Humala se jactó de ataque criminal y ahora quiere llegar al gobierno de la mano de Roberto Sánchez.
Antauro fue capturado por la Policía en un movimiento táctico en medio de negociaciones
VALERIA PONCE
Empezaba el segundo día del año 2005. Andahuaylas amaneció fría, silenciosa y tomada. Antauro Humala ordenó emboscar a las patrullas del Escuadrón Verde que resguardaban el puente Colonial Anccoyllo, sobre el río Chumbao, causando el asesinato de cuatro policías.
La noche del 1 de enero, el gobierno ya había ordenado el refuerzo del perímetro alrededor de la comisaría tomada en Andahuaylas.
Una patrulla de avanzada del Escuadrón Verde, especializado en intervenciones tácticas, recibió la misión de realizar un reconocimiento del área, establecer un cordón de seguridad y evaluar las posiciones defensivas de los rebeldes.
Lo que nadie en ese momento podía saber es que ya había francotiradores esperándolos. Los etnocaceristas, con su entrenamiento militar, habían tomado posiciones elevadas y estratégicas mucho antes del amanecer, los techos de edificios cercanos, los alrededores y especialmente vigilar desde el cerro Huayhuaca, que domina toda la ciudad de Andahuaylas desde las alturas. Desde esas posiciones privilegiadas, armados con fusiles de guerra, esperaron.
El domingo 2 de enero, alrededor de las 5 a.m., los policías avanzaban a pie por las calles estrechas y los descampados abiertos. No había cobertura suficiente. Portaban armamento ligero y chalecos antibalas que no estaban diseñados para resistir el impacto directo de proyectiles de guerra de fusil FAL. Eran hombres vulnerables en terreno abierto, frente a hombres armados y establecidos en las alturas.
Los rebeldes abrieron fuego desde múltiples ángulos con ráfagas y fusilería nutrida. Los cuatro efectivos cayeron gravemente heridos. Y entonces ocurrió lo más abyecto: el fuego continuo de los etnocaceristas impidió que las ambulancias y los compañeros sobrevivientes pudieran acercarse. Los policías quedaron tendidos en el suelo, durante varios minutos, desangrándose, mientras los disparos no cesaban.
Cuatro policías compatriotas asesinados: el capitán Carlos Cahuana Pacheco, el teniente Luis Chávez Chinguel, y los técnicos Ricardo Rivera Fernández y Abelardo Cerrón Carbajal. Cuatro hombres que esa mañana cumplían su deber y que fueron asesinados desde lo alto, tal como determinarían años después las pruebas de peritaje y criminalística.
Por la mañana, mientras Humala recorría las calles céntricas a bordo de los patrulleros que había robado a la Policía Nacional, con megáfono en mano, arengando a una «marcha sobre Lima» que nunca nadie convocó democráticamente, la ciudad estaba paralizada. Los comercios habían cerrado. Los vecinos no salían a la calle. Las familias se encerraron en sus casas. No había vítores ni banderas: había pánico.
En la tarde del mismo día, se produjo la exhibición pública de los 17 policías y militares capturados como rehenes, despojados de sus uniformes y humillados frente a los transeúntes. Esto no generó adhesión popular, generó espanto. Al oscurecer, el terror nocturno se vivió en Andahuyalas, con ráfagas de ametralladora cruzándose en la oscuridad total, ya que el gobierno tuvo que cortar la electricidad de toda la ciudad para reducir la capacidad ofensiva de los rebeldes, esta atemorización no generó más que angustia en una población que jamás pidió ser el escenario de las fantasías militaristas de un resentido violento con uniforme.
El lunes 3 de enero, ante el inminente riesgo de un baño de sangre mayor si las tropas incursionaban por la fuerza, se abrieron canales de diálogo. El gobierno dispuso más de 400 efectivos de la DINOES y tropas del Ejército del Perú desplegando un cerco táctico. Francotiradores del Estado tomaron posiciones en los cerros de Huayrapata y Huayhuaca. El perímetro quedó sellado.
Al finalizar el día, Antauro Humala, sintiendo la presión táctica y el agotamiento de sus tropas, aceptó entablar un diálogo con el entonces director general de la PNP, Félix Murazzo. Acordaron reunirse en un terreno neutral fuera de la comisaría tomada, el local de la Municipalidad de Andahuaylas. Durante esas horas, Antauro llegó a declarar ante algunos medios de comunicación que depondría las armas al día siguiente si negociaba los términos de una tregua. Sin embargo, no hubo negociación política. En un movimiento táctico y sorpresivo, las fuerzas del orden lo interceptaron y detuvieron esa misma noche en el interior de la municipalidad, aproximadamente a las 10:30 p. m del 3 de enero.
Al quedar aislados en la comisaría, desorientados y sin su líder operativo, los reservistas atrincherados perdieron toda capacidad de mando y organización. Para evitar una reacción violenta inmediata de los etnocaceristas que aún permanecían armados, el gobierno de Alejandro Toledo mantuvo la captura en secreto durante unas horas. Fue el entonces presidente del Consejo de Ministros, Carlos Ferrero, quien anunció oficialmente la captura a nivel nacional a la 1:30 a. m. del 4 de enero.
El Andahuaylazo no terminó con una victoria rebelde, termino con el líder detenido, sus seguidores desorientados y sin mando, y una ciudad exhausta contando sus muertos.
Cuatro policías asesinados, decenas de rehenes humillados, y una ciudad paralizada por el miedo.
Lo que vino después sería el largo capítulo judicial, el de las familias que esperan respuestas, y el de los cargos que el Estado peruano construiría pieza por pieza. (Mañana: Capítulo 3)



