17 de octubre de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Rosmery Barrantes / ¿Y si van a terapia?

ROSS BARRANTES

Estoy pasando unos días algo confusos y con achaques físicos, pero, bueno, quiero comentarles hoy algo a ustedes, mis tan queridos y fieles lectores. Primero, felicitarlos, porque para ser fiel hay que tener disciplina mental e inteligencia emocional, y para leer hay que tener inteligencia; entonces, ustedes son, en la práctica, inteligentes emocionalmente. Inteligencia emocional: tan poco hablada y tan poco vista en la política, como si la política fuera solo un show de circo o se hubiera quedado únicamente en el concepto de «parlar». Y es que la palabra parlamento viene del francés antiguo parlement, derivado de parler, que significa «hablar»; este, a su vez, proviene del latín parabolare y, más atrás, del griego parabolé. Es decir, el parlamento nació como el lugar donde se habla para entenderse. Pero ¿qué ocurrió esta semana que me pide que los aburra con una introducción algo extraña? Primero, tengo mucho dolor, que se me está pasando poquito a poquito; y segundo, un dolor más interno al ver en las primeras planas la poca inteligencia emocional de los representantes de nuestra política peruana (salvo grandes excepciones y, sin buscar una diferencia marcada en género, son mujeres en nuestro Senado quienes dan el ejemplo del temple emocional en la política de nuestro país).

No puedo dejar de expresar mi sensación cuando vi, en la Comisión de Constitución del Senado de la República, a un ministro dirigirse a un senador con un «cállate la boca», y escuchar luego en la misma sala la invitación a «arreglarlo afuera». Entendería que fuera para hablar de manera privada y resolver algún conflicto, pero el tono violento es lo que más preocupada me dejó. Y la evidente falta de inteligencia emocional en las respuestas, entre gritos de «miedoso», «mentiroso» y «nadie tiene miedo», me dejó aún pensando si son vocablos que deben expresarse en una sesión donde se discuten temas elementales para la organización política de nuestro país. Y es que no es ninguna mentira: lo que el Perú realmente necesita ahora son respuestas a las múltiples crisis que tenemos, y las facultades que se piden deben estar enfocadas en eso. Pedir que se reforme el sistema de seguridad ciudadana, es una necesidad razonable para todos los peruanos.

Pero hay otros dolores. Justo hoy, que me levanté con dolores terribles, hablé con mi hermana, que es médica y tiene ahora mucha experiencia en enfermedades neoplásicas, y me contó algo que un buen amigo también me había contado. El papa León XIV, que lastimosamente acaba de pasar por una cirugía a causa de un cáncer de pulmón, vivió muchos años en Chiclayo. ¿Las razones? Posiblemente ambientales, me dicen: la cuenca de la que se alimenta el agua de la provincia de Chiclayo estaría en los límites máximos de contaminación por coliformes, además de otros químicos presentes, inconcebibles en zonas que abastecen de agua potable a tanta población, y donde el índice de cáncer habría aumentado en una proporción altamente indignante. No me corresponde afirmar la causa médica de su enfermedad, pero sí preguntar si el Estado está estudiando estas alertas. El caso del papa León es relevante, pero como ese hay muchos: colas desde la madrugada en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas y muy escasos centros especializados fuera de Lima. ¿Y los recursos, y el presupuesto para los verdaderos problemas del Perú? ¿Cómo está abordando estos casos el Ejecutivo? Creo que ningún Peruano se indignaría si observaría a un ejecutivo defender reformas que eviten el aumento del Cáncer por causas ambientales en nuestro país.  No me gusta usar esta palabra, pero los que vimos la escena en la Comisión de Constitución podemos confirmar que eso no es política. Así no se hace política, y la politiquería no debe ser parte central de la agenda nacional. Hay problemas y dolores más profundos, que nos tocan el corazón, y que debemos abordar juntos como peruanos.

No soy el dalái lama de la moral; solo una ciudadana que le pide a su gobierno que integre la inteligencia emocional como primer punto de su agenda de capacitación en los tres poderes del Estado, para que empecemos a llegar a consensos sin presenciar actos vergonzosos que solo son propios de comedias de mal gusto, vayan a terapia funcionarios públicos, vayamos todos a terapia, una ciudadanía que da tiempo a su salud mental es una ciudadanía con inteligencia emocional, mientras tanto sembremos estos ítems en nuestras niñeces y juventudes para empezar ver un país un poquito más sano que es lo que necesitamos, por lo menos para nuestro corazón que late sangre del color de nuestra bandera con orgullo de haber naciedo en esta hermosa tierra del sol, que no se nos olvide que ser Peruano es ser digno y esa es nuestra insignia.

Gracias por leerme.

(*) Abogada constitucionalista

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