Poderosa frase pronunciada por Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), pastor luterano alemán que comprendió desde muy temprano la naturaleza criminal del régimen nazi. Desde los primeros años del ascenso de Adolf Hitler denunció el totalitarismo, el racismo y la destrucción de las libertades individuales. Su participación en la resistencia alemana le costó la prisión y, finalmente, la vida. Sin embargo, las reflexiones que dejó durante su cautiverio mantienen una sorprendente vigencia y resultan plenamente aplicables a la realidad peruana de nuestros días.
Bonhoeffer no podía entender cómo personas inteligentes, educadas y exitosas podían apoyar con entusiasmo a un régimen que perseguía opositores y restringía derechos fundamentales. ¿Cómo era posible que médicos, abogados, periodistas y profesores aplaudieran semejante barbarie? Su conclusión fue tan simple como inquietante: la estupidez es más peligrosa que la maldad.
Para el teólogo alemán, la persona estúpida no es aquella que carece de inteligencia, sino aquella que renuncia a ejercer el pensamiento crítico y adopta sin cuestionamientos las ideas del grupo al que pertenece. Contra la maldad se puede luchar porque tiene una lógica, un objetivo y una intención identificables. La estupidez, en cambio, es impredecible, impermeable a los argumentos y resistente a la evidencia.
Según Bonhoeffer, este fenómeno suele crecer cuando los individuos se integran a colectivos políticos o ideológicos muy cohesionados. Cuanto mayor es la presión social del grupo, más fácil resulta abandonar el juicio propio y repetir consignas sin analizarlas. La inteligencia individual queda subordinada a la obediencia colectiva.
Esta reflexión resulta particularmente relevante en el actual escenario político peruano. El debate público parece cada vez más dominado por emociones, resentimientos y consignas simplistas, mientras el análisis racional de las propuestas queda relegado a un segundo plano. Muchos ciudadanos parecen más interesados en votar contra alguien que en evaluar seriamente las consecuencias de las políticas que respaldan.
La polarización política ha convertido cualquier intento de debate en una confrontación permanente. De un lado se encuentran quienes proponen transformaciones profundas del modelo económico y del marco institucional vigente; del otro, quienes consideran que esos cambios podrían poner en riesgo la estabilidad alcanzada por el país durante las últimas décadas. Entre ambas posiciones, los espacios para la reflexión y los matices son cada vez más escasos.
Las propuestas orientadas a modificar las reglas económicas, replantear el papel de instituciones fundamentales o promover cambios constitucionales generan preocupación en amplios sectores de la sociedad. La estabilidad monetaria, la seguridad jurídica, la inversión privada y la apertura comercial han sido factores determinantes para el crecimiento económico del Perú desde la década de 1990. Alterar estos pilares sin una evaluación rigurosa podría acarrear consecuencias difíciles de revertir.
Es precisamente aquí donde la teoría de Bonhoeffer cobra especial importancia. Una parte significativa de los jóvenes peruanos no vivió la hiperinflación de finales de los años ochenta ni la profunda crisis económica que sumió al país en la pobreza y la incertidumbre. Muchos desconocen que el Perú llegó a registrar niveles de inflación superiores al 7.000 % anual, destruyendo salarios, ahorros y proyectos de vida de millones de ciudadanos.
La historia demuestra que las sociedades que debilitan sus instituciones o subordinan la economía a proyectos ideológicos suelen pagar costos muy elevados. Sin embargo, la memoria histórica es frágil y las nuevas generaciones corren el riesgo de repetir errores que creían superados.
Bonhoeffer nos advirtió que el mayor peligro para una sociedad no siempre proviene de los malvados, sino de quienes renuncian a pensar por sí mismos. Cuando la estupidez se convierte en un fenómeno colectivo, la democracia pierde uno de sus elementos esenciales: ciudadanos capaces de analizar, cuestionar y decidir libremente.
El Perú se encuentra ante una decisión trascendental. Como tantas veces en nuestra historia republicana, el país parece dividido entre visiones irreconciliables. Sin embargo, más allá de las preferencias políticas de cada ciudadano, la responsabilidad de votar con conocimiento, memoria histórica y sentido crítico sigue siendo una obligación cívica irrenunciable.
La elección final corresponde al pueblo peruano. La historia, como siempre, será la encargada de emitir su veredicto.
(*) Analista internacional



