No vemos zarpar ninguna flotilla de ayuda humanitaria desde Europa rumbo al Congo, Nigeria, Mozambique, Somalia, Eritrea, Yemen o Siria para socorrer a los cristianos perseguidos. Tampoco escuchamos declaraciones firmes de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español; de Emmanuel Macron, presidente de Francia; o de Keir Starmer, primer ministro del Reino Unido, condenando al islam radical que incendia aldeas, arrasa pueblos y asesina indiscriminadamente a seres humanos cuyo único “delito” es creer en Jesucristo.La realidad es brutal: todos los días se perpetra un exterminio religioso metódico y sostenido. Este se ajusta perfectamente al pensamiento supremacista de una interpretación radical del islam, que fundamenta su accionar en la intolerancia y en la necesidad de conquista. Para quienes promueven esta visión, no hay espacio para la convivencia pacífica entre religiones: o te conviertes al islam, o mueres. Así de simple, así de cruel. No se trata solo de una conquista territorial, sino también de una conquista cultural y mental. Basta observar la creciente radicalización en Europa para comprender la gravedad de este fenómeno.Las formas de persecución son múltiples y despiadadas: prohibición de rezar, demolición de templos, arrestos arbitrarios, desplazamientos forzosos y, en el peor de los casos, asesinatos. Los cristianos —hoy más de 2,300 millones en todo el mundo, cerca del 31 % de la población global— son víctimas recurrentes en países donde la sharía es ley y donde la libertad religiosa simplemente no existe.Lo paradójico es que, mientras esto ocurre, los líderes del llamado “Occidente cristiano” concentran sus reclamos y discursos en la causa palestina. ¿Ingenuidad? ¿Falta de información? ¿O acaso una malicia suprema que se integra en un plan más amplio para debilitar a Occidente, destruir su herencia cultural y abrir el paso a un progresismo hegemónico que utiliza al islam radical como aliado táctico? El error es monumental: piensan que luego podrán controlar a sus socios islamistas. Ingenuos. La historia demuestra lo contrario.Los datos son escalofriantes y no dejan lugar a dudas:• Nigeria: Desde el año 2000 hasta hoy, se calcula que más de 62,000 cristianos han sido asesinados por Boko Haram, el Estado Islámico en África Occidental y pastores fulani radicalizados.• República Democrática del Congo: Solo en 2024, ataques del Estado Islámico de la Provincia de África Central dejaron al menos 70 cristianos decapitados en la región de Beni.• Mozambique: En Cabo Delgado, los ataques yihadistas han destruido decenas de aldeas cristianas y desplazado a más de 1 millón de personas.• Somalia y Eritrea: Convertirse al cristianismo equivale a una condena a muerte. Según Open Doors, Somalia ocupa el segundo lugar en el ranking mundial de persecución religiosa.• Siria e Irak: Más de 1,500 cristianos asesinados en los últimos años; comunidades milenarias prácticamente han desaparecido en Alepo, Mosul y la Llanura de Nínive.La pregunta es incómoda pero inevitable: ¿por qué la vida de un cristiano en África o en Medio Oriente vale menos para los líderes de Occidente que la de cualquier otra víctima? ¿Hasta cuándo se seguirá tolerando esta doble moral?El cristianismo sigue siendo la religión más perseguida del planeta. Según el informe 2024 de Open Doors, más de 365 millones de cristianos sufren altos niveles de persecución y discriminación, es decir, 1 de cada 7 en el mundo. La mayoría de estos casos ocurre en países de mayoría musulmana.El mensaje es claro: la persecución contra los cristianos existe, está documentada y no puede seguir siendo ignorada. Mientras el islam radical siga avanzando impune y el silencio occidental continúe, el precio lo pagarán inocentes cuyo único pecado es creer en Jesucristo.(*) Analista Internacional




