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    Drogas, un cáncer social

    Juan Sotomayor

    Las drogas son una diaria amenaza para nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Es un problema que no distingue clases sociales. Hay drogas para todos los bolsillos: desde el terokal que consumen niños abandonados en las calles, hasta las drogas sintéticas que circulan en las más exclusivas discotecas.

    La drogadicción no viene sola. Genera problemas colaterales: violencia en el hogar, abandono de los estudios, delincuencia, prostitución, enfermedades. Decenas de personalidades e ídolos juveniles han fallecido por sobredosis de drogas en las últimas décadas. Miles de familias se han destruido a causa de este flagelo y prácticamente todos conocemos a alguien que ha caído y lucha contra este mal.

    Lo paradójico es que, pese a todos los ejemplos que tenemos sobre cómo puede terminar un adicto, ni la venta ni el consumo de estupefacientes decrece por ningún lado. El riesgo que nuestros hijos caigan en este infierno es cada vez más alto. Lo que empieza como una simple curiosidad o rebeldía, puede terminar como una tragedia que afecta no solo al consumidor sino a todo su entorno.

    El principal problema ante esta situación, es la tolerancia que nuestra sociedad ha desarrollado frente al consumo y comercialización de drogas. La presencia de uno o varios “fumones” en el barrio es una situación cotidiana que hoy casi no preocupa a nadie. Lamentablemente, la indiferencia de la gente “sana” termina convirtiéndose en uno de los principales factores de riesgo para que este cáncer social siga creciendo. Y esto es lo primero que debemos combatir.

    Existen muchos programas gubernamentales y privados que tratan de abordar el problema, pero la falta de articulación entre ellos, hace que los esfuerzos se diluyan. Es cierto que también hay muchos intereses y corrupción en torno a la comercialización de drogas. Pero la primera medida de prevención, qué duda cabe, está en el propio hogar.

    Hoy suena antipático y hasta retrógrado recomendar a los padres que ejerzan control sobre sus hijos, pero no hay otra forma de minimizar riesgos. Control sumado a mucha comunicación en la familia, confianza, autoestima, enseñarles a tomar sus propias decisiones, vencer la presión del grupo y facilitarles el desarrollo de sus aptitudes y virtudes personales. No los descuidemos nunca.

    Leer más:

    La discriminación como tema pendiente

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    Hoy suena antipático y hasta retrógrado recomendar a los padres que ejerzan control sobre sus hijos, pero no hay otra forma de minimizar riesgos. Control sumado a mucha comunicación en la familia, confianza, autoestima, enseñarles a tomar sus propias decisiones, vencer la presión del grupo y facilitarles el desarrollo de sus aptitudes y virtudes personales. No los descuidemos nunca.

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