No conforme con ostentar el grosero récord mundial de presidentes en los últimos nueve años y más de 300 ministros en ese mismo lapso, el Perú acaba de batir una nueva y miserable marca. Hace un mes que el Congreso ungió a José María Balcázar como presidente interino, el noveno mandatario en una década, y ya acumula tres premieratos en pocos días. Al primero, Hernando de Soto, lo designó sin llegar a juramentarlo el tercer día de su mandato; la segunda, Denisse Miralles, “fue renunciada” a los 21 días de asumir su gestión; y hoy tenemos un nuevo premier: General de División EP Luis Enrique Arroyo.
En paralelo, el bufón interino ha nombrado y removido ministros, llegando a la cifra alarmante de 24 cambios en menos de un mes. Esta realidad, un circo, no es una anécdota; es el síntoma terminal de un sistema que se desmorona en tiempo real.
Es igualmente escandaloso observar cómo instituciones clave, como el Colegio de Abogados de Lima, han avalado nombramientos cuestionados. Personeras y fiscales con denuncias constitucionales acumuladas, incluso aquellas defenestradas por la Junta Nacional de Justicia por actuaciones sesgadas e ilegales, siguen encontrando respaldo en colegios profesionales que deberían ser baluartes de la ética. Cuando los administradores de justicia, jueces, fiscales y defensores, provienen en su mayoría de estos mismos círculos, el conflicto de intereses se vuelve estructural.
El resultado es una administración de justicia capturada, plagada de corrupción, que ha marcado a presidentes desde el borracho y mujeriego Alejandro Toledo, condenado por coimas y prostitución, pasando por el genocida y delincuente Vizcarra, hasta el actual prontuariado Balcázar.
Este circo de payasos, absurdo, vulgar y repetitivo, es el que vive la nación día a día: Funciones grotescas donde bufones de turno juran lealtad a la Constitución para luego traicionarla en los siguientes días.
De Toledo a Vizcarra, de Castillo a Boluarte, de Jerí a Balcázar, la secuencia es la misma: Inestabilidad, corrupción endémica, incapacidad moral, continuas vacancias, gabinetes efímeros y un Congreso que elige presidentes como quien cambia de camisa; y ciudadanos que eligen a sus autoridades sin la capacidad cognitiva para emitir un voto meditado.
Mientras tanto, la maravillosa nación peruana, con su historia milenaria, su posición estratégica en el continente, su vasto y rico mar, sus recursos naturales y su gente trabajadora, sigue en situación miserable, atrapada en la desorientación, la informalidad y la desconfianza.
¿Qué podemos hacer entonces para salvar al Perú de esta lacra política?
Primero, exigir una reforma constitucional urgente que estabilice el Ejecutivo y fortalezca mecanismos de sucesión meritocrática en toda función pública.
Segundo, invertir masivamente en seguridad, salud y educación pública: Programas nacionales contra la anemia, nutrición escolar obligatoria y currículos que promuevan el pensamiento crítico desde la primaria.
Tercero, formalizar la economía con incentivos reales: Simplificación tributaria, simplificación de leyes laborales, simplificación administrativa, acceso al crédito y capacitación para que el 70 % informal pase a la formalización adecuada, a contribuir y a desarrollarse.
Cuarto, y fundamental: Participación activa. La sociedad civil debe fiscalizar, movilizarse y votar con criterio en las elecciones de abril. No más fraude ni resignación.
Los peruanos no deberíamos ser víctimas eternas de un circo chabacano y miserable; somos herederos de una nación capaz y de inmensa grandeza. Solo rompiendo el ciclo de mediocridad institucional y apostando por valores como la ética, la meritocracia, la seguridad, la educación, salud y la formalidad, salvaremos este país.
El cambio no vendrá de bufones; vendrá de tu voto como ciudadano peruano que ama su nación, consciente de exigir, esta vez y de una vez por todas, dignidad e idoneidad. Perú merece más que récords de vergüenza: Merece un futuro promisorio, ¡y de tu voto depende!
(*) Teniente General FAP




