3 de abril de 2026

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Por: Ross Barrantes / Las que sostienen el mundo

ROSS BARRANTES

Sobre las mujeres que construyeron civilización sin que nadie escribiera su nombre en los mármoles

 

Hay una filosofía que no se enseña en las aulas: la de las mujeres que eligieron quedarse cuando el mundo se les derrumbó. No por resignación —esa categoría fácil con la que la historia ha despachado demasiadas vidas femeninas— sino por una forma de coraje que no tiene nombre en los grandes tratados, pero que es, acaso, la sustancia más real de lo que llamamos civilización. Hoy, en este 8 de marzo, quiero hablar de ellas. De las que se levantaron solas. De las que convirtieron el duelo en proyecto de vida. De las que enseñaron a sus hijos que el amor no es dependencia sino arquitectura: algo que se construye, ladrillo a ladrillo, con las propias manos.

Hay madres que heredan a sus hijas joyas, tierras o apellidos. Las hay, también —las más visionarias, las más valientes— que heredan algo infinitamente más difícil de transmitir y más difícil de arrebatar: la convicción de que una mujer vale por sí misma. No en relación a un hombre. No en función de su utilidad doméstica. No condicionada por el miedo. La madre que mira a su hija a los ojos y le dice “sé independiente” está rompiendo, con esa sola frase, siglos de silenciamiento patriarcal. Está reescribiendo el contrato social desde el cuarto de una casa sin lujos, con la autoridad moral que solo da el ejemplo vivido. La filósofa Simone de Beauvoir afirmó que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Pero yo añadiría: tampoco se llega sola. Se llega acompañada por otras mujeres que tuvieron el coraje de mostrarnos el camino. Las madres que enseñan independencia a sus hijas no están negando la ternura ni traicionando la feminidad; están ampliándola. Están diciendo que una mujer puede ser suave y firme, cariñosa y autónoma, vulnerable y poderosa, todo al mismo tiempo. Esa complejidad es la verdad más radical sobre lo femenino: que no cabe en un estereotipo.  El 8 de marzo no es una celebración. O no debería serlo, al menos no únicamente. Es un día de memoria y de deuda. La deuda que tienen los Estados con las mujeres a quienes nunca protegieron lo suficiente. La deuda que tiene la historia con las que construyeron sin que nadie escribiera su nombre en los mármoles. La deuda que tiene la filosofía con el pensamiento del cuidado, esa ética que Carol Gilligan y Nel Noddings rescataron de la invisibilidad y que sigue siendo, en buena medida, practicada por mujeres en silencio cotidiano.

Pero también es un día de reconocimiento. De mirar a esas mujeres —las madres solas, las viudas trabajadoras, las abuelas que son columna vertebral de familias enteras— y decirles que las vemos. Que su trabajo importa. Que su historia es parte de la historia grande. Que cuando criaron hijos con valores, cuando les enseñaron a sus hijas que podían ser libres, cuando se negaron a dejarse vencer por la adversidad, estaban haciendo exactamente lo que los grandes filósofos llaman praxis: acción que transforma el mundo. Las mujeres no estamos en los márgenes de la historia. Somos su sustrato más profundo. Somos el suelo fértil sobre el que creció todo lo demás. Y ha llegado el momento —ya llegó, en realidad, hace mucho— de que esa verdad deje de ser invisible.

Quiero homenajear este día y dedicárselo a mi madre, Nora Serrano Malca viuda de Barrantes, que quedó viuda con cinco hijos y nos hizo a todos profesionales. Que siempre nos dijo que fuéramos independientes y compasivos con nuestro prójimo. Que es hoy la mejor abuela, la mejor amiga, el mejor ejemplo.

Gracias por enseñarnos que el valor no grita: simplemente persiste.

(*) Abogada Constitucionalista

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