El odio, como el amor, no surge de forma espontánea ni de la nada; hunde sus raíces en nuestra naturaleza como especie. Desde la psicología evolutiva, se lo entiende como una respuesta adaptativa vinculada a la supervivencia y a la protección de recursos. Más que un “fallo del sistema” o una simple expresión de maldad, sería un mecanismo biológico que se activa frente a individuos o grupos percibidos como una amenaza o un costo neto para la supervivencia, sin posibilidad de cooperación. Su función no es reparar ni negociar, sino neutralizar el peligro mediante el aislamiento social, la distancia permanente o, en casos extremos, la agresión letal.
Sin embargo, una respuesta que antes surgía ante peligros reales y concretos también puede activarse, amplificarse e incluso fabricarse casi desde cero. Mediante narrativas repetidas, imágenes cuidadosamente seleccionadas y estrategias de comunicación deliberadas, es posible provocar aversiones profundas y divisiones allí donde antes había indiferencia o convivencia pacífica. Un experimento muestra con notable claridad cómo ese odio puede construirse de manera artificial y controlada.
En 1954, el Dr. Muzafer Sherif, de la Universidad de Oklahoma, realizó un experimento clásico de la psicología social. Reunió a niños de 11 y 12 años que no se conocían entre sí y los dividió en dos grupos: los “Rattlers” y los “Eagles”. En la primera etapa, cada grupo permaneció aislado y participó en actividades comunes que fortalecieron la cohesión interna, el liderazgo y un marcado sentido de pertenencia.
En la segunda etapa, Sherif incorporó competencias estructuradas: torneos deportivos, pruebas con resultados manipulados y situaciones en las que un grupo parecía perjudicar al otro, como robos de banderas o actos leves de vandalismo. La reacción fue inmediata: surgieron insultos, peleas, destrucción de pertenencias y un odio creciente entre ambos bandos. El experimento parecía mostrar que la competencia por recursos limitados podía generar conflictos intergrupales casi inevitables.
Este mecanismo de fabricación de enemistad no es nuevo ni se limita al laboratorio. En la Alemania nazi, el régimen hitleriano empleó sistemáticamente la propaganda -controlada por Goebbels- para presentar a los judíos alemanes como el enemigo interno responsable de la derrota en la Gran Guerra, la crisis económica y la supuesta “degeneración cultural”. Mediante periódicos, películas, carteles, discursos y leyes, se alimentaron el miedo colectivo y un odio visceral que sirvieron para justificar primero la discriminación y luego el exterminio. El odio no apareció por sí solo: fue fabricado.
Procesos semejantes se han repetido en otros contextos. En Rwanda, antes del genocidio de 1994, la propaganda deshumanizaba a los tutsis llamándolos cucarachas, exaltaba a los hutus y preparaba el terreno para una masacre de más de un millón de personas. Tutsis y hutus, principales castas bantúes de Rwanda, fueron enfrentados por los colonos belgas y convertidos en falsos grupos étnicos. Algo parecido ocurrió en la misma década con las campañas de odio étnico en los Balcanes. En todos estos casos hubo una ingeniería deliberada: elegir un chivo expiatorio, amplificar relatos de amenaza existencial y sostener la polarización durante años hasta que el rechazo emocional sustituyera al análisis racional.
En el Perú de las últimas tres décadas se ha desarrollado un proceso comparable, especialmente en torno a Keiko Fujimori. Heredera del líder de un gobierno que derrotó militarmente al terrorismo de Sendero Luminoso y del MRTA, y que estabilizó la economía tras la hiperinflación de los años ochenta, también carga con el legado de controvertidas violaciones a los derechos humanos y casos de corrupción vinculados a algunos de sus asociados. En ese contexto, la señora Fujimori ha enfrentado largos procesos judiciales, ingresos a prisión y una falsa narrativa sostenida y amplificada por fiscales politizados, jueces, medios de comunicación, intelectuales, falsas organizaciones de derechos humanos y partidos de oposición.
Durante décadas, se ha resaltado casi únicamente el lado oscuro del régimen de su padre, se han desnaturalizado situaciones cual escándalos -muchos con desenlaces judiciales complejos- y se ha repetido la idea de que un eventual triunfo suyo en las elecciones presidenciales de 2026 significaría el retorno del autoritarismo. También se ha promovido, de manera falaz, la imagen de una amenaza existencial para la democracia y los derechos ciudadanos. A través de redes sociales, editoriales, memes y discursos, se ha instalado en amplios sectores de la población un rechazo emocional profundo y casi automático. Más que una crítica legítima -propia de toda democracia- se trataría de una campaña prolongada de demonización orientada a generar aversión visceral antes que un debate sano de ideas.
Sin embargo, un detalle poco conocido del experimento de Sherif revela los límites de estas manipulaciones. En 2013, la psicóloga Gina Perry, al revisar las notas y archivos originales, mostró que una versión previa del estudio, realizada en 1953, había fracasado. Los niños advirtieron que estaban siendo observados y manipulados: detectaron micrófonos ocultos en el comedor, conductas extrañas del personal del campamento y situaciones demasiado artificiales. En vez de desarrollar hostilidad entre grupos, mantuvieron relaciones amistosas o cuestionaron abiertamente el procedimiento. El conflicto no surgió de manera espontánea. Sherif descartó ese intento como un fracaso debido a “condiciones desfavorables” y perfeccionó el diseño para el experimento de 1954, en el que la intervención fue mucho más sutil.
Aplicado al Perú actual, la virtual victoria electoral de Keiko Fujimori sugiere que muchos votantes actuaron como aquellos niños de 1953: advirtieron las cuerdas detrás de la cortina. Tras tres décadas de una campaña sostenida de miedo y odio, una parte importante de la ciudadanía parece haber concluido que esa narrativa no reflejaba toda la realidad, o que los temores promovidos no bastaban para rechazar una opción política que prometía enfrentar problemas urgentes como la inseguridad ciudadana y el estancamiento económico. Cuando quienes son objeto de manipulación reconocen que están siendo manipulados, la ingeniería del miedo pierde eficacia. La victoria electoral no elimina las críticas legítimas ni los capítulos oscuros de un pasado del que no es responsable, pero sí muestra que los peruanos no somos marionetas pasivas de una polarización fabricada. Como en el campamento donde los niños descubrieron los micrófonos, cuando la mano que mueve los hilos se hace visible, la gente recupera su capacidad de juicio. Y eso, en cualquier democracia, siempre es una buena noticia.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




