18 de marzo de 2026

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Por: Dennis Falvy // El overtourism es una realidad complicada

Escribí recientemente sobre los enormes problemas que tiene Japón, quien ha aumentado su turismo enormemente y produce una “Turismofobia in crescendo” .

Ver: https://www.linkedin.com/pulse/la-turismofobia-es-una-seria-realidad-dennis-falvy-dlc1e/

Xataca señala que hoy el espacio aéreo ha crecido desmesuradamente. El privilegio de volar de años atrás ha dado paso al turismo global que crece sin freno, empuja a las aerolíneas a multiplicar rutas y aviones, y amenaza con desbordar no solo los destinos más icónicos, sino también la capacidad misma del planeta para sostenerlo.

Las crisis del 2008, los atentados del 11-S, la pandemia del COVID o la guerra en Ucrania; solo han conseguido frenar momentáneamente el tráfico aéreo. El crecimiento es de 4% anual. Los ingresos por la actividad crecen y crecen.

Los Revenue Passenger Miles ya se han recuperado a niveles prepandémicos, consolidando la idea de que volar es una de las industrias más resilientes de la globalización.

El “bleirure”. Aunque la gran mayoría de kilómetros aéreos corresponde a turistas (se calcula que el 85 % del total) son los pasajeros de negocios, apenas un 12-15% del volumen, quienes generan hasta tres cuartas partes de los beneficios. Estos clientes pagan asientos premium, hacen cambios de última hora y compran servicios adicionales.

Sin embargo, la pandemia introdujo un nuevo patrón: el “bleisure”, viajes que combinan trabajo y ocio gracias a la flexibilidad del teletrabajo. Las aerolíneas han reaccionado multiplicando las categorías de cabina y buscando captar al viajero que ya no se conforma con el binomio tradicional entre turista low-cost y ejecutivo de primera clase.

Forbes señalaba que tras la pandemia se provocó el fenómeno de “revenge travel”: millones de viajeros sacaron sus listas de lugares soñados y se lanzaron a visitar los destinos más icónicos. Francia, que lidera el turismo mundial desde hace tres décadas, superó los 100 millones de visitantes anuales, España, Italia, Turquía y Estados Unidos completan el top cinco.

El Coliseo, la Torre Eiffel o el Louvre, viven jornadas de saturación extrema, mientras otros lugares emblemáticos han tenido que imponer restricciones. Notre Dame exige entradas con horario, el Partenón limita los accesos, Machu Picchu cerró temporalmente y el Monte Fuji ha establecido cupos y tasas. La lista de destinos “A” no crece al ritmo de la demanda, y la presión sobre los mismos espacios amenaza con hacerlos inhabitables.

El over tourism o también la “turistificación”, se ha convertido en la mayor pesadilla de los destinos más populares. Ciudades como Venecia, Barcelona o Florencia han tenido que imponer límites al alojamiento turístico, prohibiciones de pisos de alquiler o tasas de acceso para intentar recuperar el equilibrio perdido.

El fenómeno no solo erosiona la calidad de vida de los residentes, sino que también pone en riesgo el propio atractivo cultural y natural que atrae a los visitantes.

El crecimiento aéreo no solo tensiona ciudades y monumentos, también pone al planeta contra las cuerdas.

Los aeropuertos y ciudades no pueden absorber volúmenes ilimitados de viajeros; las comunidades locales comienzan a rebelarse contra la turistificación masiva que encarece la vivienda y degrada los espacios comunes.

La paradoja es que, mientras la industria aeronáutica señala que aún queda espacio para crecer, los expertos en sostenibilidad y gobernanza insisten en que solo con límites podrá evitarse un colapso irreversible.

La cuestión, ya no es solo cómo viajaremos en el futuro, sino si el planeta puede permitirse que lo hagamos todos, a todas horas y todo el tiempo. Si se quiere también, el mito de un turismo global sin freno parece estar resquebrajándose: porque no hay sitio, no hay aviones, y no hay planeta que resista tanto turismo.

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