Por Carlos Linares Huaringa
Manuel Ruiz Huidobro Cubas ha partido a la eternidad. El economista y exfuncionario del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) fue pieza clave dentro de dicha institución por más de tres décadas, dejando huella en la economía del país.
Era un analista apasionado que entendía el pulso de la sociedad como pocos. No solo veía números, sino tendencias, narrativas y sus efectos en la vida de las personas.
Esta visión le permitía comprender las complejidades del país y hacía que cada conversación o almuerzo que compartíamos se volviese una experiencia enriquecedora.
Mantuvo amistad con destacadas figuras políticas de las últimas décadas y tuvo presencia directa en varios momentos claves de la historia del país, por lo que era una fuente inagotable de anécdotas. Dialogar con él era tener un pase directo al ‘Lado B’ de nuestra historia política y económica. Era acceder a los detalles no conocidos que permitieron sacar adelante leyes, acuerdos políticos, o medidas económicas. Y, en igual medida, conocer los entretelones de varios enfrentamientos políticos.
Por todos estos aspectos, resulta complicado resumir su vida en tan solo unas líneas.

Quienes tuvimos la suerte de conocerlo, sabemos que su legado iba mucho más allá de su destacada trayectoria. Manuel siempre fue generoso en su conocimiento y amistad, y, como tal, fue promotor y artífice de innumerables tertulias, muchas de ellas en su casa.
Creía firmemente en el diálogo como la única vía para tender puentes y construir consensos en un país polarizado, recordando que las soluciones más robustas se gestan en la mesa de negociación y no en la confrontación.
A su lucidez se sumaba un agudo sentido del humor que hacía de cada encuentro un momento memorable. Y si iba acompañado de una buena pasta y buen vino, mucho mejor.
Su ingenio permitía siempre ver la realidad con una perspectiva diferente. Es por ello que su legado no solo está en el ámbito profesional sino, principalmente, en el personal. En cada momento compartido y recuerdo generado.
Dejó en claro que el análisis no está reñido con la empatía, y que la historia no es una materia aburrida, sino un tejido vivo de experiencias y decisiones.
Su vida nos enseña que el impacto más duradero no se mide en cifras o reconocimientos, sino en la calidad de las relaciones que construimos. Y su conocimiento, humor y generosidad perdurarán en quienes lo conocimos. Hasta luego, analista de la historia.




