“El hombre ha nacido libre, y sin embargo, en todas partes se encuentra encadenado.” Jean-Jacques Rousseau, El contrato social (1762)
“Nacido ciudadano de un Estado libre”: la frase evoca el núcleo del pensamiento rousseauniano, esa utopía moral y política donde el ser humano deja de ser súbdito para convertirse en artífice de su propio destino. Rousseau soñó con una comunidad en la que cada individuo, al obedecer la ley, obedece únicamente a su propia voluntad, porque esa ley es producto de todos. La libertad, para él, no era una licencia individual sino una obediencia a uno mismo como parte del todo. En el siglo XVIII, esta idea representó una revolución. Frente a la lógica del absolutismo —que concebía al pueblo como masa gobernada—, Rousseau afirmó que la soberanía no pertenece al rey, sino al conjunto de los ciudadanos. “Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la dirección suprema de la voluntad general”, escribe en El contrato social. Nacer ciudadano, en ese marco, era más que un estatus jurídico: era nacer con dignidad política.
El pensamiento rousseauniano fue un punto de quiebre entre dos tradiciones. De un lado, Thomas Hobbes, para quien el Estado debía imponerse como un Leviatán que garantice la paz a cambio de obediencia. Del otro, John Locke, que imaginó un pacto donde el individuo cede poder solo para proteger su propiedad y derechos naturales. Rousseau, en cambio, dio un salto moral: el contrato no se basa en el miedo ni en la propiedad, sino en la igualdad moral de todos los miembros. En su mirada, el ciudadano no es un consumidor de beneficios estatales, sino un participante activo en la creación del orden político. No hay libertad sin comunidad, ni comunidad sin virtud cívica. Más de dos siglos después, esa promesa parece extraviada. Vivimos en lo que podríamos llamar una era de libertades formales y servidumbres reales. Votamos, opinamos, publicamos; y sin embargo, rara vez decidimos. Nacemos ciudadanos, pero nos convertimos en espectadores de un sistema que opera por inercia, controlado por élites económicas, medios de manipulación y una maquinaria de indiferencia colectiva. Rousseau comprendió que el contrato social solo se sostiene si existe una voluntad general viva, es decir, un compromiso ético que prioriza el bien común sobre los intereses particulares. Cuando ese equilibrio se rompe, el Estado libre se corrompe desde dentro. Lo vemos hoy en las democracias debilitadas, donde la corrupción política, la desigualdad estructural y la apatía ciudadana fragmentan el tejido colectivo. La libertad política, en consecuencia, se convierte en un ritual sin alma. Hannah Arendt lo llamaría la pérdida del mundo común: ese espacio donde los humanos actúan y deliberan juntos. El ciudadano, aislado y desencantado, se transforma en un ser solitario que ya no cree en la política, pero tampoco encuentra sentido fuera de ella. Quizás la gran tarea del siglo XXI no sea conquistar nuevas libertades, sino reaprender su sentido: comprender que sin empatía, sin conciencia colectiva y sin voluntad política, toda libertad degenera en privilegio. Rousseau soñó con un pueblo que, al mirarse entre sí, reconociera su igualdad esencial. Quizás su sueño aún nos espera, latente, en la promesa de un futuro donde la política vuelva a ser sinónimo de humanidad compartida. Gracias por leerme.
(*) Abogada Constitucionalista




