14 de junio de 2026

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Por: Carlomagno Chacón / Laura Spoya y el dosaje televisivo: cuando la fórmula reemplaza la prueba

Carlomagno Chacón

En los sets de televisión se ha instalado una práctica inquietante: hacer dosajes etílicos imaginarios en horario estelar. En el caso Laura Spoya, algunos participantes del debate han hablado del supuesto nivel de alcohol en sangre con una seguridad que no solo sorprende, sino que preocupa.

Se hacen cálculos en vivo. Se invoca la fórmula de Widmark —publicada hace aproximadamente 100 años, en la década de 1920— como si fuera una verdad científica inapelable. Se determina cuánto debió marcar su sangre, cuánto habría metabolizado su organismo, cuánto tiempo habría tardado en eliminar el alcohol. Todo con una contundencia que ni la propia ciencia se atreve a sostener sin medición directa.

Pero una estimación no es un dosaje.

El dosaje etílico es una prueba técnica, realizada bajo protocolos específicos, con control temporal y cadena de custodia. Es una medición concreta. Lo que se hace en algunos estudios televisivos es otra cosa: una reconstrucción hipotética basada en modelos estadísticos.

La fórmula de Widmark fue pionera para su época, nadie lo discute. Sin embargo, tiene ya un siglo de antigüedad y el conocimiento científico ha evolucionado. En 1980, el toxicólogo William D. Watson propuso un modelo más refinado que incorporaba variables como sexo, edad y peso para estimar el contenido de agua corporal total. Un avance metodológico importante. Pero incluso ese modelo trabaja con rangos, no con cifras absolutas.

Porque nadie sabe con certeza cuánto alcohol se ingirió realmente, en qué intervalo de tiempo, si hubo alimentos en el estómago, si existía tratamiento con antibióticos que ralentizan la metabolización, si hay hígado graso u otra condición hepática, cuál es la tasa individual de eliminación ni cuál era la composición corporal exacta al momento de los hechos. Cada organismo responde de manera distinta.

Es comprensible que un comentarista pueda incurrir en algún exabrupto por desconocimiento técnico. La televisión vive de la inmediatez. Pero cuando los profesionales invitados —quienes conocen o deberían conocer estas limitaciones científicas— hablan con la misma contundencia categórica, el problema es distinto. Allí ya no hay ignorancia: hay ligereza.

La ciencia forense no promete exactitud matemática cuando no existe medición directa y oportuna. Promete aproximaciones técnicas. Y el derecho penal no se sostiene sobre aproximaciones convertidas en sentencia mediática.

Utilizar una fórmula centenaria como espada de Damocles reputacional, mientras un ser humano atraviesa un accidente grave y no está en condiciones de defenderse, no es análisis técnico. Es imprudencia.

No se trata de minimizar hechos ni de blindar personas. Se trata de recordar que en una democracia el estándar no es el cálculo televisivo, sino la prueba legalmente obtenida.

El dosaje real exige laboratorio, el dosaje televisivo solo necesita micrófono.

Y entre uno y otro hay una distancia que el Estado de Derecho no puede permitirse ignorar.

(*) Abogado y político

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