Cuando prima lo espiritual ante lo político

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Por: Federico Prieto Celi

Por: Federico Prieto Celi / La insólita ceremonia papal de predicar una homilía en solitario en la plaza de San Pedro el viernes 27 de marzo, sin la presencia multitudinaria de fieles como es lo ordinario, marcó la primacía de lo espiritual sobre lo político, porque millones de personas vieron al obispo de Roma desde sus televisores. La bendición solemne con el Santísimo Sacramento desde la puerta de la basílica, y la bendición urbi en orbe -para la ciudad y para el mundo- que envió Francisco, fue recibida con agradecimiento por la humanidad.

Tenemos cuerpo y alma. El cuerpo tiene una importancia evidente en la existencia de las personas y el matrimonio es garantía de continuidad de la raza humana, lo que requiere de la política para ir hacia el bien común. Pero el espíritu tiene una proyección de eternidad.

Inteligencia, voluntad, afectividad enriquecen el cuerpo con el alma, dan memoria y razonamiento, conciencia y decisión, amistad y amor, de tal manera que la persona humana distingue claramente lo efímero de lo trascendente. La pandemia del coronavirus puede que provoque polémica sobre su naturaleza y el comportamiento que debemos tener ante ella, pero cada muerte nos inspira respeto, como la valentía y la tenacidad del personal sanitario y policial nos inspira gratitud.

Cuando la pandemia termine, volverá la normalidad, pero sí intuimos que entonces todo será distinto: habrá un antes y un después en la vida de cada uno de nosotros. La meditación de estas semanas de obligatoria cuarentena social no habrá sido vana. Seremos más pobres y tendremos que trabajar más para volver a crecer como país, pero habremos aprendido una lección de historia. No todos los días las autoridades ordenan a la ciudadanía, en todo el mundo, que no salgan de sus casas.

Cada pueblo ha reaccionado de acuerdo a su idiosincrasia: unos más cautelosos, otros más radicales, aquellos más tranquilos. No la cantidad de muertos es la misma en una sociedad y en otra: diversas causas lo explicarán un día. China, donde se originó la plaga, reaccionó pronto y detuvo la expansión del virus de manera asombrosa. Los países lejanos como el nuestro la hemos importado después, y las bajas, siempre penosas, son menos que en algunos países europeos y en Estados Unidos.

El mensaje del papa Francisco es religioso: rezar, confiar, poner la fe y la esperanza en el Señor, que es, como escribió el apóstol Juan en una carta, Amor. Dios es Amor. Es algo que no está demás recordar ahora, cuando los estadistas del mundo piensan en cómo acabar con la pandemia, como recuperar el tiempo laboral perdido, como volver al crecimiento y al desarrollo económico y social.

Cuando se vaya el virus del país será la hora del perdón para quienes hayan roto la cuarentena por ignorancia, informalidad, impasibilidad o descuido. Para los que salieron a comprar o ayudar al prójimo y fueron detenidos. Para los que desesperaron de obedecer porque tenían hambre y no tenían qué comer.