La educación universitaria está atravesando una transformación existencial en muchas regiones del mundo. Aunque se espera que el número de estudiantes matriculados alcance los 264 millones en 2026, el cierre y la fusión de universidades se han vuelto cada vez más frecuentes, aunque pocos lo discuten abiertamente. Por ejemplo, en Estados Unidos, entre 2013 y 2023 dejaron de funcionar 726 universidades, representando un 15% de las 4,724 existentes en 2013. Esto afectó principalmente a colleges pequeños, instituciones con fines de lucro y algunas sin fines de lucro, debido a dificultades financieras relacionadas con menos estudiantes nuevos, bajas tasas de graduación y costos elevados. Se estima que durante los próximos seis años cerrará otro 10% adicional.
Este fenómeno no se limita a Estados Unidos. Por ejemplo, el Reino Unido enfrenta actualmente una crisis financiera en la educación superior sin precedentes. Cerca del 45 % de las universidades operarán con déficit presupuestal durante el presente año académico. Si bien los cierres de instituciones siguen siendo poco frecuentes, la crisis se refleja en una considerable reducción de programas, departamentos y campus. Según la Oficina para Estudiantes (OfS), 50 universidades están en riesgo de cierre en los próximos 2-3 años y 24 instituciones podrían suspender la entrega de títulos en los siguientes 12 meses. Además, se han perdido 13,300 empleos en el año fiscal 2024-2025, lo que suma 30,000 puestos eliminados en los últimos tres años. Una de cada seis universidades cuenta con menos de 30 días de liquidez, evidenciando un alto nivel de fragilidad financiera. Entre los factores causales destacan el congelamiento de las matrículas desde 2017, restricciones a visas de estudiantes internacionales, y la implementación de un nuevo impuesto gubernamental que ha reducido significativamente el número de estudiantes extranjeros, quienes suelen pagar tarifas más elevadas. Situaciones similares se presentan en Canadá y Australia. En Canadá, más de 80 colleges públicos o sin fines de lucro orientados a la formación vocacional han cerrado por dificultades financieras y políticas que limitaron el acceso de estudiantes internacionales. Australia enfrenta presiones comparables, con recortes de programas y despidos masivos.
La crisis universitaria en Japón, Corea del Sur y Taiwán supera la del Reino Unido, y va más allá de una simple mala gestión financiera. El problema clave es un marcado descenso demográfico: no hay suficientes jóvenes de 18 años para ocupar las plazas disponibles en las universidades. En Japón, cerca del 80% de los estudiantes estudian en instituciones privadas, que actualmente luchan por mantenerse a flote. Durante el ciclo académico 2024, el 59% de las universidades privadas no pudieron llenar sus cupos de primer año. Según el Ministerio de Educación, unas 170 universidades privadas -casi un tercio- podrían quebrar o cerrar para 2040.
En Corea del Sur, la tasa de natalidad ronda el 0.72, la más baja del mundo, y la crisis se extiende desde zonas rurales hasta la capital. Se estima que decenas de universidades cerrarán en los próximos diez años; desde el 2000 ya han cerrado 22. Taiwán enfrenta cierres repentinos debido a la reducción drástica de jóvenes ingresando a la universidad. En 2024, siete universidades cesaron definitivamente sus operaciones, y se calcula que hasta 40 universidades privadas -el 40% del sector- podrían desaparecer para 2028. Las universidades grandes intentan resistir reclutando cada vez más estudiantes internacionales, con la meta de alcanzar 320,000 matrículas extranjeras para el año 2030.
En Hispanoamérica, el escenario difiere notablemente, ya que no se presenta una ola de cierres masivos como ocurre en Estados Unidos o Asia. Durante las últimas décadas, la educación superior ha experimentado un crecimiento significativo, especialmente en el sector privado; sin embargo, enfrenta una crisis financiera persistente derivada de recortes presupuestales en universidades públicas, expansión descontrolada de instituciones privadas con estándares insuficientes, así como desafíos relacionados con gobernanza, acreditación y percepción de valor. No obstante, las instituciones rara vez extinguen sus operaciones por completo; suelen adaptarse mediante ajustes internos, movimientos estudiantiles y subsidios oportunos. Actualmente, la atención se dirige principalmente hacia la sostenibilidad financiera y la mejora continua de la calidad educativa, más que a los cierres por razones estrictamente relacionadas al flujo de caja.
En definitiva, no estamos observando crisis separadas, sino una transformación estructural en la educación superior a nivel mundial. Este proceso toma formas diversas: desde cierres de instituciones en Estados Unidos, recortes y grandes déficits en Reino Unido, Canadá y Australia, hasta un gran descenso demográfico en Japón, Corea del Sur y Taiwán, y una constante inestabilidad financiera en Hispanoamérica. Sin embargo, todos estos casos comparten causas similares: menos nacimientos, costos crecientes difíciles de sostener, disminución de estudiantes tradicionales, dudas sobre el valor de los títulos en el mundo real y el creciente papel de la inteligencia artificial como factor de transformación.
Este mensaje es relevante para Hispanoamérica. Aunque todavía no enfrentamos cierres masivos, la combinación de restricciones presupuestarias, elevados índices de abandono y una oferta educativa poco dinámica amenaza la estabilidad del sistema. Disponemos de una oportunidad para anticiparnos y tomar medidas. Las universidades que logren superar esta etapa no serán necesariamente las más reconocidas o grandes, sino aquellas que se adapten rápidamente: implementando la IA en todos sus ámbitos, creando programas flexibles y cortos, y enfocándose en habilidades humanas difíciles de imitar por la tecnología. La supervivencia de la educación superior dependerá no solo de nuestra capacidad para resistir la crisis actual, sino de nuestra habilidad para adaptarnos con inteligencia. Enfrentar la situación con transparencia y actuar con determinación garantizará que nuestras universidades sigan impulsando la movilidad social, la innovación y el desarrollo en el futuro.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




