19 de enero de 2026

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Por: Alfonso Miranda Eyzaguirre // Nigeria: genocidio silenciado contra los cristianos

La persecución religiosa contra los cristianos en Nigeria ha alcanzado niveles que deberían estremecer la conciencia del mundo. Lejos de ser hechos aislados, constituye un patrón sistemático de violencia con raíces históricas, religiosas y políticas que han convertido a este país africano en uno de los epicentros más sangrientos de intolerancia religiosa de nuestra era.

El conflicto hunde sus raíces en la rivalidad histórica entre el norte mayoritariamente musulmán y el sur cristiano. Desde la década de 1990, la expansión del extremismo islámico en el Sahel (zona africana de transición entre el desierto del Sahara y las tierras más fértiles del sur) alimentó el surgimiento de grupos armados como Boko Haram (cuyo nombre puede traducirse como “la educación occidental es pecado”) y facciones de pastores fulani radicalizados, que han convertido a las comunidades cristianas en blanco constante de ataques.

Las modalidades de violencia son brutales: aldeas arrasadas, iglesias incendiadas, secuestros masivos —como el aterrador caso de las 279 niñas raptadas y esclavizadas de Chibok en 2014—, asesinatos con machetes, armas automáticas y explosivos.

Según testimonios recogidos en medios internacionales, muchos sobrevivientes relatan cómo los atacantes irrumpen gritando “Allahu Akhbar”. Traducido al castellano, significa “Dios es más grande”, una expresión central en la espiritualidad islámica, utilizada cotidianamente por millones de creyentes en sus oraciones, en momentos de gratitud o de asombro. Sin embargo, los extremistas la han convertido en una proclama criminal al perpetrar ataques contra poblaciones indefensas, especialmente cristianas. Esta manipulación ha provocado que, fuera del mundo islámico, muchos asocien la frase únicamente con terrorismo, cuando en realidad es una alabanza a Dios secuestrada por el fanatismo.

Diversos informes elevan la cifra de cristianos asesinados en Nigeria en las últimas dos décadas a niveles alarmantes. Mientras fuentes oficiales minimizan las estadísticas, organizaciones cristianas y de derechos humanos sostienen que desde el año 2000 más de 200.000 cristianos han sido abatidos.

En julio de 2025, la NPR (National Public Radio, radio pública de Estados Unidos) documentó una masacre en el estado de Plateau, donde decenas de cristianos fueron aniquilados y enterrados en fosas comunes tras ataques coordinados de hombres armados. Por su parte, la revista Catholic World Report alertó que la magnitud de la persecución es “incomprensible” y constituye uno de los genocidios más graves y menos reconocidos de nuestro tiempo.

El gobierno nigeriano, encabezado por el presidente Bola Ahmed Tinubu —musulmán, al igual que el vicepresidente Kashim Shettima—, suele describir estas masacres como “conflictos intercomunales” o “disputas por tierras”, evitando reconocer el componente religioso. En contraste, líderes cristianos denuncian una política de negación y encubrimiento que perpetúa la impunidad.

Algunos líderes islámicos moderados han condenado los ataques, insistiendo en que no representan al islam verdadero, pero su voz queda opacada por la falta de acciones contundentes. La composición religiosa del poder político —con un Ejecutivo musulmán y un aparato militar dominado por oficiales islámicos— alimenta la percepción de desbalance en la protección de los ciudadanos.

La comunidad internacional ha reaccionado con declaraciones, pero pocas acciones efectivas. La ONU (Organización de las Naciones Unidas) ha emitido comunicados de preocupación, pero no ha desplegado misiones robustas para proteger a las comunidades cristianas. La Cruz Roja y UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) se concentran solo en atender a desplazados y huérfanos de la violencia. La Unión Europea ha canalizado fondos de asistencia humanitaria, pero sin lograr una presión política sostenida. La sensación general es de abandono internacional frente a un genocidio religioso en curso.

Nigeria muestra el rostro más descarnado de lo que ocurre cuando la intolerancia se normaliza y la comunidad internacional prefiere mirar hacia otro lado. Si el genocidio cristiano continúa sin freno, el precedente que se sienta puede extenderse a otras latitudes. África podría ver replicado este patrón en países frágiles del Sahel; Europa y América, por su parte, enfrentarían un aumento de tensiones interreligiosas en sociedades ya polarizadas.

El silencio cómplice frente a Nigeria no solo condena a un pueblo a la desaparición de su fe en su propia tierra, sino que envía un mensaje devastador: que la persecución religiosa puede perpetrarse con impunidad.

El mundo debe abrir los ojos. No estamos ante simples enfrentamientos tribales, ni ante una disputa territorial: estamos frente a una persecución religiosa que, en pleno siglo XXI, amenaza con borrar a comunidades enteras por el solo hecho de profesar el cristianismo. Si hoy aceptamos este genocidio en Nigeria, mañana la intolerancia encontrará terreno fértil en cualquier otro lugar del planeta.

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