10 de mayo de 2026

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Por: Luciano Revoredo // En el Día de la Mujer, el fracaso del feminismo tóxico

Luciano Revoredo
  • El 8 de marzo de 2025, las calles de muchas ciudades volvieron a teñirse de consignas feministas, pero el eco de sus marchas fue más débil que nunca. Las movilizaciones por el Día de la Mujer, otrora masivas, hoy muestran signos de agotamiento. No es casualidad: el feminismo tóxico, ese que odia al hombre, destroza la familia y justifica el aborto como un supuesto derecho, ha perdido fuerza porque su discurso se desmorona ante la realidad. Lejos de liberar, esta ideología ha sembrado división, muerte y desolación, y su declive es una señal de que la sociedad empieza a despertar.

Este feminismo no busca igualdad, sino revancha. Demoniza al hombre, lo reduce a un enemigo perpetuo y lo culpa de todos los males. En su afán por deconstruir roles tradicionales, ha convertido al varón en un chivo expiatorio, ignorando que la complementariedad entre sexos ha sido el pilar de la civilización. Como diría Nicolás Márquez, es una «guerra cultural que no emancipa a la mujer, sino que la esclaviza a un rencor estéril”. Las pancartas del 8M, llenas de ataques al «patriarcado», no ofrecen soluciones, solo resentimiento. Y la gente lo nota: las marchas, antes multitudinarias, hoy son un espectáculo repetitivo que no convence.

El feminismo tóxico no solo ataca al hombre, sino a la institución que une a hombres y mujeres: la familia. Para esta ideología, el matrimonio y la maternidad son cadenas, no vocaciones. Al rechazar la naturaleza biológica y espiritual de la mujer, este movimiento la aliena de su esencia. Las estadísticas lo confirman: en países donde el feminismo radical ha calado hondo, las tasas de natalidad caen, los divorcios se disparan y la soledad se multiplica. En España, por ejemplo, el INE reportó en 2024 un mínimo histórico de nacimientos, mientras las feministas celebran la «liberación» de tener menos hijos. ¿Liberación de qué? De la vida misma, del futuro.

Nada define mejor el fracaso moral de este feminismo que su obsesión con el aborto. Lo venden como empoderamiento, pero es un acto de violencia que mata a los más indefensos y hiere a las mujeres que lo padecen.

En 2023, según datos de Guttmacher, se practicaron millones de abortos en el mundo, muchos bajo la bandera feminista. Sin embargo, las marchas del 8M no logran ocultar esta verdad: la gente rechaza cada vez más un «derecho» que huele a muerte. Las plazas semivacías son prueba de que el aborto, lejos de ser un triunfo, es el talón de Aquiles de su narrativa.

¿Por qué las marchas del Día de la Mujer pierden fuelle? Porque el feminismo tóxico no tiene nada que ofrecer. Sus gritos contra el hombre no construyen puentes, su desprecio por la familia no da esperanza y su defensa del aborto no inspira. La gente prefiere la armonía a la guerra de sexos, la vida al vacío. En redes sociales, posts como los de @TraditioViva en X señalan que «el feminismo radical se desinfla cuando la sociedad ve sus frutos: división y miseria». Las calles lo reflejan: menos banderas verdes, menos furia, más silencio.

El feminismo tóxico está en retirada porque su odio al hombre, su ataque a la familia y su culto al aborto no resisten el escrutinio de la razón ni el anhelo humano de trascendencia. El 8M de 2025 no fue una victoria, sino un réquiem para una ideología que prometió libertad y entregó cadenas. La verdadera emancipación no se construye sobre cadáveres ni rencores, sino sobre la vida, la unidad y la verdad. Ese es el camino que la sociedad, cansada de espejismos, empieza a elegir.

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