Jane Goodall, cuyo trabajo transformó nuestra comprensión sobre la vida emocional de los animales, murió el pasado fin de semana a los 91 años. Goodall dedicó más de 60 años al estudio de los chimpancés en África y se convirtió en una de las científicas más reconocidas del mundo. Pero su verdadero legado va más allá de sus descubrimientos: demostró que cada animal es un individuo único con personalidad propia y capacidad para experimentar emociones complejas. En 1960, una joven secretaria británica de 26 años sin formación universitaria llegó al Parque Nacional Gombe Stream en Tanzania. Jane Goodall había sido invitada por el paleoantropólogo Louis Leakey para estudiar a los chimpancés salvajes, algo que nadie había hecho antes con tal profundidad. Lo que comenzó como una investigación de seis meses se convirtió en el estudio de campo más largo jamás realizado sobre animales en libertad. Pero desde el principio, Goodall hizo algo que escandalizó a la comunidad científica: les puso nombres a los chimpancés.
Mientras otros investigadores asignaban números a sus sujetos de estudio, ella llamó David Greybeard al primer chimpancé que se acercó a ella, Flo a la matriarca del grupo, Frodo a su hijo travieso. Sus profesores en Cambridge le advirtieron que estaba cometiendo un error metodológico grave. «Me dijeron que debía numerarlos, que darles nombres no era científico», recordaría años después. Para Goodall, los nombres no eran un capricho sentimental sino un reconocimiento de una realidad evidente: cada chimpancé era diferente. David Greybeardera tranquilo y curioso, el primero en confiar en los humanos. Flo era una madre excepcional, paciente y cariñosa. Frodo era agresivo y dominante. Passionmostraba comportamientos perturbadores, incluyendo infanticidio. «No estaba estudiando especímenes intercambiables de Pan troglodytes», explicó en una de sus conferencias. «Estaba conociendo individuos con personalidades únicas, preferencias distintas, historias propias». Este enfoque, hoy considerado pionero, le permitió documentar algo que la ciencia de la época negaba rotundamente: los animales tienen una vida emocional compleja. Jane Goodall cambió fundamentalmente la forma en que la ciencia estudia el comportamiento animal. Hoy es práctica estándar reconocer las personalidades individuales de los animales en estudios de campo. La etología moderna acepta sin discusión que muchas especies experimentan emociones complejas. Pero quizás su aporte más importante no fue científico sino ético. Nos obligó a mirar a los ojos de un animal y reconocer que hay alguien ahí, un individuo con su propia experiencia del mundo, capaz de sufrir y de alegrarse. «Cada día que pasé en Gombe aprendí algo nuevo», escribió en uno de sus libros. «Pero lo más importante que aprendí es esto: cada animal importa. Cada vida individual tiene valor. Y una vez que entiendes eso, ya no puedes mirar al mundo de la misma manera».
Jane Goodall nos dejó, pero su pregunta permanece: ahora que sabemos que sienten, ¿qué vamos a hacer al respecto? . Gracias por leerme.
(*) Abogada Constitucionalista




