13 de junio de 2026

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POR: Bruno de Ayala Bellido / Xi Jinping y Donald Trump evitando a Tucídides

Bruno de Ayala Bellido

Si algo quedó claro tras la reciente cumbre celebrada en Pekín entre dos de los hombres más poderosos del planeta, Donald Trump y Xi Jinping, es que ambos intentarán evitar caer en la denominada “trampa de Tucídides”, teoría desarrollada a partir de los escritos del historiador y general griego Tucídides, quien sostenía que cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, el desenlace suele ser la guerra.

La posibilidad de que Estados Unidos y China entren en un conflicto directo representa quizá el mayor temor geopolítico de nuestro tiempo. Una confrontación militar entre ambas superpotencias no solo arrastraría al planeta a una guerra mundial, sino que podría conducir a una catástrofe nuclear y económica de dimensiones incalculables. En términos simples: no quedaría nada por dominar.

Quedó igualmente claro que el águila y el dragón se entienden y, sobre todo, se respetan. Ambas naciones se necesitan mutuamente y forman parte de una relación simbiótica: China continúa siendo la gran fábrica del mundo, mientras que Estados Unidos sigue siendo el principal consumidor global. Las dos potencias son conscientes de que son los jugadores centrales del gran tablero geopolítico contemporáneo.

Fiel a su estilo pragmático y empresarial, Trump apareció acompañado de parte de la élite tecnológica y financiera estadounidense. Entre los asistentes destacaron Elon Musk, representante de Tesla; Stephen Schwarzman de Blackstone; Tim Cook de Apple; Larry Culp de General Electric; y Larry Fink de BlackRock , considerado el mayor fondo de inversión del planeta. Para los amantes de las teorías conspirativas, semejante reunión constituye un auténtico banquete intelectual.

También estuvieron presentes empresarios de otros sectores estratégicos, como Kelly Ortberg de Boing —empresa que buscaría concretar importantes ventas de aeronaves comerciales— y Jane Fraser de Citygroup. La presencia de estos gigantes corporativos demuestra que la economía sigue siendo el verdadero idioma universal de la diplomacia moderna.

Leer entre líneas los elogios intercambiados por ambos mandatarios resulta particularmente revelador. Xi Jinping afirmó que “debemos ser socios y no rivales”, además de señalar que “debemos alcanzar el éxito juntos, buscar la prosperidad común y forjar el camino correcto”. Por su parte, Trump, con el ego que lo caracteriza y respaldado por el poder militar de la primera potencia mundial, declaró: “Usted es un gran líder; a veces a la gente no le gusta que lo diga, pero es verdad”, agregando además: “Es un honor estar contigo y ser tu amigo”.

Los temas geopolíticos y tecnológicos dominaron la agenda. En el terreno geopolítico, los asuntos centrales fueron Iran y Taiwan; mientras que, en el ámbito tecnológico, la discusión giró en torno al control y regulación de la inteligencia artificial.

Respecto a Taiwán, parece comenzar lentamente el camino para que la isla vuelva a integrarse a China bajo la fórmula de “un país, dos sistemas”, evitando una confrontación militar directa. La fecha simbólica ya ha sido mencionada en reiteradas ocasiones: el año 2049, cuando el Partido Comunista Chino cumpla cien años en el poder desde la proclamación de la República Popular China por Mao Zedong en 1949.

En cuanto a Irán, tanto Washington como Pekín necesitan garantizar que el estrecho de Ormuz permanezca abierto y que el petróleo continúe fluyendo hacia los mercados internacionales. Los ayatolás saben perfectamente que su estabilidad política depende de ello.

Sobre la inteligencia artificial, ambas potencias parecen coincidir en que esta tecnología debe mantenerse bajo control estatal, especialmente en el ámbito militar. El escenario de una inteligencia artificial avanzada en manos del terrorismo internacional o del extremismo religioso constituye una amenaza que preocupa seriamente a las grandes potencias.

En esta compleja partida de póker —o de ajedrez, según el gusto del lector— ambos titanes terminaron prácticamente igualados. Por ahora, el mundo parece haber ganado una tregua. Quienes seguramente observan estos acontecimientos con frustración son ciertos sectores del progresismo internacional, cuya permanente narrativa de confrontación global parece haber quedado, al menos temporalmente, desactivada.

Por ahora, la humanidad puede dormir un poco más tranquila. ¿Y el Perú? Esa, sin duda, es otra historia que merecerá una próxima entrega.

(*) Analista internacional

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