Hace pocos días, José Luis Carranza Vivanco cumplió 62 años. Dos décadas de su vida las entregó a la camiseta crema, defendiendo al primer equipo de Universitario de Deportes con una pasión que lo convirtió en símbolo eterno.
Llegó a la “U” con hambre de gloria y con la ilusión de hacerse un nombre en el fútbol. Lo logró con creces. Quizá su juventud marcada por necesidades lo forjó en carácter y temple. Nadie sabe qué hubiera sido sin esas carencias, pero lo que sí demostró es que cuando se quiere, se puede.
La necesidad no fue obstáculo, sino motor. Con ella alcanzó lo que pocos han logrado en el fútbol peruano: ocho títulos nacionales con una sola camiseta, la del único grande del Perú. Desde su debut el 20 de octubre de 1985, en el empate 1-1 frente a Los Espartanos, hasta el partido que selló su carrera el 26 de diciembre de 2004 -victoria 5-2 sobre Wanka, con gol suyo de penal y su famoso “disparo del desprecio”- Carranza nunca aflojó. Fue el heredero y representante máximo de la Garra Crema.
En sus inicios recibió apodos como “Anticuchero” o “Carretilla”, hasta que la hinchada, rendida ante su pundonor y su entrega sin límites, lo bautizó como El Puma. Querido y respetado por muchos, señalado por algunos como “rudo”, jamás lesionó a un colega de profesión. Los rivales de la “U” intentaron construir una leyenda negra llamándolo “picapiedras”, pero su fútbol también tuvo destellos de calidad: basta recordar aquel pase magistral a Grondona en un Clásico que terminó en gol.
Carranza no solo fue símbolo, también récord: 608 partidos con la camiseta crema, 61 Clásicos disputados y un palmarés que incluye el histórico tricampeonato 1998-2000. Con la selección peruana jugó 55 veces, siempre con honor. Su marca fue temida por figuras de talla mundial como Freddy Rincón, Fernando Redondo o Diego Simeone. En redes circula un video al ritmo de Born to be Wild que confirma que su garra no fue exageración, sino realidad.
En el Centenario de la “U”, cuando se discutía el equipo ideal de todos los tiempos, El Puma fue señalado como uno de los grandes de los últimos 50 años, recordando que fue capitán del primer tricampeonato. Su legado no se mide solo en títulos, sino en carácter, en esa energía que empujaba al equipo hacia adelante.
Cuando las generaciones futuras celebren medio siglo de aquel tricampeonato, la grandeza de Carranza alcanzará niveles míticos. Muchos jóvenes querrán saber quién fue El Puma, el ídolo que se acercó al sitial reservado para muy pocos, apenas un escalón debajo de Lolo Fernández.
De él se decía en la cancha: “Si te enfrentabas al Puma, pasaba la pelota pero no el rival… o pasaba el rival y no la pelota.” Así de excepcional fue. Así de eterno será.



