Por Jack Gomberoff
A pesar del cese al fuego —ese mismo que Hamas viola con la disciplina de quien convirtió la mentira en estrategia militar—, Medio Oriente intenta, con esfuerzo casi heroico, regresar a una normalidad precaria. Los aeropuertos retoman su ritmo, los mercados reabren, los niños vuelven a las escuelas. La vida, testaruda, insiste. Pero en ciertos sectores del progresismo occidental ocurre exactamente lo contrario: no hay calma, no hay tregua, no hay retorno a la sensatez. Tras dos años alimentándose de una narrativa fabricada, muchos simplemente no saben cómo volver a la realidad. Se han vuelto rehenes de sus propias consignas, dependientes del odio a Israel como si fuera un pulmón artificial ideológico.
Conviene hacer aquí una distinción esencial. No hablo de la izquierda auténtica, la que luchó por derechos laborales, que enfrentó dictaduras, que soñó con un mundo más justo y pagó precios reales por ello. Esa izquierda merece respeto. Hablo de su versión degradada: una izquierda progresista que heredó los eslóganes, no los ideales; la moralina, no la moral; la ansiedad identitaria, no la empatía; y que encontró en el conflicto israelí-palestino un escenario ideal para proyectar frustraciones y exhibir indignación sin riesgos.
Es esa izquierda —no la izquierda pura, sino su caricatura— la que impulsó la candidatura de Pedro Castillo como “el profesor humilde”, la que renombró el terrorismo de Sendero Luminoso como “conflicto armado”, y la misma que convirtió el rechazo a Israel en un ritual identitario.
Mientras los habitantes de la región intentan reconstruir vidas, trabajos y rutinas, en Occidente la furia anti-Israel no descansa. Es un reflejo casi químico: Israel no puede defenderse, construir, debatir, existir o incluso callar sin que un coro de indignación automática se active con la exactitud de un algoritmo. La condena es instantánea; el relato, impermeable. Si los hechos contradicen el guion, se reescribe. Si la evidencia incomoda, se desplaza. Si la lógica acorrala, se apela al sentimentalismo. Todo, menos admitir que ese odio ya no es político: es funcional.
Porque sin Israel muchos progresistas se quedan sin enemigo moral. ¿Dónde más descargarían sus culpas coloniales imaginarias? ¿Cómo sostendrían su prestigio virtual, su superioridad ética, su adicción a la indignación? Israel es el villano perfecto: lejano, complejo, siempre en titulares y, sobre todo, seguro. Criticarlo no exige valentía ni implica riesgos reales. Es activismo sin consecuencias.
De allí que la causa palestina se haya convertido en un disfraz político, una especie de cosplay militante. La mayoría de quienes agitan una bandera “Free Palestine” no puede ubicar Gaza en un mapa, desconoce la división política interna palestina, no ha leído los acuerdos de paz rechazados, ignora la carta fundacional de Hamas y jamás ha pisado Medio Oriente. Pero nada de eso importa: no necesitan saber, necesitan sentir. La política ya no es convicción, sino performance.
La hipocresía es evidente. Quienes lloran por Gaza guardan silencio sobre Siria, donde Assad masacró a cientos de miles; sobre Irán, donde cuelgan homosexuales; sobre Yemen, donde millones mueren sin cámaras; sobre Afganistán, donde las mujeres desaparecieron de la vida pública; o sobre las masacres de cristianos en Sudán y Nigeria. Incluso callan frente a las atrocidades de Hamas dentro de Gaza. Si Israel no puede ser culpado, la tragedia deja de importar. El mapa moral del progresismo reduce Medio Oriente a un único país.
A esta incoherencia se suma un racismo que jamás admitirían, pero que practican con naturalidad: la infantilización del palestino. Lo despojan de agencia moral. En sus narrativas, el palestino solo existe si es víctima. Si vota por Hamas, si dispara cohetes, si tortura opositores o si rechaza acuerdos de paz, deja de servirles políticamente. La solidaridad selectiva también es racismo selectivo.
Y como ha ocurrido tantas veces en la historia, el desliz retórico termina siempre en el mismo lugar: del “critico las políticas de Israel” al “rechazo el sionismo”, luego “los sionistas” y finalmente “los judíos”. Cambian los hashtags, no el mecanismo.
El progresismo contemporáneo no odia a Israel por lo que hace, sino por lo que demuestra: que el mundo es más complejo que su manual de opresores y oprimidos. Israel es una anomalía intolerable para su catecismo: una democracia en Medio Oriente; un país donde conviven minorías con derechos; donde árabes tienen ciudadanía plena; donde la diversidad religiosa es un hecho y no un eslogan; un Estado sin petróleo que prospera; un ejército supervisado por una Corte Suprema independiente. Israel destruye la ficción moral que necesitan para existir políticamente.
Por eso lo odian.
Y por eso no saben vivir sin ese odio.
Israel desnuda sus incoherencias, expone su ignorancia y desbarata la narrativa que ellos mismos fabricaron. Mientras Medio Oriente intenta volver a la vida, muchos progresistas siguen atrapados en su propia ficción. Una ficción que creen que los hace buenos, pero que revela lo contrario: que ya no los mueve la justicia, sino la narrativa; no la empatía, sino la identidad; no la dignidad humana, sino la necesidad desesperada de un enemigo.
Cuando Israel respira, ellos pierden propósito.
Por eso, aunque la guerra termine, su obsesión no lo hará.




