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    Acoso en el Perú, la de nunca acabar

    Por Juan Sotomayor
    Las noticias de estos días traen nuevamente al debate público el tema del acoso sexual contra las mujeres en el Perú. Siendo una tara de la que nos cuesta muchísimo desprendernos, son mínimos los avances logrados hasta el momento.

    Suena alentador ver que cuando una persona es puesta en evidencia con conductas agresoras de acoso, inmediatamente es linchada, física o virtualmente, por quienes toman conocimiento del tema. Eso está muy bien y revela que cuando una mujer siente que es acosada, la mejor decisión que puede adoptar es denunciarlo públicamente.

    Pero hay algo que no encaja: Si la tendencia en la reacción de la sociedad en su conjunto ante actos de acoso es tan favorable a la víctima, ¿cómo se explica que según estadísticas de la Defensoría del Pueblo, el 93% de las mujeres admite haber sido acosada sexualmente? ¿cómo se explica que la gran mayoría de denuncias policiales, no son atendidas ni tramitadas debidamente?

    Ocurre que además del acoso, un tremendo problema igual de grave es la doble moral que impera en nuestra sociedad. Cuando se trata de alguien lejano, el acoso es un pecado abominable; cuando lo comete alguien cercano, se trata sólo de galantería o coquetería, incluso se justifica alegando que la victima ha provocado a su victimario, con vestimenta o gestos sugerentes.

    Algunos medios de comunicación masiva contribuyen a la consolidación de esta cultura acosadora y sustancialmente machista. Desde los programas reallity en donde la competencia cede a los escándalos e insultos entre parejas que se forman entre bambalinas, pasando por las portadas de algunos diarios y revistas que presentan imágenes de mujeres semi desnudas, o los programas magazín que apelan al doble sentido para hacerse más llamativos.

    El problema es transversal a toda la sociedad. No debe ser afrontado solo con represión, sino sobre todo con una permanente política de estado y campaña cultural en la que el pleno respeto a la persona humana sea el principal valor a seguir. En una sociedad consumista y violenta como la actual, las personas suelen ser tratadas como instrumentos para satisfacer necesidades, entre ellas las de carácter sexual, perspectiva que debemos revertir antes que sea demasiado tarde. Hay mucho trabajo por realizar en este aspecto.

     

    Por Juan Sotomayor
    Las noticias de estos días traen nuevamente al debate público el tema del acoso sexual contra las mujeres en el Perú. Siendo una tara de la que nos cuesta muchísimo desprendernos, son mínimos los avances logrados hasta el momento.

    Suena alentador ver que cuando una persona es puesta en evidencia con conductas agresoras de acoso, inmediatamente es linchada, física o virtualmente, por quienes toman conocimiento del tema. Eso está muy bien y revela que cuando una mujer siente que es acosada, la mejor decisión que puede adoptar es denunciarlo públicamente.

    Pero hay algo que no encaja: Si la tendencia en la reacción de la sociedad en su conjunto ante actos de acoso es tan favorable a la víctima, ¿cómo se explica que según estadísticas de la Defensoría del Pueblo, el 93% de las mujeres admite haber sido acosada sexualmente? ¿cómo se explica que la gran mayoría de denuncias policiales, no son atendidas ni tramitadas debidamente?

    Ocurre que además del acoso, un tremendo problema igual de grave es la doble moral que impera en nuestra sociedad. Cuando se trata de alguien lejano, el acoso es un pecado abominable; cuando lo comete alguien cercano, se trata sólo de galantería o coquetería, incluso se justifica alegando que la victima ha provocado a su victimario, con vestimenta o gestos sugerentes.

    Algunos medios de comunicación masiva contribuyen a la consolidación de esta cultura acosadora y sustancialmente machista. Desde los programas reallity en donde la competencia cede a los escándalos e insultos entre parejas que se forman entre bambalinas, pasando por las portadas de algunos diarios y revistas que presentan imágenes de mujeres semi desnudas, o los programas magazín que apelan al doble sentido para hacerse más llamativos.

    El problema es transversal a toda la sociedad. No debe ser afrontado solo con represión, sino sobre todo con una permanente política de estado y campaña cultural en la que el pleno respeto a la persona humana sea el principal valor a seguir. En una sociedad consumista y violenta como la actual, las personas suelen ser tratadas como instrumentos para satisfacer necesidades, entre ellas las de carácter sexual, perspectiva que debemos revertir antes que sea demasiado tarde. Hay mucho trabajo por realizar en este aspecto.

     

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