Ricardo Sánchez Serra
La visita del canciller peruano, Carlos Espá, a Moscú constituye una oportunidad poco frecuente para reactivar un diálogo político bilateral que durante años ha permanecido prácticamente congelado. Precisamente por ello, sería un error que una reunión con Serguéi Lavrov, uno de los diplomáticos más experimentados y famosos del escenario internacional, terminara reducida a una conversación de apenas unos minutos sobre el caso de los peruanos que se han incorporado a las fuerzas armadas rusas.
Es correcto que el Estado peruano se preocupe por sus ciudadanos en el exterior. Esa es una obligación básica de cualquier cancillería. Sin embargo, una reunión entre ministros de Relaciones Exteriores debe servir también para abordar temas de cooperación educativa, intercambio académico, comercio, cultura, inversiones y otras áreas de interés mutuo. Si efectivamente existen propuestas preparadas por la parte rusa en esos ámbitos, ignorarlas significaría desaprovechar una ocasión valiosa para recomponer una relación bilateral que lleva años sin desarrollarse plenamente.
Más preocupante aún es la narrativa que algunos sectores intentan instalar sobre los peruanos que viajaron a Rusia para integrarse a sus fuerzas armadas. Se habla con frecuencia de personas “engañadas” -y lo repite el canciller- , pero esa explicación no parece reflejar toda la realidad. Muchos de ellos informaron a sus familiares que viajarían para desempeñar labores civiles, cuando en realidad terminaron suscribiendo contratos militares. La cuestión merece un análisis serio y responsable, alejado tanto del sensacionalismo como de la simplificación.
Tampoco parece razonable esperar que las autoridades rusas localicen individualmente a cada peruano que participa en operaciones militares -en las trincheras- para preguntarle si desea continuar o no. Se trata de personas que, según la información difundida públicamente, firmaron compromisos contractuales y aceptaron determinadas condiciones. Los consulados pueden orientar, informar y brindar asistencia dentro de sus competencias, pero no sustituir decisiones asumidas voluntariamente por adultos en el extranjero.
La diplomacia requiere realismo. Una cosa es la legítima preocupación de las familias y otra muy distinta pretender que una compleja estructura militar reorganice sus procedimientos para resolver situaciones derivadas de decisiones personales. La función de la Cancillería debe ser informar con claridad sobre los riesgos -en todos los conflictos-, las consecuencias legales y las limitaciones de la asistencia consular, no generar expectativas difíciles de cumplir.
Finalmente, existe otro aspecto que no debe pasarse por alto. Serguéi Lavrov acumula más de dos décadas al frente de la diplomacia rusa y es considerado uno de los negociadores más experimentados del mundo. El encuentro exige preparación, seriedad y sentido estratégico. Rusia no recibe al canciller peruano por razones personales, sino porque representa oficialmente al Perú y porque existe interés en mejorar la relación bilateral.
Por eso mismo, el país necesita una visita sobria, profesional y orientada a resultados concretos. Lo que está en juego no es únicamente el caso de varios centenares de peruanos en Rusia, sino la imagen de seriedad de la política exterior peruana. Un viaje de esta naturaleza debe dejar avances diplomáticos tangibles, no la impresión de una oportunidad perdida.



