La impresionante Mezquita Hassan II, un abrazo entre el mar, el cielo y las tres religiones
Por: Ricardo Sánchez Serra
“Quise que esta mezquita se construyera sobre el agua, porque el trono de Dios está sobre el agua… para que quienes vengan aquí puedan elevar su espíritu entre el cielo y el mar,” indicó el entonces Rey Hassan II.
Casablanca, la ciudad más grande de Marruecos, es un lugar vibrante donde viven más de 4 millones de personas y donde la modernidad y la tradición se cruzan en cada esquina. Entre sus cientos de mezquitas, hay una que no solo domina el horizonte, sino que se ha convertido en un símbolo del país: la Mezquita Hassan II.
Llegué como turista, sin conocimientos técnicos de arquitectura, pero con la curiosidad de quien sabe que está a punto de ver algo único. Desde lejos, su silueta junto al Atlántico ya impresiona. El rey Hassan II quiso dejar a su pueblo una obra para la posteridad -como hicieron otros monarcas marroquíes con monumentos que aún se admiran, como la Kutubía en Marrakech, la Torre Hassan en Rabat o la Karaouiyine en Fez- y eligió construirla en parte sobre el mar, inspirado en un versículo del Corán que dice que “el trono de Dios está sobre el agua”.
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Expertos señalan que es “hermana” en espíritu de la Mezquita Sheikh Zayed en Abu Dabi, por su monumentalidad y apertura a visitantes no musulmanes, o de la Mezquita Nacional de Hassan en Rabat, pero ninguna combina su emplazamiento sobre el mar, su minarete récord y su techo retráctil.
La mezquita es majestuosa. Su minarete -la torre desde la que se llama a la oración- es el más alto del mundo, con 200 metros, y de noche proyecta un rayo láser que apunta hacia La Meca. La sala de oración puede acoger a 25 000 fieles, y la explanada exterior, a 80 000 más. El techo de cedro puede abrirse en pocos minutos para dejar entrar la luz y el aire del océano, creando la sensación de rezar bajo el cielo abierto, un gesto simbólico que conecta la fe con la naturaleza. Justo en el momento que estuve se abrió y pensé: “entra Dios”. Fue emocionante.
Por dentro, cada rincón es una obra de arte: la Mezquita Hassan II deslumbra por la labor de más de 10 000 artesanos que trabajaron mosaicos, mármoles, maderas talladas y estuco, una mezcla de cal, arena y agua que aquí se esculpe a mano con figuras geométricas y caligrafía árabe, como encaje en piedra. Entre sus espacios destacan la madrasa, escuela donde se enseña el Corán y otras materias; el hammam, baño tradicional marroquí; y la sala de abluciones, con 41 fuentes de mármol para el lavado ritual de manos, cara, brazos y pies antes de la oración, como símbolo de purificación física y espiritual.
Pero hay algo más profundo que se revela en su arquitectura: la Mezquita Hassan II es también un homenaje a la convivencia interreligiosa. En lo alto del minarete, tres esferas doradas representan las tres religiones monoteístas presentes en Marruecos: el islam, el cristianismo y el judaísmo. Este gesto simbólico reconoce la diversidad espiritual del país y la contribución histórica de cada fe.
El plano arquitectónico se inspira en el diseño basilical -más propio de catedrales cristianas que de mezquitas tradicionales marroquíes- y su altura interior coincide con la de la antigua Sacré Cœur Cathedral de Casablanca. Además, la tribuna elevada para mujeres evoca la disposición típica de las sinagogas del norte de África, donde las mujeres rezan desde balcones superiores. Este detalle, poco habitual en mezquitas, es un guiño claro al patrimonio arquitectónico judío marroquí.
Iniciada en 1986 e inaugurada en 1993, la obra se levanta parcialmente sobre el Atlántico y combina tradición y modernidad con un minarete que proyecta un láser hacia La Meca, techo retráctil, suelo radiante, sistema antisísmico, puertas hidráulicas y ascensor panorámico. Abierta a visitas guiadas para no musulmanes, luce lámparas de cristal de Murano de gran tamaño y su construcción superó los 500 millones de euros, financiados por donaciones y fondos estatales.
Casablanca tiene muchas mezquitas, pero ninguna como esta. En el mundo islámico hay templos monumentales, pero la Hassan II es única por su ubicación sobre el mar, su minarete récord y su gesto de apertura espiritual. Al recorrerla, vi turistas y fieles compartiendo el mismo espacio con respeto. Sentí que no era solo un monumento, sino un lugar vivo, un símbolo de fe, de orgullo nacional y de diálogo entre creencias. Un recordatorio de que la belleza puede unir a las personas más allá de sus diferencias.
Por ello, es preciso recordar lo señalado en un poema anónimo de tradición islámica: “Quien construye una casa para Dios en la tierra, Dios le construye una casa en el paraíso.”
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”




