14 de junio de 2026

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Hungría y Perú unidos en una velada divina en San Felipe Apóstol

Cuando el violín y el órgano hicieron descender a los ángeles

Por Ricardo Sánchez Serra

La noche limeña se transformó en un templo de luz y sonido durante la cuarta edición peruana de la Noche del Órgano, iniciativa mundial impulsada por la Filarmónica de Hungría. En la Parroquia San Felipe Apóstol, el violín de la húngara Fanni Mákszem y el órgano del peruano Christian Hurtado Carrillo ofrecieron un concierto que no fue solo música: fue plegaria, encuentro cultural y revelación espiritual.

El padre Mesías Neyra Huamán dio la bienvenida recordando que el arte y la música son caminos de fe y unidad, agradeciendo a la Virgen María por reunir a la comunidad en torno al órgano, “reina de los instrumentos”.

András Beck, anfitrión de un encuentro donde el arte se volvió plegaria

El embajador de Hungría, Dr. András Beck, elevó aún más la solemnidad al subrayar que el violín es parte esencial de la sensibilidad cultural húngara, un instrumento que vibra tanto en las grandes salas de concierto como en las celebraciones populares, y que junto al órgano -ese gigante que respira con voz de eternidad- simboliza la unión de Europa y América Latina. “El violín es el alma que canta y el órgano es la arquitectura sonora que sostiene; juntos forman un diálogo celestial que trasciende fronteras y lenguas”, expresó con emoción.

Para el embajador, la música de esa noche era un verdadero Pentecostés contemporáneo: voces del barroco europeo, del universo andino y de la creación húngara reunidas en un mismo espacio, como lenguas de fuego que iluminan la diversidad cultural.

Christian Hurtado, maestro que eleva el alma con el órgano

Por su parte, el maestro Christian Hurtado, organista titular de la parroquia, conmovió al público al anunciar la campaña “Apadrina un Tubo” para restaurar el órgano de 1957, próximo a cumplir 70 años. “Este gigante de madera y metal es un patrimonio vivo que necesita nuestras manos para seguir resonando. Cada tubo es una voz, y cada voz merece ser preservada para las próximas generaciones”, dijo con solemnidad. Dedicó la velada a los recordados organistas Leopoldo y Rosita La Rosa, guardianes de la tradición musical de San Felipe, evocando su memoria como parte de la historia espiritual del templo.

El programa: un viaje divino

El repertorio fue un verdadero puente entre continentes y épocas. La velada se abrió con el Preludio “Noche del Órgano” de János Vajda, una obra moderna y mística que desplegó energía clara y atmósferas de recogimiento. Siguió el barroco luminoso de Domenico Zipoli con sus Quattro versi en Do mayor, donde la elegancia tonal del órgano evocó la claridad de las antiguas misiones jesuíticas. La violinista húngara deslumbró con la Chacona en re menor BWV 1004 de J. S. Bach, un desafío técnico convertido en lamento, esperanza y aceptación solemne. Su interpretación confirmó la estatura de una artista con una trayectoria excepcional, premiada en concursos internacionales y concertino de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Franz Liszt de Budapest.

Luego, el propio Christian Hurtado ofreció sus Variaciones sobre Hanacpachap Cussicuinin, primera obra polifónica del Nuevo Mundo, transformada en un viaje desde el pasado colonial hasta el presente, con improvisaciones en vivo que hicieron dialogar al órgano y al violín como dos voces ancestrales. La intensidad continuó con la Sonata en re menor Op. 5 N° 12 “La Folia” de Arcangelo Corelli, donde el virtuosismo y la energía se desplegaron en un crescendo vibrante.

El ágape coronó la velada, transformando la armonía en comunión

Finalmente, el Himno eucarístico Oh Dios Eucaristía de Mons. Pablo Chávez Aguilar, en arreglo de Hurtado, cerró la velada con profunda espiritualidad, como una plegaria musical que elevó a todos los presentes. Cada pieza fue recibida con reverencia, como si las bóvedas del templo se abrieran para dejar descender a Dios y a los ángeles a escuchar. El concierto llenó el espíritu de los asistentes y todo fue maravilloso, una experiencia que trascendió lo musical para convertirse en vivencia sagrada

Cada pieza fue recibida con reverencia, como si las bóvedas del templo se abrieran para dejar descender a Dios y a los ángeles a escuchar.

La violinista Fanni Mákszem, visiblemente emocionada, agradeció al público peruano por la cálida acogida: “Es la primera vez que visito América Latina y sinceramente puedo decir que este país y su gente ya han llegado muy cerca de mi corazón”. Sus palabras fueron un testimonio de gratitud y de la fuerza del arte como puente humano.

El público respondió con ovaciones prolongadas, aplausos de pie y ofrendas florales, en un reconocimiento vibrante a la excelencia de dos artistas que lograron fundir la tradición europea con el fervor latinoamericano en un mismo altar sonoro, donde la música se convirtió en plegaria y celebración.

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