de la Guerra Fría.
El conflicto del Sáhara se ha prolongado durante medio siglo. Ya en 1991, el entonces secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, intentó impulsar un proceso que fracasó ante los obstáculos del Polisario. Desde entonces, todo mecanismo de negociación quedó entrampado.
Conviene decirlo con claridad: La propia dinámica del Consejo de Seguridad ha evolucionado. Desde 2007, sus resoluciones vienen señalando que la solución debe ser “realista, seria y creíble” y ella lo da el plan de autonomía marroquí. La más reciente, adoptada el 31 de octubre de 2025 (Resolución 2756 del Consejo de Seguridad), reafirma ese enfoque justo, legal y pragmático. Y hoy, objetivamente, la única propuesta que cumple con esos parámetros es el plan de autonomía presentado por Marruecos.
Este plan no es una declaración retórica. Es un proyecto institucional concreto que prevé amplias competencias para las autoridades locales, preservando al mismo tiempo la soberanía marroquí. Más de cien países han expresado su respaldo a esta iniciativa, y alrededor de treinta han establecido consulados en las provincias del sur, particularmente en El Aaiún y Dajla. Esa presencia diplomática no es simbólica: refleja reconocimiento político, confianza jurídica y apuesta por la estabilidad y desarrollo de la región.
Marruecos ha respaldado su propuesta con hechos y no con discursos. Ha invertido más de 8.500 millones de dólares en infraestructura, modernización urbana y servicios en las provincias del sur dentro de su plan de desarrollo. El nuevo Puerto Atlántico de Dajla está llamado a convertir la región en un eje logístico y pesquero estratégico; los complejos de pesca de El Aaiún y Boujdour gestionan gran parte de los recursos marítimos del país; y fuertes inversiones en energías renovables y en proyectos de hidrógeno verde están posicionando al sur como un polo emergente de energía limpia. A ese impulso se suma la cooperación internacional: la Agence Française de Développement ha anunciado inversiones por alrededor de 150 millones de euros en proyectos sociales, portuarios y de infraestructura para apoyar el desarrollo sostenible en estas regiones, y ha concedido préstamos adicionales para modernizar puertos estratégicos, lo que refuerza la confianza internacional en el modelo de desarrollo marroquí.
En contraste, la situación en los campamentos de Tinduf, en territorio argelino, exige una mirada honesta. Pese a reiteradas solicitudes de Naciones Unidas, Argelia y el Polisario han impedido la realización de un censo oficial de la población. He visitado Tinduf y puedo afirmar que sus habitantes viven en condiciones extremadamente precarias, en un entorno aislado, sin libertad plena de movimiento: una suerte de prisión a cielo abierto en medio del desierto. Esa realidad no puede perpetuarse indefinidamente en nombre de consignas ideológicas y ambiciones argelinas.
Argelia desempeña un papel central en este conflicto. Su respaldo político, financiero y logístico al Polisario ha sido determinante durante décadas. Resulta legítimo considerar que motivaciones geopolíticas vinculadas a su aspiración estratégica de proyectarse hacia el Atlántico. Sin una actitud constructiva de Argelia, la solución seguirá bloqueada. El principal obstáculo para la paz no es la falta de propuestas, sino la falta de voluntad para aceptarlas.
Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, puede desempeñar un papel decisivo. Washington dispone de herramientas diplomáticas, económicas y estratégicas para incentivar compromisos reales. La presión puede adoptar diversas formas: condicionamiento de cooperación militar, revisión de acuerdos estratégicos o utilización de foros multilaterales para exigir transparencia en Tinduf y avances concretos en la negociación. No se trata de imponer una solución, sino de evitar que el inmovilismo siga perjudicando a la población saharaui y afectando la estabilidad del Magreb.
En cuanto a China y Rusia, ambos países mantienen relaciones sólidas tanto con Marruecos como con Argelia. Todo indica que optarán por una posición prudente, evitando involucrarse directamente en un diferendo que no afecta sus intereses estratégicos. Su neutralidad tácita podría facilitar un desenlace negociado si las partes regionales asumen responsabilidad.
El Perú, por su parte, no puede permanecer anclado en esquemas conceptuales de la Guerra Fría. La política exterior moderna exige combinar principios con realpolitik y tomar en cuenta las resoluciones del Consejo de Seguridad. No se puede desconocer los argumentos jurídicos e históricos de Marruecos por razones ideológicas y tiene que contribuir con la estabilidad regional, el desarrollo y la viabilidad política. Quedarse con su atávica posición equivale a perpetuar el conflicto.
No puede ignorarse tampoco que el tema del Sáhara marroquí figura en la Cuarta Comisión de la ONU desde la década de 1960 por iniciativa de Marruecos, que reclamaba a España la restitución de un territorio que consideraba históricamente vinculado a su soberanía. En ese momento ni existía el Polisario ni se había configurado el actual esquema geopolítico regional. La historia debe analizarse completa, no fragmentariamente y además puntualizar que el proceso allí está estancado.
La conferencia de Madrid puede convertirse en un punto de inflexión frente a la parálisis de la ONU y los bloqueos persistentes de Argelia y su títere, el Polisario y se espera que madure en la próxima reunión en Washington. El plan de autonomía marroquí, respaldado por más de cien países y materializado en la presencia -reitero- consular de más de treinta Estados en Dajla y El Aaiún, representa hoy la única salida concreta, seria y creíble sobre la mesa.
Prolongar indefinidamente el statu quo solo condena a generaciones enteras a la incertidumbre y mantiene una tensión innecesaria en el Magreb. Medio siglo es demasiado tiempo. Como advertía Charles de Gaulle, “la política es el arte de lo posible”. Y lo posible, hoy, es la autonomía bajo soberanía marroquí.
Es hora de actuar con realismo, responsabilidad y visión histórica. La paz no se construye con consignas, sino con decisiones. Y la decisión pendiente no puede esperar otros cincuenta años.




