La judeofobia —o antisemitismo— goza de muy buena salud. No me cabe la menor duda. Son siglos de repetir viejas historias truculentas, de lanzar acusaciones infames sustentadas en datos falsos o irrelevantes, y de amplificar teorías conspirativas que se remontan al siglo I de nuestra era, y quizá incluso antes. El estigma hacia lo judío —su religión, su etnia, sus costumbres— se ha convertido en un negocio rentable: una eficaz herramienta para distraer, ganar réditos políticos y, de paso, hacerle el juego a quienes buscan destruir la cultura occidental. Todo ello con la complicidad de supuestos “intelectuales” populares ante masas de seguidores con escasa o nula capacidad de discernimiento.
La idea de que el fondo de inversión BlackRock —cuyo CEO, Larry Fink, es judío—, en complicidad con el Estado de Israel y un grupo de millonarios judíos sionistas, pretende dominar el mundo mediante alianzas estratégicas con empresas tecnológicas “manejadas por judíos”, apoyados además por oscuros funcionarios de la administración Trump, no es más que una vieja teoría conspirativa con algunos ribetes de nuevo cuño. Esta fantasía fue expuesta en mi programa Geopolitik, que conduzco por Resurge TV, por un “intelectual” con relativo prestigio en el Perú y una considerable cantidad de seguidores: Miklos Lukacs, a este personaje solo le falta el bigotito para completar la metamorfosis. El cierre de su relato es, además, épico: “pero no tengo nada contra el pueblo judío”, sentencia. Y claro, todos nos reímos.
Sustenta su tesis psicodélica —digna de una noche de invierno narrada a medianoche por un ufólogo especializado en misterios conspirativos— sin presentar una sola fuente seria. Afirma, por ejemplo, que el fondo BlackRock posee dos veces y media más dinero que los Estados Unidos y más recursos que China. Basta una mínima revisión de datos públicos para desmontar semejante disparate: BlackRock administra activos de terceros, no posee ese dinero, y su volumen está muy lejos de superar el PBI de las principales potencias mundiales. Estas falsedades no son inocentes; demuestran mala fe, ignorancia supina y, sobre todo, una clara intención de direccionar el mensaje hacia el odio, que es finalmente su objetivo.
Este malhadado “intelectual”, de tintes supremacistas y xenófobos, es apenas uno más en la larga lista de supuestos eruditos —cargados de títulos y maestrías— que van por la vida creando cortinas de humo, sembrando ignorancia y resentimiento, y haciéndole el juego a quienes desean resetear y erosionar los fundamentos de nuestra cultura occidental.
Todo ser humano y todo gobierno son sujetos de crítica, y el Estado judío no es la excepción. Sus propios ciudadanos critican duramente al primer ministro Benjamín Netanyahu. Más de dos millones de árabes viven en Israel y son ciudadanos con los mismos derechos civiles que cualquier judío. La convivencia en Israel, con todas sus tensiones, es un hecho. Para opinar con honestidad intelectual sobre Medio Oriente hay que caminarlo, estudiar su historia y tratar de comprender la magnitud y complejidad del problema. No basta con acumular títulos ni egos gigantescos para pontificar sobre una realidad que claramente se desconoce.
Lukacs no es una excepción ni un caso aislado: es un síntoma. Un aventurero intelectual, un merolico con micrófono que, amparado en títulos académicos y una falsa aura de erudición, recicla los peores clichés del antisemitismo clásico para venderlos como pensamiento crítico. No aporta análisis, no presenta evidencia, no busca comprender: busca agitar, provocar y polarizar. En el camino banaliza el Holocausto, demoniza al pueblo judío y legitima el odio como discurso político aceptable.
El resultado está a la vista. Basta leer a sus seguidores para entender el daño causado: insultos, deshumanización y un resentimiento visceral dirigido contra cualquiera que ose cuestionar su relato. Esto no es debate intelectual ni libertad de pensamiento; es propaganda envuelta en retórica académica. Y la historia ya nos ha enseñado —con un costo humano incalculable— a dónde conducen estas narrativas cuando se normalizan y se aplauden. Ignorarlas no es una opción. Denunciarlas es una obligación moral.
(*) Analista internacional




