Benjamín Netanyahu, al inicio de la ofensiva final sobre la ciudad de Gaza y consciente del aislamiento mundial que se le viene al Estado de Israel, declaró: “Vamos a ser Atenas y una súper Esparta combinadas. No tenemos otra opción”. Israel ha cruzado el Rubicón, y con ello parece poner fin a la posibilidad de un Estado palestino.
Pero la gran pregunta es: ¿cuándo firmó Palestina su acta de defunción geopolítica? En realidad, nunca existió un compromiso real de convertirse en Estado moderno y funcional. Lo que siempre primó en las facciones dominantes fue el objetivo de destruir a Israel y dominar la totalidad del territorio. La enfermiza consigna “Del río hasta el mar”, repetida como mantra por la izquierda internacional, no es una aspiración de soberanía, sino un llamado al genocidio de más de ocho millones de ciudadanos israelíes que habitan en ese espacio.
Hubo, sin embargo, intentos genuinos —impulsados con buena fe por judíos y palestinos— que terminaron en fracaso. El último escenario decisivo fue Gaza.
La barbarie del 7 de octubre de 2023, cuando el grupo terrorista islámico Hamás asesinó a 1.200 personas, ultrajó cuerpos y secuestró a 253 civiles en un solo día, marcó el punto de no retorno. A partir de ese instante, se terminó de sepultar la posibilidad formal de un Estado palestino. Y lo dice alguien que, hasta antes de esa fecha, estaba convencido de que la coexistencia de un Estado árabe-palestino junto a Israel era posible. Lamentablemente, una larga cadena de malas decisiones históricas nos ha conducido a la tragedia que hoy vive Medio Oriente.
Hagamos memoria. En 2005, Israel emprendió tal vez el mayor experimento social de la historia moderna: se retiró unilateralmente de la Franja de Gaza, evacuó a más de 8.000 colonos judíos que allí vivían y dejó a los palestinos infraestructura, invernaderos, carreteras y servicios básicos. Gaza recibió autonomía total y un caudal enorme de apoyo económico internacional, tanto de países árabes como de gobiernos europeos. La comunidad internacional esperaba que ese territorio se transformara en un ejemplo de autogobierno, paz y prosperidad; en la base de un futuro Estado palestino.
Pero los 2 millones de palestinos que vivían allí cometieron su gran error histórico: en 2006 eligieron administradores a Hamás, organización fundamentalista cuya prioridad jamás fue la educación, la salud o la infraestructura civil. Los miles de millones de dólares recibidos se invirtieron en armas, túneles y un aparato de terror. Gaza, en lugar de ser un faro de esperanza, se convirtió en un bastión del odio y en una trinchera contra la paz.
Hoy, Israel no tiene alternativas: vive o muere. Así funciona Medio Oriente: no hay espacio para los tibios. Si Israel quiere cambiar la mentalidad de las próximas generaciones en esos territorios, deberá asumir el control, educar en tolerancia, respeto y paz. Una tarea titánica cuyos frutos —si llegan— solo se verán en dos o tres generaciones.
Ese es el Medio Oriente: mágico, irrepetible, donde religión y política son inseparables. Que las fuerzas del cielo los acompañen.
(*) Analista Internacional




