En los últimos días, los titulares periodísticos han querido pintar un escenario de tensión entre Perú y Colombia por la isla Santa Rosa, ubicada en la triple frontera amazónica. Sin embargo, es fundamental aclarar que no existe conflicto alguno entre ambas naciones hermanas.
Lo que presenciamos es un desacuerdo diplomático puntual sobre la administración de un territorio insular que emergió del río Amazonas después de 1970, mucho después de los tratados fronterizos de 1922 y 1934.
Como bien señalaba Aristóteles en su Ética a Nicómaco, la prudencia (phronesis) es la virtud práctica por excelencia que debe guiar las decisiones políticas.
Esta prudencia aristotélica nos recuerda que la deliberación sobre asuntos públicos debe estar orientada hacia el bien común, no hacia la confrontación.
En este sentido, tanto Perú como Colombia han demostrado históricamente que sus diferencias se resuelven en la mesa de diálogo, no en campos de batalla.
La situación actual se origina en un fenómeno natural: la formación de nuevas islas en el río Amazonas debido a procesos geomorfológicos por el comportamiento dinámico de los ríos de llanura.
La isla Santa Rosa emergió en 1970, décadas después de que ambos países definieran sus fronteras mediante el Tratado Salomón-Lozano (1922) y el Protocolo de Río de Janeiro (1934).
Lo que realmente está en juego no es la soberanía nacional en términos bélicos, sino una cuestión administrativa sobre territorios que surgieron posteriormente a los acuerdos fronterizos.
El premier peruano Gustavo Adrianzén enfatizó que «Perú es un país que sabe dialogar con vocación de paz», mientras reafirmaba que no existe ningún diferendo limítrofe con Colombia. Esta posición refleja la madurez diplomática de ambas naciones, que comprenden que sus destinos están entrelazados en la construcción de una Latinoamérica próspera y unida. Hannah Arendt, en su obra «La Condición Humana», nos enseñó que el espacio político es fundamentalmente un espacio de aparición donde los seres humanos actúan y hablan juntos. La filósofa alemana advertía sobre cómo la violencia destruye el poder genuino, que surge de la acción concertada entre personas.
En el contexto actual, convertir una diferencia administrativa en un conflicto armado sería precisamente esa banalización de la política que Arendt tanto criticaba. Arendt nos recordaría que el verdadero poder político no reside en la dominación territorial, sino en la capacidad de actuar conjuntamente. Perú y Colombia tienen ante sí la oportunidad de demostrar que el poder de la diplomacia latinoamericana es superior a cualquier tentación conflictiva.
Mientras algunos medios buscan crear una narrativa de confrontación, quiero recordar con ustedes cuales son las verdaderas batallas que debemos librar como región. La Guerra contra la Pobreza es nuestro primer frente: según datos del CEPAL, más de 180 millones de latinoamericanos viven en situación de pobreza. La Batalla contra el Cambio Climático representa nuestro segundo desafío: la Amazonía, precisamente donde se ubica la isla en cuestión, es el pulmón del mundo. En lugar de disputar soberanías sobre islas fluviales, deberíamos estar coordinando esfuerzos binacionales y regionales para proteger este patrimonio de la humanidad.
El cambio climático no reconoce fronteras, y su combate requiere cooperación, no confrontación. La Lucha contra la Desigualdad constituye nuestro tercer enemigo común: Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del planeta. Aristóteles distinguía entre la ética (el carácter individual) y la política (el bien común). En este caso, la ética política nos exige priorizar el bienestar de los habitantes de la zona fronteriza por encima de cualquier disputa.
Hannah Arendt también nos advertía sobre el peligro de la mentira en política y cómo la fabricación de realidades puede sustituir a la verdad factual. En este contexto, es fundamental que los medios de comunicación no conviertan una diferencia diplomática en una narrativa de guerra. La responsabilidad ética de los comunicadores es informar con precisión.
La isla Santa Rosa, más que un punto de discordia, debe convertirse en símbolo de nuestra capacidad para resolver diferencias civilizadamente. Que los recursos, la energía y la atención que algunos quisieran destinar a conflictos artificiales se dirijan hacia las verdaderas batallas: contra el hambre que afecta a millones de niños latinoamericanos, contra la ignorancia que limita las oportunidades de nuestros jóvenes, contra la destrucción ambiental que amenaza nuestro futuro común. Gracias por leerme.
(*) Abogada Constitucionalista




