14 de junio de 2026

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Por: Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**) / El Perú no debe morir en la cama

Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)

En 1936, George Orwell publicó su novela semiautobiográfica “Keep the Aspidistra Flying”. La aspidistra, una planta de interior muy común en los hogares británicos de entonces, simbolizaba para él la mediocridad y la respetabilidad burguesa. En uno de los pasajes más sombríos del libro, su protagonista, Gordon Comstock, aparece solo en su tedioso y mal pagado trabajo en una librería de Londres. En medio de un día gris, frío y deprimente, ve un anuncio rasgado que se agita al viento y proclama: “Nuestra civilización está muriendo. Tiene que estar muriendo. Pero no morirá en su cama. Pronto vendrán los aeroplanos. ¡Zoom-whizz-crash! Todo el mundo occidental saltará por los aires en un rugido de explosivos de alta potencia”.

Estas palabras no eran solo literatura. Reflejaban también el hastío de Orwell ante la sociedad moderna y el diagnóstico de una Europa que ya percibía su propia descomposición: materialismo vulgar, mercantilización de la vida y pérdida de valores tradicionales. La civilización liberal-capitalista se corroía desde dentro y no tendría un final apacible, sino violento.

Pero Orwell no era el único en advertir ese derrumbe. En “The Second Coming” (1920), el poeta irlandés W.B. Yeats escribió: “Las cosas se desmoronan; el centro no puede sostenerse; / La mera anarquía se desata sobre el mundo… Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores / Están llenos de apasionada intensidad”. Por su parte, José Ortega y Gasset, en “La rebelión de las masas” (1930), alertó que “es muy difícil salvar una civilización cuando le ha llegado la hora de caer bajo el poder de los demagogos” y pronosticó que “bastarán treinta años para que nuestro continente retroceda a la barbarie”.

En mayo de 1936, desde la cárcel, José Antonio Primo de Rivera citó a Spengler: “La última partida es siempre la partida de las armas”. Muchos intelectuales de la época parecían coincidir en lo esencial: la civilización occidental se descomponía por dentro, pero no desaparecería en silencio. Vendría el crash. En 1936 nadie sabía que Guernica y otra guerra mundial eran inminentes, aunque muchos lo intuían. Por eso, estas citas merecen ser recordadas no como profecías fallidas, sino como advertencias permanentes sobre cómo las sociedades pueden pudrirse antes de ser arrasadas de golpe.

Casi noventa años después, en junio de 2026, esas palabras vuelven a resonar con inquietante vigencia. En Europa, la guerra en Ucrania entra en su quinto año, mientras la Unión Europea destina miles de millones al rearme y afronta, al mismo tiempo, inflación persistente, envejecimiento demográfico y una polarización ideológica que erosiona su cohesión social. Ya no hay aviones Stuka, pero sí el riesgo real de una escalada capaz de convertir la decadencia interna en una catástrofe repentina. La civilización europea, como temía Orwell, no se apaga en la cama: vive bajo la amenaza constante de misiles y drones.

En Hispanoamérica, el panorama es aún más sombrío. La inestabilidad, la polarización y el populismo han debilitado las instituciones en gran parte del continente. Un informe reciente de la Organización de Estados Iberoamericanos advierte una inminente “ruptura” democrática, con 50% de empleo informal, violencia urbana desbordada y Estados incapaces de garantizar una seguridad mínima. La “rebelión de las masas” que diagnosticó Ortega y Gasset hoy se expresa en la normalización del estatismo como falsa salvación: más intervención, más controles y más promesas colectivistas que ya fracasaron en Venezuela, Nicaragua y, trágicamente, también en el Perú de Pedro Castillo.

En el Perú, esa dinámica alcanza su punto más dramático este domingo 7 de junio. El país se encamina a elegir a su noveno presidente en diez años. La inseguridad se ha vuelto cotidiana: extorsiones, sicariato y crimen organizado ya no ocupan solo los titulares, sino que forman parte del paisaje diario. La libertad individual -emprender, ejercer la propiedad, progresar por mérito- parece hoy un valor relegado. En su lugar, se invoca una y otra vez “más Estado”, como si un estamento que ya perdió hasta el monopolio de la violencia pudiera resolverlo todo con más burocracia e intervención. Es la borrachera del estatismo que Orwell y Ortega habrían reconocido al instante.

La segunda vuelta de este domingo enfrenta a dos candidatos con visiones opuestas del país. Está en juego qué modelo prevalecerá: el peso de la inversión privada frente a la estatal, la estrategia para combatir la delincuencia, la estabilidad macroeconómica y el respeto al Estado de derecho. También se decide una escala de valores que, en tiempos de decadencia, puede salvar a las sociedades de la barbarie. El Perú no debe morir en su cama. Todavía podemos elegir que no muera en absoluto. Los peruanos tenemos la oportunidad histórica de demostrar que aprendimos las lecciones del pasado y de mantener en alto la aspidistra, aunque sea fea y resistente.

(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República

 

 

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