La creación de la Junta de Paz, impulsada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el Foro Económico Mundial de Davos 2026, ha abierto un nuevo capítulo en la diplomacia internacional. Su objetivo inicial fue supervisar el alto el fuego en Gaza y acompañar la reconstrucción, pero rápidamente se planteó como un mecanismo global para la resolución de conflictos, con la intención de trascender -se espera- más allá de la figura de Trump y consolidarse como institución internacional. La Junta busca reunir países de distintas tendencias ideológicas bajo la consigna de promover el diálogo y la estabilidad.
La propuesta fue respaldada por 19 países fundadores, entre ellos Estados Unidos, Marruecos, Emiratos Árabes Unidos, Israel, Azerbaiyán, Arabia Saudita, Turquía, Armenia, Kosovo, Pakistán, Paraguay, Argentina y Bulgaria. Rusia anunció que también se integraría, lo que añade un peso geopolítico significativo.
En contraste, varios países europeos como Francia, Alemania y España rechazaron la iniciativa, al considerar que podría restar protagonismo a la ONU y fragmentar el sistema multilateral. China también se mostró crítica, señalando que la propuesta podría convertirse en un instrumento unilateral de influencia estadounidense. Por su parte, países como Brasil, México, Sudáfrica y Nigeria permanecieron en silencio, prefiriendo observar cómo evoluciona la iniciativa antes de comprometerse. Este mapa de reacciones refleja que la Junta de Paz, aunque bien intencionada, enfrenta el reto de ganar legitimidad y demostrar eficacia en la práctica.
La pregunta central es si esta Junta pretende reemplazar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o complementarla. La ONU, con todos sus defectos y virtudes, ha sido el pilar del multilateralismo desde 1945. Aunque muchos la ven como un “elefante anquilosado”, esa percepción responde también a la voluntad de sus propios miembros, porque la ONU es lo que varios Estados quieren que sea. No obstante, la ONU ha evitado terceras guerras mundiales y ha contenido el riesgo de conflictos nucleares.
Sus operaciones de paz han sido decisivas en escenarios tan complejos como Camboya, donde contribuyó a la transición democrática tras décadas de guerra; en Sierra Leona, donde ayudó a desarmar a miles de combatientes y reconstruir instituciones devastadas por la guerra civil; y en Timor Oriental, donde acompañó el proceso de independencia y garantizó la estabilidad de un nuevo Estado.
Además, la ONU ha desplegado a sus famosos cascos azules en decenas de naciones, convirtiéndose en un símbolo de presencia internacional para contener la violencia y proteger a civiles. Desde las misiones en Bosnia y Herzegovina durante la guerra de los Balcanes, pasando por Haití tras la crisis política y humanitaria, hasta las operaciones en Sudán del Sur, República Democrática del Congo, Líbano y Mali, los cascos azules han estado presentes en los conflictos más difíciles del planeta. Su labor ha incluido la protección de poblaciones vulnerables, el monitoreo de acuerdos de paz, el apoyo a elecciones democráticas y la asistencia humanitaria en zonas devastadas.
A ello se suma el papel fundamental de la ONU en la promoción de tratados de desarme y no proliferación nuclear, como el Tratado de No Proliferación (TNP), el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (CTBT) y las convenciones contra armas químicas y biológicas. Estos instrumentos han limitado la expansión de armamentos de destrucción masiva y han reforzado la seguridad colectiva. Aunque imperfecto, este marco jurídico internacional ha sido clave para reducir riesgos globales y consolidar la idea de que la paz no se construye solo con diplomacia, sino también con instituciones capaces de actuar en el terreno.
Es evidente, sin embargo, que muchas veces el Consejo de Seguridad va por un lado y la Asamblea General por otro. Mientras el primero concentra el poder de decisión en manos de cinco miembros permanentes con derecho a veto -Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido-, la segunda refleja la voz plural de los 193 Estados miembros, que pueden aprobar resoluciones con amplio respaldo moral, aunque sin carácter vinculante. Esa dualidad genera tensiones, pero también permite que los países encuentren un espacio para expresarse, denunciar injusticias y “desfogarse” políticamente sin que ello implique necesariamente un conflicto armado.
En la Asamblea General se han escuchado discursos históricos de líderes que, aunque no lograron cambiar de inmediato la correlación de fuerzas, sí marcaron la conciencia internacional y dieron visibilidad a causas que de otro modo habrían quedado silenciadas. La ONU, en definitiva, ha servido como válvula de escape para las tensiones globales: allí se han debatido guerras, invasiones, bloqueos y crisis humanitarias, y aunque las resoluciones no siempre se traducen en acciones concretas, han permitido canalizar la indignación y la presión de la comunidad internacional.
La intención de la Junta de Paz es positiva: ofrecer un espacio alternativo de negociación y mediación, reunir países de distintas tendencias y reforzar la idea de que la paz es un objetivo común. Lo ideal es que se convierta en un instrumento complementario, capaz de trabajar en coordinación con la ONU y no en competencia.
Como señaló Boutros Boutros-Ghali: “El multilateralismo no es una opción, es una necesidad.” Si la Junta logra trascender a Trump y consolidarse como institución internacional, podría convertirse en un actor relevante dentro del entramado de la diplomacia global. Pero su éxito dependerá de la capacidad de resolver conflictos reales, sumar legitimidad y evitar que se perciba como un proyecto unilateral.
En fin, la Junta de Paz de Trump abre una ventana de esperanza, pero también de interrogantes. La ONU, con sus defectos y virtudes, sigue siendo el pilar de la paz mundial. La Junta puede ser un complemento innovador, siempre que se mantenga fiel al espíritu del multilateralismo y que los países que la integren la doten de credibilidad y eficacia. La humanidad necesita más puentes que muros, más diálogo que confrontación, y toda iniciativa que busque alejar las guerras merece ser observada con atención.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visiуn Honesta 2023”




