Hace más de medio siglo, Augusto Salazar Bondy se atrevió a formular una pregunta que aún hoy nos incomoda profundamente: ¿existe realmente una filosofía latinoamericana o solo estamos reproduciendo, de manera más o menos competente, el pensamiento que viene de Europa? Esa provocación no era ingenua ni buscaba simplemente halagarnos. Salazar Bondy no ofrecía respuestas tranquilizantes. Lo que ofrecía era un espejo incómodo ante el cual debíamos reconocer una verdad que preferíamos ocultar.
La tesis de Salazar Bondy, desarrollada principalmente en «¿Existe una filosofía de nuestra América?» (1968), era contundente y casi despiadada: América Latina vive en una condición irremediable de «dependencia cultural». Nuestros filósofos, abogados, economistas y teóricos están condenados a ser intérpretes de segundo orden, no creadores. Imitamos categorías, conceptos, metodologías. Tomamos lo que otros pensaron para contextos radicalmente distintos—la Ilustración francesa, el marxismo alemán, la fenomenología europea—y lo aplicamos aquí como si fuera universal, como si la validez de una idea trascendiera las condiciones históricas y materiales en que fue concebida.
El diagnóstico era brutal: no tenemos filosofía original porque no tenemos las condiciones materiales y políticas que permitan originalidad. Este argumento conectaba con un análisis más amplio que Salazar Bondy compartía con otros intelectuales de su época. La dependencia no era solo económica o política. Era ontológica. Era mental. Si América Latina está dominada, explotada, marginalizada en el sistema mundial, esa posición de subalternidad se reproduce en el orden del conocimiento.
Nuestros intelectuales no pueden pensar desde la libertad, desde la autosuficiencia, desde el poder. Pensamos desde la necesidad, desde la urgencia, desde la posición de quien debe adaptarse a conceptos forjados en otro lugar, para otras gentes, en otras épocas. ¿Por qué aceptamos que la originalidad debe medirse con el mismo metro europeo? ¿Por qué insistimos en que ser «original» es lo mismo que ser «fundador», crear un sistema nuevo ex nihilo, inventar un concepto que cambie para siempre la historia del pensamiento? ¿Por qué reproducimos, incluso en nuestra crítica a la dependencia, los mismos criterios de validez intelectual que nos han subordinado?
Cuando Salazar Bondy escribía, la academia seguía funcionando bajo ciertos supuestos sobre cómo debería ser el «verdadero» pensamiento. Debería ser sistemático, universal, anterior a la política, desinteresado. Debería elevarse por encima de las circunstancias locales. En esa lógica, cualquier pensamiento que surgiera de la necesidad, de la periferia, de la urgencia de resolver problemas específicos, quedaba automáticamente descalificado como «aplicación» o «adaptación», nunca como creación. Aquí está el giro que propongo: el pensamiento latinoamericano no crea desde la nada. Nunca lo ha hecho. Pero tampoco simplemente reproduce. Interpela. Toma el pensamiento ajeno—europeo, norteamericano, de donde sea—y lo retuerza hasta que diga lo que nuestras realidades necesitan que diga. Lo quiebra, lo reinterpreta, lo pone en diálogo con saberes que la tradición académica había considerado «no-filosóficos” Quizás sea hora de dejar ir el fantasma de la originalidad y abrazar, en cambio, el rigor de la pertinencia.
Gracias por leerme
(*) Abogada Constitucionalista




