25 de agosto de 2026

|

Lima: Cargando...

Por: Bruno de Ayala Bellido / Rusia, “dueña del Ártico”, y Groenlandia, la última esperanza de Estados Unidos

Bruno de Ayala Bellido

Hielo, hielo y más hielo. Pero un hielo que se derrite progresivamente y que está haciendo navegable, durante períodos cada vez más extensos, este rincón estratégico del planeta: el Ártico. Una región que comprende aproximadamente 14 millones de kilómetros cuadrados y que, lejos de ser un desierto congelado sin importancia, se ha convertido en uno de los grandes escenarios de la competencia geopolítica del siglo XXI.

El Ártico vuelve a estar en el centro de la controversia desde el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y su renovado interés por Groenlandia. ¿Capricho de un millonario autoritario, como sostienen algunos despistados y neófitos en geopolítica? Todo lo contrario.

Podemos discutir las formas de comunicación del presidente norteamericano, su estilo confrontacional, su prepotencia o su particular manera de negociar, pero reducir el interés estadounidense por Groenlandia a un simple capricho sería desconocer la historia y la geopolítica. Estados Unidos sabe desde hace décadas que quien tenga una posición privilegiada en Groenlandia tendrá una ventaja extraordinaria sobre las rutas aéreas, marítimas y militares del extremo norte.

No es casualidad que en 1946, durante la presidencia de Harry Truman, Washington llegara a ofrecer a Dinamarca 100 millones de dólares en oro por Groenlandia. La propuesta fue rechazada, pero revelaba algo fundamental: para Estados Unidos, Groenlandia nunca fue simplemente una gigantesca isla cubierta de hielo. Su ubicación estratégica, entre América del Norte y Europa y próxima a las rutas del Atlántico Norte y del Ártico, la convierte en una pieza fundamental de la seguridad estadounidense.

Mientras Washington mira hacia Groenlandia, Moscú mira hacia el Ártico ruso. Y aquí comienza el verdadero problema.

Rusia posee aproximadamente la mitad de la línea costera del océano Ártico y ha construido durante décadas una infraestructura militar, energética y marítima difícil de igualar. Los mares de Barents, Kara, Láptev, Siberia Oriental y Chukotka forman parte de un espacio estratégico donde Moscú ha desarrollado puertos, bases militares y, sobre todo, una impresionante flota de rompehielos.

La llamada Ruta Marítima del Norte es una de las grandes apuestas económicas y geopolíticas de Vladimir Putin. El deshielo permite ampliar progresivamente la temporada de navegación y abre una vía mucho más corta entre los mercados asiáticos y europeos. Rusia pretende convertir esta ruta en una arteria comercial de primer orden y, al mismo tiempo, utilizarla como instrumento de poder nacional.

China, por su parte, observa esta transformación con enorme interés. Pekín ha incrementado su cooperación con Moscú en el Ártico y considera estas rutas una alternativa estratégica frente a los tradicionales corredores marítimos. Un trayecto por el Ártico puede reducir considerablemente los tiempos de navegación entre Asia y Europa, aunque todavía existen enormes dificultades por el hielo, el clima extremo, los costos y la necesidad de asistencia especializada.

Y aquí aparece el verdadero tablero.

Rusia tiene la geografía; China tiene el músculo económico; Estados Unidos tiene la capacidad militar y Groenlandia.

Por eso Groenlandia no es un capricho inmobiliario de Donald Trump. Es una pieza estratégica que puede convertirse en una de las principales cartas estadounidenses para contener la expansión ruso-china en el Ártico.

Putin sabe que el Ártico será cada vez más importante. Trump también.

La diferencia es que Rusia ya está allí, mientras Estados Unidos busca reforzar su presencia. Washington incluso ha comenzado a invertir nuevamente en una flota de rompehielos para reducir la enorme brecha que actualmente mantiene con Rusia.

Rusia no es literalmente la “dueña” del Ártico, pero sí es hoy la potencia con la mayor presencia territorial, infraestructura y capacidad de navegación en esa región.

Y si el hielo continúa desapareciendo, lo que emergerá no será solamente un nuevo océano navegable.

Emergerá una nueva frontera de poder.

Y allí, en medio del hielo, Estados Unidos, Rusia y China ya están jugando su propia partida de “juego de tronos”.

La pregunta no es quién conquistará el Ártico.

La pregunta es quién llegará primero a dominarlo.

(*) ANALISTA INTERNACIONAL

Scroll al inicio