La primera vuelta electoral de las elecciones 2026 podría ser considerada una de las peores de la historia republicana de este Perú entrañable y, a la vez, distante: el Perú de todas las sangres, ancho y ajeno. Desde la concepción misma de este proceso electoral —con 35 candidatos a la presidencia, listas parlamentarias por doquier y aspirantes tanto al Senado como a la Cámara de Diputados— se evidenció un escenario caótico. Muchos de estos candidatos, con un nivel intelectual cuestionable, se presentan como simples aventureros de la política que, en numerosos casos, generan vergüenza ajena.
El Perú ha logrado, tras una década de frivolidad y autodestrucción de sus instituciones, colocar la cereza en el pastel: consolidar ante el mundo la imagen de un país políticamente poco serio. Esta elección, marcada por la improvisación y la dispersión, deja sin embargo algunas conclusiones claras que no deben pasarse por alto.
La primera es que la derecha peruana cuenta, en la práctica, con un solo partido de alcance nacional, con estructura sólida, disciplina interna y vocación de gobierno: Fuerza Popular. Nunca como ahora su candidata presidencial, Keiko Fujimori, ha estado tan cerca de alcanzar la presidencia en su cuarto intento. La segunda conclusión es la profunda fractura territorial: los antiguos “reinos del Perú” parecen hoy divididos en dos realidades casi irreconciliables, un Perú del norte y un Perú del sur con visiones políticas opuestas.
Otro elemento relevante es el fracaso político de Renovación Popular, el partido del exalcalde Rafael López Aliaga, quien hoy lamenta lo que no supo construir en su momento. En este punto vale detenerse: es cierto que pueden haber existido irregularidades o decisiones cuestionables por parte de los organismos electorales; sin embargo, nadie puede aspirar a la presidencia del Perú con un respaldo limitado exclusivamente a Lima Metropolitana. Ni siquiera logró imponerse en su región de origen, Piura, ni en la Provincia Constitucional del Callao, a escasos minutos del centro de Lima. Un trabajo político deficiente te expone precisamente a aquello que luego denuncias: la derrota.
Todo parece indicar que la segunda vuelta, a realizarse el 7 de junio, será disputada entre Keiko Fujimori —representante de una derecha popular, discutida pero efectiva— y Roberto Sánchez, exministro del cuestionado gobierno de Pedro Castillo. Este último, junto con figuras radicales como Antauro Humala, propone un giro que pondría en riesgo más de dos décadas de crecimiento económico, apelando a discursos de nacionalización, confrontación social y resentimiento.
Por su parte, Keiko Fujimori se muestra hoy más segura de sí misma, forjada en la derrota y endurecida por una experiencia carcelaria que considera injusta. Ha obtenido alrededor del 17% de los votos, superando en cinco puntos porcentuales su resultado de 2021, y se percibe además una disminución del antifujimorismo más visceral. Este escenario podría romper el maleficio que la ha acompañado en elecciones anteriores.
La posibilidad de que Keiko Fujimori alcance la presidencia no solo marcaría el desenlace de una carrera política azarosa, sino también un hito histórico: sería la primera mujer en llegar al poder por elección popular. La disyuntiva que enfrenta el país, según esta lectura, es clara: continuidad del libre mercado o un salto hacia la incertidumbre representada por una izquierda fragmentada, cargada de resentimiento y sin una propuesta económica sostenible.
El Perú, una vez más, se encuentra ante una decisión crucial que definirá su rumbo en los años venideros.
(*) Analista internacional



