7 de febrero de 2026

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Lima: Cargando...

Por Ross Barrantes / Succession a la peruana

ROSS BARRANTES

Esta Semana, he visto en la práctica lo que pasaba en unas de mis series favoritas de HBO MAX, Succession, bueno para los que no han visto esta serie, la familia Roy manipula conglomerados mediáticos, negocia elecciones presidenciales desde yates de lujo y convierte la democracia en un juego de póker.

Por si no se han dado cuenta lectores, ya estamos en campaña electoral para buscar quien ocupara el sillón de Pizarro, pero en nuestro país no necesitamos ficción: una realidad surrealista, tenemos más de 40 partidos políticos compitiendo por la presidencia y un escándalo de franja electoral que hace que los Roy parezcan aficionados.

Según acusaciones en todos los medios de prensa, Miguel del Castillo, fundador de Primero la Gente, direccionó 464 mil soles —casi el 30% del presupuesto público de su partido— hacia Nativa TV, canal del que era propietario hasta hace poco.

Carlos Álvarez, candidato presidencial de País para Todos, amenaza con renunciar tras descubrirse que su partido destinó 642 mil soles al mismo medio. En total, seis partidos canalizaron 2.4 millones de soles a Nativa Televisión, convirtiendo la franja electoral —ese mecanismo diseñado para democratizar el acceso a medios— en una caja registradora privada. Aquí está el verdadero truco de los Roy peruanos: no es necesario ocultar la corrupción cuando puedes ahogar al ciudadano en un océano de escándalos. Cada día emerge una nueva denuncia, cada semana una investigación fiscal, cada mes una renuncia o una acusación.

El Fiscal de la Nación, Tomás Gálvez, ya inició investigación preliminar por presunto peculado, pero para cuando esta investigación arroje resultados, ya habremos votado. Las instituciones investigan, sí, pero siempre tarde, siempre un paso atrás del calendario electoral. Con más de 40 partidos en la cédula electoral —las elecciones «más complejas de la historia» según la ONPE— el ciudadano peruano se enfrenta a una paradoja kafkiana: demasiada oferta política equivale a ninguna opción real. Es como poner a un cliente hambriento frente a un menú de 200 platillos, todos preparados con ingredientes podridos. La abundancia de opciones no produce claridad; produce parálisis, no es crítica esta científicamente comprobado.

Lo vemos. Lo denunciamos en redes sociales. Y sin embargo, la maquinaria sigue avanzando. Porque ese es precisamente el diseño: que sepamos, que nos indignemos, que nos cansemos. La fatiga democrática no es un efecto colateral; es el objetivo. Algo que me he dado cuenta que en época electoral, las instituciones peruanas funcionan como médicos forenses: llegan cuando el paciente ya está muerto para certificar la causa de muerte.

La ONPE supervisa facturas, el JNE valida inscripciones, la Fiscalía abre carpetas preliminares. Todo dentro del marco legal, todo siguiendo el debido proceso. Todo inútil para detener la hemorragia en tiempo real. El verdadero drama no es que los políticos sean corruptos. Eso ya lo sabíamos. El drama es que el caos se ha normalizado tanto que hemos perdido la capacidad de jerarquizar la gravedad.

Un escándalo de 2.4 millones de soles en plena campaña debería ser terremoto político. En cambio, es apenas un temblor más en un país acostumbrado a vivir sobre fallas sísmicas. El ciudadano peruano de 2026 está saturado, agotado, escéptico. Y en ese agotamiento reside el triunfo de esta estrategia antidemocrática. Porque cuando todo es escandaloso, nada lo es.

Cuando todos son culpables, nadie lo es. Cuando el sistema entero apesta, votar se convierte en elegir entre distintos matices de podredumbre. En el Perú de las 40 opciones políticas y los 2.4 millones de soles mal habidos, el final parece escrito: ganarán quienes mejor sepan surfear el caos que ellos mismos generaron.

La pregunta es si los 27 millones de peruanos que iremos a las urnas el 12 de abril seremos capaces de romper el guion. O si, como los espectadores de una serie de televisión, nos limitaremos a ver el siguiente capítulo del desastre, incapaces ya de distinguir entre la ficción y nuestra propia realidad. Gracias por leerme.

(*) Abogada Constitucionalista

 

 

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