La diplomacia suele ser un ejercicio de discreción. Los embajadores acostumbran desenvolverse entre recepciones oficiales, comunicados cuidadosamente redactados y negociaciones silenciosas. Sin embargo, existen momentos en la historia en que las formas tradicionales dejan de ser suficientes y las grandes potencias optan por enviar operadores políticos antes que diplomáticos de carrera. Ese parece ser el caso de Bernie Navarro, el actual embajador de los Estados Unidos en el Perú.
Su llegada a Lima no responde únicamente a la necesidad de fortalecer la relación bilateral entre ambos países. Representa, sobre todo, una pieza dentro de la estrategia global impulsada por el presidente Donald Trump para recuperar la influencia estadounidense en Hispaniamerica, una región donde China ha incrementado sostenidamente su presencia mediante inversiones multimillonarias, créditos, infraestructura y acuerdos comerciales.
El Perú ocupa un lugar privilegiado dentro de esa competencia geopolítica. Es uno de los principales productores mundiales de cobre —mineral indispensable para la transición energética y el desarrollo tecnológico—, posee una ubicación estratégica sobre el océano Pacífico y mantiene estrechos vínculos comerciales tanto con Washington como con Pekín. Ninguna de las dos potencias puede darse el lujo de perder influencia sobre nuestro país.
Bernie Navarro dista mucho del perfil clásico del embajador protocolar. Hijo de inmigrantes cubanos que escaparon del régimen comunista instaurado en la isla, conoce las consecuencias políticas y humanas que puede generar la pérdida de las libertades democráticas. Casado con una peruana y con una larga trayectoria dentro del Partido Republicano, mantiene además una relación de cercanía con el presidente Donald Trump y con el secretario de Estado, Marco Rubio. Su nombramiento, por tanto, no puede interpretarse como una simple designación administrativa; constituye una decisión política de alto nivel.
Durante el último proceso electoral peruano, Navarro mantuvo una presencia pública inusualmente activa. Para algunos sectores, ello constituyó una muestra del compromiso estadounidense con la transparencia y la institucionalidad democrática; para otros, significó una participación que excedía los márgenes tradicionales de la diplomacia. Más allá de esas interpretaciones, quedó claro que Washington decidió observar con especial atención la evolución política del Perú.
Su estilo directo también quedó reflejado en el intercambio que sostuvo en la red social X con el embajador chino en Colombia, Zhu Jingyang. La discusión, originada en torno a temas de cooperación militar y adquisiciones de defensa, terminó convirtiéndose en una demostración pública de la creciente rivalidad entre las dos superpotencias. La ironía empleada por Navarro al comparar la narrativa diplomática china con el cuento de Caperucita Roja fue mucho más que una frase ingeniosa: evidenció que la confrontación entre Washington y Pekín ya no se libra únicamente en despachos oficiales, sino también en el terreno de la opinión pública y las redes sociales.
Esa competencia apenas comienza. China es hoy uno de los principales socios comerciales del Perú y mantiene inversiones estratégicas en minería, energía, infraestructura y puertos. Estados Unidos, por su parte, continúa siendo un aliado histórico en materia de seguridad, cooperación, comercio e inversión. La política exterior peruana tendrá que desenvolverse con inteligencia entre ambos gigantes, defendiendo exclusivamente los intereses nacionales.
La designación de Bernie Navarro confirma una realidad que durante muchos años pasó inadvertida para buena parte de nuestra clase política: el Perú ha dejado de ser un actor periférico. En un mundo definido por la competencia entre Estados Unidos y China, nuestro país se ha convertido en una pieza de creciente valor estratégico.
En política internacional las coincidencias son escasas. Los nombramientos, las alianzas y los movimientos diplomáticos responden siempre a cálculos cuidadosamente elaborados. La presencia de Bernie Navarro en Lima constituye uno de ellos. Queda por ver si el Perú sabrá aprovechar esa renovada atención para fortalecer su posición internacional o si, una vez más, dejará pasar una oportunidad histórica, haciendo honor a ese eslogan también puesto “el Perú es clave” veremos.
(*) Analista internacional




