George Orwell se preguntaba cómo era posible que parte de la élite intelectual británica aceptara sin reservas ideas poco lógicas sobre la Segunda Guerra Mundial y el estalinismo, mientras que la gente común percibía los hechos de manera más directa. Esta preocupación quedó reflejada para siempre cuando, en su ensayo «Notas sobre el nacionalismo» (1945), escribió: “Solo quien forma parte de la intelligentsia puede creer cosas así: ninguna persona corriente sería capaz de tanta estupidez”.
Samuel Fitoussi le da toda la razón a Orwell en su reciente libro “¿Por qué los intelectuales se equivocan?”, premio Victor Hugo 2026, en el que explora con mucha irreverencia y valentía los mecanismos sociales, culturales y cognitivos que llevan a los intelectuales a una ceguera voluntaria, a veces en detrimento de la misma sociedad que pretenden iluminar. Fitoussi se plantea la pregunta de cómo personas particularmente agudas, ilustradas e informadas como Bertrand Rusell, Martin Heidegger, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre o Michel Foucault pudieron ser tan ciegos ante la barbarie de regímenes como el nazi, el maoísta o el islamista iraní pese a tener las evidencias al frente. Errores de juicio que, en ocasiones, se pagaron con millones de muertos. Inspirado por el pensamiento de Jean-François Revel, Thomas Sowell, Raymond Aron, Jonathan Haidt, Steven Pinker y el mismo George Orwell, Fitoussi nos advierte que siempre es más fácil detectar los errores del pasado -una vez escrita la historia- que la ceguera colectiva del presente.
Según Alejo Schapire, el problema central para Fitoussi es la recurrente tensión entre la racionalidad epistémica y la racionalidad social del Homo sapiens. La evolución le ha dotado de una racionalidad epistémica (la capacidad de adoptar creencias válidas), pero también de una racionalidad social. A lo largo de 300 mil años, la reputación de un individuo ha sido a menudo mucho más importante para su supervivencia que la exactitud de las ideas que ocasionalmente defendía. A esto se añade que casi siempre el intelectual no paga costo alguno por sus pronósticos errados o por las consecuencias catastróficas de sus recetas políticas y económicas. Su reputación no depende de la validación de sus ideas mientras que el costo de apartarse de los postulados de su círculo social y académico -su tribu inmediata- es mucho más grande. De ahí, la expresión de Jean Daniel, “prefiero estar equivocado con Jean-Paul Sartre, que bulle, exuda y efervesce, antes que tener razón de forma tan sombría y seca con Raymond Aron”.
Lamentablemente, esta ceguera voluntaria por razones de estatus, ideología o rechazo al modo de vida occidental, no es exclusiva de los intelectuales estudiados por Fitoussi. Es un patrón recurrente en el siglo XX (y algo en el XXI) que ha afectado a figuras de fama mundial. Uno de los más emblemáticos es el de George Bernard Shaw (Premio Nobel de Literatura 1925). Shaw visitó la URSS en 1931, fue recibido por Stalin y regresó extasiado. Bautizó a la Unión Soviética como “la tierra de la esperanza” y defendió públicamente las purgas, el gulag y el hambre como ‘necesidades coyunturales’ para construir el socialismo. Incluso después de conocerse las hambrunas masivas, minimizó los crímenes y elogió a Stalin como un caballero georgiano sin ninguna malicia. Su admiración no fue pasajera: la mantuvo hasta el final de su vida, priorizando la utopía ideológica sobre la evidencia.
Otro ejemplo digno de mencionar es el de Noam Chomsky, uno de los intelectuales más citados del mundo, quien en los años 70, junto a Edward Herman, cuestionó y relativizó los reportes de las atrocidades del Khmer Rouge en Camboya (Pol Pot). Chomsky y Herman argumentaron que los medios occidentales exageraban las masacres y que las evidencias eran ‘distorsionadas’. Años después reconoció la escala del genocidio camboyano, pero su posición inicial -minimizar para ‘no dar munición al anticomunismo’- sigue siendo uno de los ejemplos más controvertidos de ceguera selectiva.
Un ejemplo más cercano a nuestras latitudes es el de Pablo Neruda (Premio Nobel de Literatura 1971) quien fue un devoto estalinista hasta su muerte. En su “Oda a Stalin” de 1953 escribió: “Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos”. En 1950 había recibido el Premio Stalin de la Paz y desde entonces defendió al dictador incluso después de conocerse todos sus crímenes.
En Hispanoamérica, que ha experimentado graves consecuencias por el autoritarismo, sorprende que numerosos intelectuales continúen asociándose con el régimen cubano. Este fenómeno tiene antecedentes históricos relevantes. Durante las décadas de 1960 y 1970, la Revolución Cubana captó la atención del boom hispanoamericano de manera excepcional. Algunas figuras, como Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, se distanciaron definitivamente de La Habana tras la detención del poeta Heberto Padilla en 1971, quien fue sometido a presión psicológica y obligado a realizar una autocrítica pública. Por otro lado, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar mantuvieron su apoyo a la Revolución.
Cuando la intelligentsia está al servicio de la ilusión colectiva, el daño es doble. Primero, legitima la represión interna: cada artículo laudatorio, cada firma en apoyo a La Habana, cada conferencia en un hotel de lujo le da oxígeno al régimen y desmoraliza a los disidentes cubanos. Segundo, contamina el debate político hispanoamericano. Sirve de coartada para que nuevos populismos autoritarios -de distinto signo, pero igual intolerancia – justifiquen el control de la prensa, la justicia y la economía ‘en nombre de la soberanía’.
Su influencia perniciosa convierte la evidencia en herejía y la discrepancia en traición. Hoy, mientras miles de cubanos arriesgan su vida huyendo de la ‘utopía realizada’, urge que la intelligentsia hispanoamericana haga lo que sus antecesores más valientes hicieron en 1971: enfrentar la realidad de frente y elegir la verdad por encima del estatus. La dignidad del continente. y la vida de millones de cubanos, así lo exige.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




