10 de octubre de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Ross Barrantes / La serpiente no tiene la culpa

ROSS BARRANTES

La serpiente tiene mala fama desde el Génesis. Le hemos cargado la caída del paraíso, la traición y el veneno. Decimos “es una víbora” de la vecina que chismea y “criaste cuervos” del hijo ingrato. Pero hay una injusticia en todo esto: la serpiente nunca nos engañó. Desde el primer día supimos lo que era. Muerde porque es serpiente, y no hay en ella ni hipocresía ni traición. Lo que de verdad debería asustarnos es la persona que durante años parece paloma y un día, sin aviso, nos clava los colmillos. Todos conocemos a alguien así. El compañero amable que firmó contra nosotros. La amiga generosa que repartió nuestros secretos como caramelos en una fiesta. El jefe que sonreía en las reuniones mientras preparaba el despido. Y la pregunta que nos persigue después no es solo ¿por qué lo hizo?, sino ¿cómo no me di cuenta? Como diría cualquier tía limeña con la taza de café en la mano: ¿y tú qué creías, hijita, que era una santa?

Aristóteles nos dejó una pista hace veinticuatro siglos. En la Ética a Nicómaco explica que el carácter no viene dado, sino que se forma: llegamos a ser justos haciendo actos justos, y llegamos a ser lo contrario repitiendo lo contrario. Nadie amanece cruel. La crueldad se entrena como un músculo, con pequeñas mentiras que nadie castiga, con humillaciones que alguien celebra, con ventajas que se toman “solo esta vez”. La serpiente nace serpiente. El ser humano cruel se va haciendo, “de a poquitos cuñao”

Hannah Arendt fue todavía más inquietante. Cuando cubrió el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, esperaba encontrar a un monstruo y encontró a un burócrata gris, obediente y casi aburrido. De esa experiencia nació su idea de la banalidad del mal. El mal más devastador no exige odio profundo ni genio perverso. Le basta con que alguien deje de pensar, de ponerse en el lugar del otro y de preguntarse si lo que hace está bien. El cruel muchas veces no se cree malo. Se cree práctico, vivo, pendejo, como diríamos en el Perú con esa mezcla de reproche y admiración que tanto daño nos ha hecho. Ahí está el nudo. En nuestra cultura de la criollada premiamos al que “se sabe mover” y nos burlamos del “lorna” que cumple las reglas. Vargas Llosa retrató ese país en sus novelas, con sus Zavalitas preguntándose en qué momento todo se torció. La respuesta incómoda es que no hubo un momento único. Hubo miles de pequeñas complicidades: las nuestras, las de quienes miramos y callamos. Por eso no deberíamos temerle tanto a la serpiente. Ella avisa: tiene colores, cascabel, silbido. La persona cruel no avisa, porque la dejamos crecer entre aplausos. Quizás la verdadera lección no sea aprender a detectar víboras, sino algo más difícil: pensar, como pedía Arendt, y elegir todos los días, como enseñaba Aristóteles, qué clase de persona estamos practicando ser.

Porque al final la serpiente solo cambia de piel. Nosotros, en cambio, podemos cambiar de alma, para bien o para mal. Gracias por leerme

(*) ABOGADA CONSTITUCIONALISTA

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