31 de marzo de 2026

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Por Berit Knudsen // Coalición de los no tan Dispuestos

Berit Knudsen

Putin fijó su posición con una frase simple: “cualquier tropa occidental en Ucrania será objetivo legítimo”. Estilo ruso para recordar que la diplomacia funciona si la fuerza la sostiene. Europa promete garantías para “el día después”; Ucrania se juega “el día de hoy” bajo drones, misiles y apagones.

El orden de las negociaciones es blindar primero a Ucrania, para luego negociar con Putin. No significa llevar ejércitos europeos sobre el río Dniéper, sino resolver y definir la supervivencia ucraniana. Primero el cielo, con una cúpula antiaérea por capas que mantenga viva la red eléctrica y vías ferroviarias. Luego, artillería y cohetes fluyendo mensualmente, no paquetes intermitentes, para frenar avances rusos antes del invierno. Tercero, talleres de mantenimiento, evitando bajas por averías. Pero el requisito decisivo es preservar el pulmón marítimo en Odesa y el Danubio. Un país sin puerto es un país asfixiado; no defenderlo sería el obituario para Ucrania.

Eso es logística, cronogramas y contratos firmados. Pero la “coalición de los dispuestos” con veinte y tantos en la foto, no concreta un plan. París y Londres venden liderazgo; Berlín e Italia miran al electorado; el Este europeo ve un problema fronterizo, no solo “ucraniano”; mientras España y Canadá mantienen perfil bajo. Presentan argumentos, sin acuerdos que cambien la correlación de fuerzas. El frente necesita baterías, misiles, proyectiles y repuestos; no comunicados.

Trump amenaza con sanciones si Putin no “busca la paz”, sin precisar cómo o cuándo. Puede aplicar sanciones energéticas secundarias con entregas verificables en defensa aérea y municiones; lo demás es solo retórica para Moscú. Pero la Casa Blanca se concentra en la ONU, Londres y sus propios tribunales. Mientras Putin se fotografiaba en Pekín con Xi Jinping, Kim Jong Un y la sombra logística de Pyongyang, triángulo de conveniencia, garantiza caja, microelectrónica gris y proyectiles al Kremlin.  Con insumos y venta de petróleo, Moscú no siente urgencia por negociar.

Pero el invierno se aproxima. El bando con sensores, guerra electrónica y munición suficiente impondrá los tiempos. Rusia volverá a cazar subestaciones y depósitos; Ucrania elegirá entre apagar ciudades o quemar interceptores. El invierno para Kiev depende de acuerdos formales en septiembre, no postergaciones.

Solo entonces podrán sentarse en la mesa con Putin. Cualquier negociación sin garantías de defensa implicaría condiciones de desventaja para Ucrania. Putin no cederá Crimea, Donbás ni el corredor a la península. Ucrania no puede renunciar a Odesa o su acceso al Mar Negro. El panorama es desalentador, pero será estable si Kiev preserva un Estado con puertos, energía y fronteras defendibles. Cualquier paz que ignore esas premisas será una pausa ante la siguiente ofensiva.

La “coalición de los dispuestos” confunde número con masa. Europa tiene PIB de Goliat, pero avanza como Gulliver atado por hilos, mandos fragmentados, rampas industriales lentas, miedo a la escalada nuclear y electorados que creen poder sostener bienestar sin seguridad. Hace falta cambiar el régimen operativo: contratos de municiones e interceptores, defensas antiaéreas para ciudades y nodos, hubs de reparación a ritmo industrial, protección del corredor marítimo, formación de cuadros ucranianos y definir que autoridad gobernará los medios aportados, convirtiendo la coalición en disuasión.

Hasta entonces, las advertencias de Putin pesarán más que las cumbres. Sin calendarios, las amenazas de Washington valen menos que municiones. De no separar la política que habla, de la política que ejecuta el invierno hará su trabajo. Primero el escudo y luego negociaciones en la mesad. Todo lo demás son fotos.

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